El Arte de Pasar el Tiempo

LAURA G. VALES.

Talese practica con esmero el Arte de pasar el tiempo. Él mismo ha decidido ponerle nombre a su profesión que cabalga entre el periodismo y la literatura, consiguiendo- no podría ser de otra manera- una fusión dinámica, alusiva, vibrante. Retratos y encuentros es el paradigma de la “firma Talese” pues de la obra brotan, sino las mejores, las más acertadas aproximaciones algunos de los célebres personajes; luces que cubren de Bohemia a la ciudad neoyorquina.

Su profesión consiste en observar tomando el tiempo que sea necesario hasta encontrar el punto preciso, el dato, el detalle exacto.

Del envoltorio al contenido. Así pues, hacer arte pasando el tiempo le permite al autor saberlo todo sobre su ciudad. Un lugar capaz de desconocer todo sobre las hormigas, sobre los mendigos o los que hurgan en la basura. En cambio, Talese se pregunta: ¿cuántas palomas merodean en Nueva York? Y al tiempo, responde: “300.000” ¿Qué diferencias de clase existen entre los gatos callejeros? “Los salvajes, los bohemios y los de media jornada en tienda.” ¿Quiénes son los que van al cine a las 8:00 a.m? “Los vigilantes nocturnos del centro, los pelagatos, los que no pueden dormir, los que no pueden ir a casa o los que no tienen casa (…)” ¿Cuántas muertes de neoyorquinos? “250” ¿Diarias? Sí. ¿Y cuántos nacimientos? “460”.

Una primera y fantástica crónica sobre una ciudad, la de Nueva York que muda de apariencia cuando el reloj apunta a las cinco de la mañana. Los nadie -que diría Galeano- dejan de serlo cuando Talese los escribe porque se convierten en alguien. Talese comienza su tarea de observador con un alguien cuya descripción, aunque el lector todavía no lo sabe, corresponde a un masajista. Eso es. Biz Mackey que, por temor al fracaso, ha dejado de ser un boxeador de pesos pluma y empieza “a sobar a las mujeres de manera correcta en París, allá por los años veinte.” Es tal la destreza con la que narra el periodista esta puesta en escena, que el apetito del lector queda insaciable. Ansía más. Y Talese más le ofrecerá.

Tras este telón de fondo, aparecen personajes de la talla de Fidel Castro, Muhammad Ali o Frank Sinatra que, en el momento álgido de sus vidas o de sus carreras, han merecido la distinción de líderes de masas, geniales deportistas, mejores cantantes. El rastro del tiempo o alguna que otra circunstancia‒  un simple resfriado‒ son los adoquines sobre los que reposa el lector ordinario hasta sentir conmiseración por aquellos que también adolecen de errores.

La artritis de sus dedos, el peluquín que simula su antigua cabellera o su trivial resfriado no impiden a Sinatra ser el Uomini Rispettati o el Padrone como observa Talese; ni tampoco supone una dificultad para sus armas de seductor, como interpretará el lector. ¿Podría haber un mejor final para la ya considerada pieza canónica del retrato de Sinatra a encargo de Squire? Puede. Pero entonces Gay Talese no podría volver al comienzo del soliloquio y, a duras penas, su intención quedaría plasmada. Ese reflejo dorado que se mezcla con el grisáceo, la misma imagen capaz de exhibir la celebridad del personaje junto a su flaqueza. Y aquí los adjetivos son innegociables.

En cada uno de sus retratos ‒  dónde parece ausentarse la entrevista‒  el autor roza las heridas tanto de esos héroes como de los anónimos que, tras la simple y compleja exposición de los hechos, se muestran contrariados por la vida. Nos viene a decir Gay Talese que también a los héroes les toca aceptar el paso del tiempo.

Si bien no alcanza el hilo conductor, ni la dinámica conseguidas en Honrarás a tu padre o La mujer de tu prójimo, lo que embauca de estas 300 páginas es la proximidad entre las escenas y el lector. ¿Por qué? Porque no hay mejor atrezzo que la realidad misma. Y entre el lector y los personajes. ¿Por qué? Porque aparecen desnudos, sin una coraza que los proteja:

Es por eso que vemos a Joe DiMaggio en una etapa contemplativa que contrasta con su mayor debilidad: la ausencia de Marilyn Monroe. A Peter O´Toole, o el mejor intérprete de Lawrence de Arabia, que prefiere los retos de la vida a la existencia asegurada. A Joe Louis, que sigue siendo admirado por una de sus mejores esposas, Rose Morgan. O a Whitman, que vive para escribir obituarios publicados en el New York Times. No cree en Dios pero todavía le queda algo por lo que creer: su mujer se derrumbará y llorará tras su muerte: “¿Está seguro?” ‒  le pregunta Talese. “Sí, seguro que sí”‒ responde él.

Así pues, presupongamos que Talese recopila todas estas reminiscencias frente a una antigua Olivetti, con su traje de tres piezas y el pañuelo de cashemere, con esa apariencia que recuerda al cantautor Leonard Cohen y que como él, crea su propia poética. Presupongamos a un Gay Talese concertando encuentros, que luego serán retratos, desarrollando así, la más delicada de sus vocaciones: pasar el tiempo.

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