Cuentos del XV Certamen de Relato ¿Dónde está la Navidad?

 

TRITURADORA

Me negaba a pasar la Nochebuena solo y con el estómago vacío, así que decidí comerme todo lo que había cocinado para ti. Antes de empezar, le di un manotazo a la cajita que había dejado en la mesilla y que no llegaste a abrir porque rompiste conmigo y te fuiste dando un portazo.

Me senté en la cocina, abrí la boca como si tuviera las fauces de una pitón y empecé a devorar la comida de picoteo que tanto te gusta. Los sándwiches de foie con mermelada de arándanos, el lomo y el jamón ibérico. Me lo tragué todo sin masticar. Los dientes los empecé a utilizar con las nueces de Macadamia. Te habrían encantado pero preferiste irte con el portazo. Luego fui a por el plato principal. Cogí platos y tenedores desechables para no fregar después. El horno olía que alimentaba así que me eché entera la pierna de cordero. Primero hinqué el tenedor en un trozo con bastante chicha, pero se partió y tuve que arrancarlo de la carne con la boca.

Di cuenta de la carne con bocados dignos del vikingo con menos modales del mar Báltico. Mastiqué la grasa de la paletilla, me abrí paso hasta los huesos. Me los comí enteros, hasta que no quedó nada. En aquellos momentos, la pitón y los vikingos se habían  quedado atrás para darle paso a la trituradora en la que se habían convertido mis dientes. Me los imaginé picudos y metálicos dentro de mi boca, pero no me paré a comprobarlo porque aún me quedaba el postre.

Tarta Selva Negra. Empecé a lamerla imaginándome que mi lengua era tan larga y cálida como la de un San Bernardo. Terminé con veinticinco centímetros de diámetro de tarta alemana en lo que se tarda en pronunciar Kirschtorte. Las guindas que coronaban las cumbres de crema chantillí, las virutas de chocolate, el bizcocho borracho del interior. Con lo que te gustaba esta tarta. Con lo que te habría gustado lo que había en la cajita.

Luego la emprendí a lametones con el plato. Y con el tenedor. Sin querer, lo mordí un poquito y se partió uno de los pinchos. Fue suficiente para despertar a la trituradora, que redujo mi menaje desechable a virutas de plástico. Tenían un regustillo de licor, lo que me hizo darme cuenta de que no había bebido nada.

Abrí la botella Anna de Cordorniu con los dientes y le pegué tres tragos para engrasar a la trituradora. Nada ni nadie podía pararla ya. Guió mi mano hasta el armario de la cocina y, después de hacerme arrojar contra el suelo tres copas de cristal, le pegó un mordisco al borde de una de ellas. Luego otro y otro, hasta rodearlo por completo y dejarlo puntiagudo y desigual. Volví a mordisquear hasta que se me acabó la copa en sí, y me comí el mango y la base. El cristal se deslizaba por mi garganta haciéndome cosquillas.

Cuando se me acabaron las copas entré en nuestra habitación. La cajita seguía tirada en el suelo Y, ¿a qué no sabes qué hice? Me comí toda tu ropa. Hubo un momento en el que pensé que se me haría bola en el gaznate. No me avergüenza reconocer que estuve a punto de vomitar y tuve que taponarme la boca con un trapo para que no se me saliera todo, pero al final hice desaparecer tus vaqueros lavados a la piedra, tu abrigo de paño, tus jerséis de lana, que casi me matan de dentera. El truco para tragar fue hacer tiras de ropa con los dientes como si mi trituradora se hubiera convertido en una máquina para destruir documentos. Después me comí la puerta de madera pintada de blanco. La puerta del portazo, la de nuestra habitación. Vive Dios que la devoré como si hubiera dejado de ser un hombre para convertirme en la máquina astilladora más letal del mercado. A continuación devoré la mesilla, el comodín y el mueble zapatero. Ni las patas de la cama dejé. De hecho, no queda nada de la habitación. Ni la pintura acrílica de las paredes, que emborracha casi tanto como el Kirsch.

