Las maravillas literarias de Josep Pla

RICARDO MARTÍNEZ.

Es bien fácil recomendar, por sus largos merecimientos, un autor así por cuanto su literatura parece haber inventado al lector; lo hace una figura necesaria por cuanto la narrativa de Pla no podría ser entendida sin escuchador, sin interlocutor consciente: curioso, observador, incluso con su aquel de retranca.

Su escritura es la de un observador no frío, que deja a solas al lector, sino que, por su condición de hombre de tradición, es un observador pensante; siempre hay una alusión a las cosas (y su sustancia interior, tan significativa para nosotros), a la condición ‘biológica’ de todo, al tiempo: “Ahora estamos en la época de los días cortos, días que se acortan un poco más cada día porque nos vamos acercando al de menos luz solar del año, que es, según el calendario astronómico, el 21 de diciembre” Repare el lector, siempre, en el atinado uso de las comas, en la rigurosidad interna de su gramática. “En tal fecha termina el otoño, que es época de declinación, y empieza el invierno, que a pesar de ser la estación más inhospitalaria del año, representa el punto de partida para llegar a las horas de sol tibio, de aire suave y fino de la primavera”

Cada renglón, casi cada palabra, supone incitación, acercamiento. Uno nunca se siente solo leyéndole, tal vez por, una vez más -tal como ocurre con esos escasos y fecundos y ‘educados’ escritores, que los hay- el señor Pla, el de la boina, tiene la gentileza de escribir como si lo hiciese para mí, que le estoy escuchando y me hace vivir más allá, más hondamente, de lo que yo lo hubiera hecho por mí mismo, si estuviese a solas, ante un escenario no descrito por él.

Y qué decir cuando añade a su discurso su punto de pensamiento, como de reparar por dentro: “Si el mundo se estacionara en la luz y el aflojamiento otoñal, por más benigno que fuere, no haría más que decaer y agonizar lentamente. El invierno, en cambio, por más frío que sea, por más encharcado y picante que se presente, deja ver en lontananza -remota, ciertamente- el verde fino y los rosas nacarados que llegan con el perfume de las violetas”

El señor Pla, con esa un si es no es cachazuda forma de decir, nos consuela con ese discurso sin malicia donde, a mayores, el lector casi se atreve, mientras lee, a atribuirle un gesto antiguo y pausado como si nos estuviese hablando y, al tiempo, obtuviésemos de ello convencimiento.

Literatura, pues, limpia, directa, sincera, en alguna manera liberadora de discursos esquivos o interesadamente intencionados. Así es este libro plagado de rasgos de escritor en tantos textos breves, fecundos, desiguales como no podría ser menos, más siempre alusivos a una voluntad, a un criterio, a una forma consciente de mirar.

Un autor siempre curioso, respetuoso. Siempre de viaje, que nos lleva al tiempo que inocula compañía generosa, conocimiento sin estruendos.

Séale dada aquí, pues, una vez más, la bienvenida.

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