‘La desaparición de Stephanie Mailer’, de Joël Dicker

JOSÉ LUIS MUÑOZ.

Siempre miro con desconfianza los bestseller,  de hecho huyo de ellos como de la peste bubónica aunque Perdida de Gilliam Flyn me pareció una novela muy bien urdida, pero, de cuando en cuando, caigo en la tentación de intentar discernir por qué razón esos libros, generalmente infames en el plano literario, se venden como rosquillas. Diré que no encuentro respuesta cabal a ello.

Vayamos por el suizo Joël Dicker, un muy joven escritor que tiene tras de sí un buen número de premios literarios y, sobre todo, ventas multimillonarias, un triunfador en este mundo devaluado de las letras. La desaparición de Stephanie Mailer la publica en España, como sus anteriores novelas, una editorial de prestigio: Alfaguara. ¿Qué criterio literario, más allá del interés crematístico, lleva a una editorial de prestigio a publicar semejante libro? Ninguno.

Reza en la contraportada una frase de una reseñista de El Cultural, una revista literaria también de prestigio, llamada Laura Fernández: Una voz napoleónica que no escribe, boxea. Acierta en la primera frase si me aclara qué  quiere decir voz napoleónica; yerra en la segunda que parece dicha pensando en James Ellroy. No conecta ningún golpe a la mandíbula del lector este suizo light.

Todo gira en torno a un cuádruple crimen del pretérito no resuelto, a una obra teatral que se ha de representar y a una población de los Hampton, zona residencial próxima a Nueva York, llamada Orphea, tan de cartón piedra como todos y cada uno de los cientos de personajes secundarios que pueblan una narración confusa que no avanza jamás, y la Stephanie Mailer del titulo desaparece pronto, sin más. Jöel Dicker, obsesionado en rellenar páginas y más páginas, se pierde en una serie sucesiva de subtramas  absolutamente prescindibles en las que juega con el punto de vista, que no aportan nada a la trama central, si es que ésta existe. Reina en toda la novela, desde la primera página a la última, ese tufo insufrible de la impostura en la que todo resulta tan falso como poco creíble. Es un libro  arrebatadoramente aburrido y plúmbeo que no atrapa a este lector avezado y paciente en ninguna de sus tramas salvo en ese episodio de bullyng escolar que termina en suicidio. Es todo el libro una construcción artificiosa escrita con un lenguaje plano que no transmite una sola emoción, ni agita, ni conmueve, ni tan siquiera entretiene.

Joël Dicker puede ser muy bien el paradigma de eso que denominamos doméstic noir, la degeneración de un genero que ya todos manosean sin respeto porque lo negro, o lo morado fucsia, vende. La desaparición de Stephanie Mailer es un tocho para alimentar la chimenea (entiendo a Pepe Carvalho que lo habría quemado sin más dilación) o sujetar la puerta. Invierta el dinero y el tiempo en cualquier otra cosa. Yo perdí mi tiempo miserablemente; el dinero no, porque me lo regalaron.

Leo algunas de las frases que los críticos franceses dedican al autor y al libro y me sorprenden su tono laudatorio extremo: debe ser que la partida más importante del pastel va a la promoción,  y a los promotores. El libro es lo de menos. Sólo dicen las verdades los mal pagados.

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