Primera persona

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Margarita García Robayo

TRÁNSITO

Este libro autobiográfico contiene la mirada honesta e incisiva que caracteriza la obra de Margarita García Robayo. Plantea preguntas sobre la locura, el hastío, la iniciación sexual, la lactancia materna y la intimidad. Y como dice Carolina Sanín: «Margarita García Robayo, además de estilo, tiene gracia; está en contacto con un cauce de significación profundo, con una corriente mayor que su individual ingenio, y en esa corriente —su lengua— se sumerge con confianza».

“Me agaché para esquivar los libros que volaban en dirección a mi cabeza y caían por el balcón. Abajo el portero intentaba levantarlos, pero no lo conseguía, eran bastantes y eran veloces. Desde una esquina estrecha, camuflada por mis propias plantas, pensé que debía irme enseguida, sin mis libros, sin mi ropa, sin mis orquídeas, y mandar después a un emisario y a un flete.

“Era el final de una relación pasajera que en el último mes había cobrado unas ínfulas inexplicables. Mi error: me había mudado ahí provisoriamente, porque en una pared del departamento donde vivía en el barrio de San Telmo —la pared de mi habitación— había aparecido una mancha de humedad que entonces me pareció trágica. Crecía como una criatura dispuesta a devorarme y me descubrí mirándola fijo, como intentando detener su avance mientras apretaba los dientes. Venía de vivir varios años en un palacete de principio de siglo, donde también había humedad y moho y plantas rastreras que brotaban de la pinotea y trepaban hasta el techo; pero era un palacete centenario, la alcurnia habilitaba que los elementos de la naturaleza invadieran la arquitectura. Ahí también dejé parte de mis pertenencias. Y dos gatos: uno muerto y otro vivo. Y a un ex importante. Pero esa vez no hubo batallas porque me fui a escondidas, aprovechando su ausencia, y después lo llamé por Skype. De audio. Nunca es lindo ver la cara de alguien a quien dejas. Mucho peor es descubrir la propia en una pantallita mínima, que te explica la situación como si no hicieras parte de ella.

“De eso pasó un año. Ese mismo año que corre cuando me acuclillo en el balcón y los libros me peinan. Un año en el que me mudé siete veces. Con mi amiga María; con mi amigo Cristian; a mi departamento de San Telmo; al departamento de ese su­jeto que lanzaba cosas al aire porque me iba y se levantaba en el medio de la noche llorando sin motivo. Bah, decía que alguien le prendía fuego. ¿Quién? En general yo. Después de esa, todavía me quedaron tres mudanzas: a dos casas de amigas solidarias y al departamento donde escribo esta nota el último día del año: hoy.

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