Solo queda la cajita, que sigue en el suelo sin abrir. Lista para llenar el último vacío de mi estómago. La mordisqueo despacio. Me clavo las esquinas en las encías para ver si pinchan. Es más dura que los muebles, más gruesa que el cristal. Me la meto de golpe en la boca dispuesto a triturarla en dos o tres apretones de mandíbula, a ella y a lo que tiene dentro. ¿Que tú no la has abierto? Pues yo tampoco la pienso abrir. Empiezo con dos dentelladas, pero me da un espasmo de dolor digno de la caries más grande del mundo. Lo intento con las muelas del fondo, pero me reviento dos empastes. Esta caja es irrompible, así que tendré que engullirla como la pitón, sin masticar. Cuando me la meto en la boca y hago por tragar, se me atasca en la garganta. Esas endiabladas esquinas se me clavan en el esófago como ganchos afilados. Trago otra vez para que la saliva arrastre la caja por la boca de mi estómago pero me dan arcadas. Intento respirar por la nariz pero la caja no deja pasar el aire. Me aprieto la garganta con la mano para hacer presión y escupirla de una vez. No tiene caso, las esquinas no ceden. Esto no le pasaría al vikingo, a la pitón y a la trituradora. Esto no le puede pasar a nadie, ni siquiera a mí. Me siento mareado. La vista se me nubla. De nada sirve que intente respirar, pero mis pulmones prueban una y otra vez, desesperados por sobrevivir a esta maldita Nochebuena. Así que haz el favor de volver aquí, entrar en casa con otro portazo y hacerme vomitar el cordero, la tarta alemana, tu armario y el mobiliario. No puedo soportar la idea de morir de amor, y menos en Navidad.

Aránzazu Sanz Seligrat, 1º Premio.

Nació en Madrid en 1982. Es periodista y trabaja en el Departamento de Comunicación de una ONG. Lleva realizando talleres literarios desde 2006. Su relato “Amarillo fosforito” resultó ganador de I Certamen de Relatos de Terror Círculo Rojo en 2009. Además, ha participado en las antologías de relatos “Porqué Lisa buscaba a la Duras” (2010) y “¡Basta de comedia! (2011), publicados por Ediciones Molloy. Actualmente está preparando su primera novela.

 

BELENES ROTOS

Solo se ha salvado el buey y un Rey Mago, el más canoso, no sé si Gaspar o Melchor. Y el castillo de Herodes. Aún está con sus almenas y sus dos romanos custodiando con lanzas y escudos la puerta principal. Quizá todo se debió a un arrebato, no debí negarme cuando él me rogó que me pusiera a cuatro patas, al fin y al cabo, es quien nos mantiene, la única persona capaz de tendernos una mano, o las dos, porque solo él conoce los límites, y cuando nos pasamos de la raya, sabe convertirse en un demonio inclemente. La otra noche fue por el dichoso puré de frutas, la maldita papilla de plátano y manzana. Estela dijo que no, cerrando boca y ojos, pero al final fue que sí, y más después de que en un arrebato le estampase un vaso de Duralex en la cabeza. Dos días estuvimos recluidas en el cuarto de la plancha sin luz ni calefacción. “Ahora, le enseñas modales a esta niña…”, y mientras echaba la llave por fuera, recordé por alguna extraña razón el rostro de mi madre comido por los gusanos en la casona de la aldea. Pero aquello sucedió hace casi veinte años, y mi problema ahora nada tiene que ver con los fantasmas del pasado. Dos días sin comer puede parecer hasta  elegante, pero cuando tienes una niña de tres años encerrada como una rata, gateando sobre el parqué como un animal vulnerable, cada minuto se convierte en un tormento acompañado por la culpa, y cada segundo es un golpe certero sobre el pecho. Por suerte es piadoso y sabe perdonar, además, un hombre no puede estar mucho tiempo sin hacer el amor, así que nos liberó la víspera de la Nochebuena y nos prometió las mejores Navidades de nuestra vida. Para romper tensiones comenzamos a hacer el belén, extendiendo musgo natural y recortando el río con papel de aluminio. Estela ya había comido, por fin; él también se había llevado su buena ración cuando me invitó a una copa y nos encerramos en el dormitorio aprovechando la siesta de la niña, de modo que la situación quedaba en empate técnico. Luego tuvimos tiempo de sacar las figuritas del belén. El pesebre me trajo de nuevo imágenes que no deseaba recordar, era como si el tiempo me devolviera una bofetada que me debía con creces. La vida, me decía una vieja y sabia amiga , es como un raíl largo que hay que seguir sin hacerse preguntas, pero sabes que si te desvías se producirá un fatal descarrilamiento. Su filosofía no supe verla, ni supe ver en los ojos de mi madre cuando me imploraban algo que no supe entender entonces. Debe ser que en mi vida hay un arcángel anunciador que no sabe avisarme a tiempo, o quizá soy yo, tan pasional y tan estúpida como para exponerlo todo en un juego con las cartas marcadas.

