‘Las vidas que te prometí’, de Susana Rizo

IRENE MUÑOZ SERRULLA.

Título: Las vidas que te prometí

Autor: Susana Rizo

Editorial: Plataforma Editorial

Plataforma Editorial y la Obra Social la Caixa ya llevan cuatro ediciones del premio literario Feel Good que en su cuarta edición ganó Susana Rizo con Las vidas que te prometí. Esta ha sido una de las primeras novelas, la segunda si no me equivoco, con la que he empezado el año lector. Sentimientos encontrados según avanzaba la lectura y al terminarla siguen aquí. La novela feel good tiene que conseguir precisamente eso, hacernos sentir bien, divertirnos, reír, transmitirnos sentimientos positivos, intentar que queramos ser mejores personas… mirar al mañana (y al hoy) con más optimismo y ganas de hacer más y mejor, sobre todo mejor.

La novela se basa en el proyecto que se inició hace unos años de crear guarderías en las residencias para mayores, por los beneficios que unos reportaban a los otros, y los otros a los unos. El personaje principal es Ingrid una mujer de setenta y tantos que, ya viuda, decide pasar los últimos años de su vida en una residencia de mayores. No tiene ningún tipo de limitación, más allá de las que los años nos van marcando por norma general. En la residencia, tiene su grupo de íntimos amigos o compañeros, y como es de esperar, la rutina les hace ver pasar la vida con la despedida definitiva a alguno de los habitantes llegado el momento. Ella es una mujer introvertida, calmada, que le gusta hablar poco pero le gustan las conversaciones tranquilas y entretenidas, leer, recordar, caminar… entretenimientos nada estrambóticos en ninguna fase de la vida de una persona. En la residencia, deciden iniciar esa experiencia de crear una guardería con niños de hasta cinco años, antes de iniciar la etapa escolar. Los mayores lo afrontan con curiosidad y entusiasmo en cuanto ven la vida que los pequeños aportan, por unas horas, a sus días. Ingrid siente un flechazo emocional con un pequeño de cinco años, Max, que como ella es más reservado y casi vive en su mundo interior con sus dibujos y sus ojos que todo lo quieren ver y descubrir. Entre Ingrid y Max se establece una relación entrañable, más allá de lo que podría ser una perfecta relación entre un nieto y su abuela (Max apenas había tenido contacto con sus abuelos, e Ingrid no había tenido hijos). Ella le cuenta y le lee historias que escribió cuando era más joven, él la escucha siempre con interés, le hace preguntas, le regala dibujos, le cuenta sus cosas…

Conocemos algunas tristezas en forma de enfermedad o fallecimientos de los mayores residentes, y la alegría de los niños. Sin embargo, más allá del espíritu renovador y fresco que Max transmite a Ingrid, para mí ha quedado uno de los temas tratados por encima del resto, el de la soledad. Supongo que aquí influye el momento en el que cada cual lee un libro, cuál ha sido la lectura anterior, qué expectativas tenía al empezar a leer el libro… No voy a contar más sobre el argumento. La novela es digna de lectura, y estoy segura de que a cada lector le reportará un conocimiento, unas sensaciones, y unos estímulos concretos, que a mí me haya dejado un regusto tristón sobre el de la esperanza que transmite, no quiere decir que a los demás también les vaya a pasar.

La lectura es entretenida y de fácil seguimiento, la narración nos lleva perfectamente por la vida de Ingrid y Max, a los que terminamos conociendo y queriendo con facilidad pasadas las primeras páginas. El mensaje principal es el del estímulo y las ganas de querer seguir haciendo cosas; la superación ante las dificultades y ante la edad, que nos va limitando en algunas ocasiones… El objetivo de Rizo está más que conseguido, aunque personalmente el ambiente narrativo más melancólico de algunos pasajes haya ganado esta vez al feel good.

 

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