 

Ayer vino su madre a cenar. Trajo marisco fresco y una buena dosis de maldad. Siempre era así: besos, miraditas de complicidad con su querido hijo y una batería de reproches hacia mi persona. Cuando escuché la musiquilla del portero automático, por alguna razón intuí el desastre. Un paso, dos pasos, y un taconeo marcial que avanzaba con firmeza hacia nosotras. Estela, sentada sobre la trona, le arrojó su muñeca de trapo y salió corriendo para esconderse tras las cortinas. “No bruja mamá… no, no…” Entonces apareció él y, con su mejor sonrisa, nos invitó a sentarnos. Jugaron al escondite, la niña y él, y después de servirnos un jerez, volvieron a enzarzarse en una cómica cacería. Pero cuando el gato atrapó al ratón yo ya estaba preparada. De mi mano salieron las saetas; y de mis ojos, el justo odio que había acumulado durante años. Primero fue un corte superficial en el cuello, como un trazo dibujado en el aire sin propósito que le prestó una extraña mansedumbre. Después, los gritos de una madre desvalida y el síncope. Estela arrojó artillería al enemigo, creo que la mula y los Reyes Magos con sus camellos. Él no tuvo tiempo. Sangraba como un cordero degollado. Dos tajos en el pecho, en el lado izquierdo que es donde está el corazón… Me reí, Estela también reía después de mucho tiempo y se dedicó a exterminar toda la tierra santa con sus manitas teñidas de sangre. Era el sacrificio de Pascua, me dije convencida, mientras le acercaba a la bruja un vaso de agua y le guiñaba un ojo a mi niña. Cuando escuchamos las sirenas de la policía, mi ángel y yo nos sentamos a cenar. Quedaba aún tiempo para degustar aquellos deliciosos manjares. Lo mejor de todo es que en la mesa no faltaba ningún detalle y que un minuto de paz, por fin un minuto, puede saborearse con el fino paladar de quien ya lo ha probado todo. Ahora sé que mi niña crecerá como los rosales en su rodrigón; y en cuanto a mí, espero reunirme pronto con mi madre en esa tierra fértil donde el tiempo puede sufrir las dobleces de la voluntad. Así sea.

Agustín García Aguado. 2º Premio

Nacido en Madrid en 1961.

Publicación del libro de relatos “La ternura de las bestias”, con Editorial ACEN, 2018.

Premio Pluma de Oro 1994 de cuentos, en Alcorcón.

Segundo premio certamen narradores Concurso Mariana Caprioz, Argentina, 2017.

Finalista concurso de relatos Ciudad de Martos 2017.

 

EL RELOJ DE LA ABUELA 

—Los años te han tratado bien.

¿Cómo se atrevía? Quedar había sido un error. No tenía que haber quedado, y menos en ese parque y la noche de Nochebuena.

Paseábamos por el camino de la fuente. El mismo sitio donde nos habíamos conocido, y donde nos habíamos visto por última vez hacía exactamente veinte años. Yo iba dando patadas a las piedras del camino, mientras Elena caminaba a mi lado, jugando con un mechón de un tirabuzón de su melena rubia.

—Tú también estás igual —le dije, mirándola a los ojos. Al principio me había costado asumir el paso del tiempo. La imagen que tenía de ella en mi mente seguía siendo la de aquella chica de mirada alegre que tanto me hacía reír. Esa imagen ya había sido sustituida por la actual, con veinte años más, pero igual de hermosa. Y yo, mientras tanto, con unos cuantos kilos de más, y unas cuantas ilusiones de menos.

—Me alegro de verte —dijo Elena.

—Y yo —Por unos segundos nos miramos y pareció que no había pasado el tiempo, pero la ilusión se desvaneció rápidamente mientras desviábamos la mirada. Seguimos caminando, hasta llegar a la fuente del centro del parque. Nos sentamos en un banco, y nos quedamos por un instante hipnotizados por el sonido de las gotas del agua que salpicaban las piedras.

—Siento mucho lo de tu abuela. Te he traído su reloj, como me pediste en el email —Elena rompió el silencio, mientras sacaba una caja pequeña de terciopelo azul.

—Ah, muchas gracias.

Mi abuela se había pasado los últimos veinte años que siempre que nos veíamos cada comida familiar en Navidad lo primero que hacía era preguntarme por aquel reloj que había perdido. La obsesión era tal que había fallecido hacía dos semanas, y las últimas palabras que me dirigió eran para pedirme que lo buscara. Yo sabía dónde estaba su reloj, pero nunca tuve valor para contárselo. En un arrebato de locura, había cogido el reloj de su habitación y se lo había regalado a Elena. Ésa había sido la razón por la que había emprendido la búsqueda de quien me había roto el corazón veinte años atrás, siguiendo la última voluntad de mi abuela. Y tras dos semanas de búsqueda, mucho google y papeles raídos, encontré las pistas que me conducirían al reencuentro. Lo de que estuviéramos precisamente en nuestro parque en la noche de Nochebuena había sido un impulso del último momento, y aún no tenía claro que hubiera sido una buena idea.

Abrí la caja de terciopelo y allí estaba el reloj, haciendo tic-tac, funcionando como si no hubiera pasado el tiempo. Era un reloj sencillo, de correa de metal. Sin ninguna inscripción especial. Jamás entendí por qué mi abuela le tenía tanto cariño a ese reloj.

—No lo he usado, pero le he ido cambiando las pilas cada dos o tres años. Las últimas se las puse hará un año.

Había tratado el reloj mejor de lo que mi propia abuela lo habría tratado.

—¿Cómo pudiste…? —¿Había dicho yo eso? ¡Madre mía! El rubor empezó a subirme por las mejillas —Perdona, no debería…

—No, está bien. Creo que después de todo este tiempo te mereces una explicación. Yo… Mi padre se enteró de lo nuestro. Me dijo que si nos volvía a ver juntos te mataría. No tuve valor para enfrentarme a él. Y no quería que te pasara nada por mi culpa. No pude hacer otra cosa.

Su padre había sido un borracho. Tenía a toda la familia amedrentada, y raro era el día que alguno no mostraba algún que otro moratón. Mi difunta abuela siempre decía que las escaleras de esa casa tenían que tener un defecto de diseño, porque toda la familia no hacía más que tener percances con los escalones.

—¿Por qué no me lo dijiste? —dije.

—Tenía que asegurarme de que te alejaras de mí, de que no intentaras una de tus locuras. Si te hubiera pasado algo, no me lo habría perdonado. Te quería demasiado. Siento el daño que te hice, de verdad. Espero que algún día me sepas perdonar, porque a mí me ha costado muchos años perdonarme.

—Vaya… lo siento. Nunca te guardé rencor. Intenté odiarte, pero no pude. Supongo… que no te culpo —En el fondo de mi corazón sentía que la culpa era mía, por no haber sabido leer entre líneas.

—Gracias. Me ayuda oírlo. Muchas gracias —Su voz sonaba aliviada, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

Nos levantamos y nos acercamos a la fuente.

–Me alegro de haberte visto de nuevo —dije.

—Sí… y yo —Estábamos entrando en bucle, tratando de alargar el encuentro inútilmente. No tenía sentido. Habían pasado veinte años. No conocía a esa persona, sólo a un recuerdo de lo que había sido. Un recuerdo hermoso, pero un recuerdo, no más.

—Bueno, pues me alegro de que todo te vaya bien. Supongo que la abuela podrá ya descansar en paz sabiendo que encontré su reloj —me despedí.

Le di un abrazo y me volví alejándome hacia la salida del parque. No tuve valor para darle dos besos. Dios, habían sido veinte años. ¿Qué esperaba? La gente cambia.

—¡Espera! —su voz detuvo mis pasos— Espera. Hay algo que quiero que sepas. El reloj… aquella misma Nochebuena que nos despedimos me acerqué a casa de tu abuela, a devolverle el reloj. Se lo expliqué, se lo expliqué todo. Que me lo habías regalado. Que ya no volveríamos a vernos. Me dijo que me lo quedara, que para ella era más importante que lo tuviera yo.

Miles de imágenes de mi abuela hablándome de su reloj perdido empezaron a surgir en mi mente, como una película a cámara rápida. Y sus últimas palabras resonaban en mi cabeza: “Busca mi reloj”.

Me giré, nos miramos a los ojos. Y sin mediar media palabra más nos fundimos en un beso, con el sonido del tic-tac del reloj resonando en nuestros corazones.

Feliz Navidad, abuela.

Roberto Gil. 3º Premio

Roberto Gil Pita es escritor novel, estudiante del curso de Escritura Creativa de la Escuela de Escritores en Alcalá de Henares, alumno de Juana Márquez Ponce. En su vida fuera de la escritura es profesor de la Universidad de Alcalá.

 

¿CREES EN LA MAGIA?

 Apenas es la una de la tarde, pero a las afueras de Rovaniemi, entre bosques de abetos y lagos helados, ya está anocheciendo. Papá Noel aguarda en su cabaña de madera a que se ponga definitivamente el sol. Afuera el frío arrecia. Un manto de nieve cubre el jardín y los copos flotan en aire, como pompas de jabón. Es 24 de diciembre y le espera una noche llena de magia. Se ha puesto su traje de gala, el rojo, ese que le sienta tan bien y que a todo el mundo le encanta. Aunque este año ha vuelto a engordar y cada vez le está más ajustado. Antes de que los últimos rayos de sol desaparezcan, sale de la cabaña y se acerca hasta los renos para darles de comer. Tienen que estar fuertes. Sabe que la noche será larga y quiere que todo salga perfecto. De repente, cuando se dispone a subir al trineo, siente un retorcijón en las tripas. “No debería haber comido tanto”, piensa, mientras se lleva las manos al estómago y echa a correr hacia la letrina que se ha construido al lado de la cabaña. Pero antes de llegar, obligado por una serie de pinchazos que recorren todo su cuerpo, se detiene. Un hormigueo le paraliza los brazos y las piernas. En cuanto pase esta noche se pondrá a régimen, lo tiene decidido, pero ¿quién se imagina a un Papá Noel delgado? Quizás ya sea demasiado tarde. Lo siguiente que nota es un dolor agudo en el pecho, como si le estuviesen clavando un cuchillo en el corazón una y otra vez. De repente, se desploma sobre la nieve. Antes de desvanecerse un pensamiento atraviesa su mente: ¿Quién va a hacer mi trabajo ahora? Cómo se arrepiente de no haber vigilado más el colesterol. Los renos se acercan y lamen su cara, intentando despertarle, aunque ya no hay nada que puedan hacer. La temperatura desciende tres, cinco, diez grados. La noche se echa encima y la nieve comienza a cubrir su cuerpo, mientras, en la otra punta del mundo, a miles de kilómetros de distancia, el sol se mantiene en lo más alto del cielo y el tiempo es mucho más agradable. Allí, bajo las palmeras, los tres Reyes Magos ensillan sus camellos y abandonan el oasis. Deben darse prisa. Saben que tras unos años flojos, esta vez volverán a tener mucho trabajo. Entre un alborozo de risas levantan el campamento. En la arena, sobre las dunas, solo queda un muñeco de trapo vestido de rojo con tres agujas clavadas.

Ernesto Ortega. 4º Premio.

Nace en Calahorra, La Rioja, cosecha del 71. De niño pasa mucho tiempo en la librería de sus padres y pronto aprende a hacer la O con un canuto. Se aficiona a las letras, hasta que le ponen los puntos sobre las íes y decide estudiar empresariales. Tras abrir un paréntesis en su vida, que todavía no ha cerrado, se traslada a Madrid, donde por h o por b, acaba trabajando como redactor publicitario.

Ha ganado varios concursos de relatos y microrrelatos y sus textos han aparecido en diferentes antologías, entre ellas Deantología (Talentura, 2013), Desahuciados (Traspiés-2014), Fútbol en breve: Microrrelatos de jogo bonito (Puertabierta Editores, 2014) y Ballenas en hormigueros: Antología hispanoamérica de ficción (Editorial ojo de pez, 2014). En 2012 publicó en solitario el libro de relatos La dictadura del amor (LCK15) y en 2016 Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor, con ilustraciones de Nacho Gallego (Talentura). Mantiene el blog www.latoalladelboxeador.blogspot.com

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Concurso organizado por Sonia Aldama, colaboran donantes de libros, Cursos Culturamas y Asociación de Mujeres Escriotoras e Ilustradoras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El fallo del jurado se leyó el 19 de enero a las 19 horas en Vergüenza Ajena, al fallo del certamen asistieron los tres finalistas y la ganadora y se procedió a la lectura de los textos y la entrega de premos. Jurado compuesto por Jesús Ovidio Montes, ganador del certamen anterior, Eduardo Laporte, Ana Grandal, Santiago Eximeno, Celia Molina y Berta Delgado Melgosa.

 

 

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