La literatura y el amor, como una prisión donde se busca alguna clase de “Resistencia”

Por Horacio Otheguy Riveira

Cuando Francesc Garrido y Mar Sodupe se abrazaron al final de la noche de estreno fueron dos estupendos actores vivamente emocionados por haber llegado hasta allí, al fin dejados de lado sus personajes que jamás se tocan, salvo un acercamiento muy leve por parte de ella, para de inmediato volver a empezar con las diatribas literarias. Hablan como escriben, mientras nos preguntamos si escriben como hablan, y en todo caso nunca se asoma la posibilidad de que sus cuerpos retocen como amantes que dicen que fueron. Sus voces y sus cuerpos se pasean por un restaurante de cierta categoría, muy espacioso, y entre sus mesas deambulan las idas y venidas de lo que no se quiere decir hasta que llegan los últimos minutos en los que de verdad se entregan y dicen algo verdadero, sin la alienación profesional que les ata.

 

La resistencia, de Lucía Carballal, aborda los sentimientos de una pareja de 55 y 47 años y los ubica en el competitivo mundo de la literatura a gran escala, donde se reúnen malamente las emociones más profundas con las más superficiales de búsqueda del éxito y el bienestar económico. Un profesor y novelista, remilgado, con una afectación muy señalada en la manera de hablar y de moverse; y una mujer de gestualidad y emociones muy contenidas, novelista y propietaria de un restaurante heredado. Entre ambos forjan una tela de araña en situaciones poco interesantes (limitadas a un mundo literario muy convencional), desarrolladas en un tono discursivo que sin embargo se sigue hasta el final, si no con interés sí con gran curiosidad, gracias a la puesta en escena de Israel Elejalde y la interpretación de sus actores, ya que entre los tres se confabulan para dar vida intensa a base de subtexto, de lo que no se dice, de los silencios ausentes entre tanto devenir de frases hechas.

Resulta muy significativo el prólogo en el que se escucha What a Wonderful World, compuesta en 1967 por Bob Thiele y George David Weiss, afroamericano protestante y blanco judío, para que la interpretara Louis Armstrong, quien la convirtió en un enorme éxito mundial: exaltación de las cosas cotidianas de la vida descubiertas de pronto como si el paraíso estuviese a la vuelta de la esquina: “Veo el cielo de azul, la bendita luz brillante, la oscura noche sagrada, y pienso para mí mismo, qué mundo tan maravilloso”. Se canta en inglés (¿por Abby Ward?), pero se entiende bien, es una canción muy popular que, interpretada en un tono contrario al de la versión original, atrae como nostalgia de un mundo perdido, de forma agónica. Estilo de la cantante e imágenes proyectadas conciertan el contrapunto, es decir, ninguna alegría, ningún contacto con alguna clase de vitalidad, de energía, y cuando se menciona algo parecido (una mudanza, la compra de un escritorio nuevo, una ventana que da a unos vecinos singulares…) se apaga rápidamente. Los escritores beben y viven colgados de palabras que se enzarzan en un combate de seductor-seducida y presunta víctima (alumna-profesor) que quizás acabe encontrando lo que busca después de mucho retorcer el quiero y no puedo, mas en todo momento el ruido y la furia viven fuera, lo mismo que cualquier atisbo de pasión.

Es en el manejo de lo que no oímos ni se expresa abiertamente —a la manera de algunas obras de las dramaturgas y novelistas francesas Nathalie Sarraute y Marguerite Duras—, por donde el director encuentra caminos insospechados de tensión dramática (que el texto no me parece que ofrezca) y logra ajustar la admirable creación de Francesc Garrido en su intento de volver a enamorar a aquella preciosa joven que ahora dice haber perdido la belleza. Su amaneramiento comienza dando risa como la que produce un caballero entre cursi y pedante, pero poco a poco nos lleva a su terreno de hombre abandonado a la suerte del eterno solitario que pende más de las separaciones amorosas que de los éxitos de sus libros. Lentamente nos convence de su severo conflicto, y ahí nace un personaje, más en sus gestos que en sus palabras, hasta que en el último tramo se despoja de la gesticulación abundante, de la vocalización exagerada, y logra ser él mismo, sin mohínes, en un instante de conflagración radical. Es entonces cuando Mónica frente a David (en escena no se nombran, pero así constan en el texto) también abandona posturas y suma de reproches y es ella misma. Entre ambos, un libro publicado que se titula: Ella. Con Mar Sodupe en una muy lograda elaboración, ya que expresa la intensa contención de quien se busca a sí misma a través de los hombres que la acompañan.

Una función de moderado interés en su contenido, muy atractiva como producción por los aciertos ya señalados. Cabe añadir la interesante combinación cromática en la escenografía de Mónica Boromello y la calidez, muy bella por momentos, en la iluminación de Paloma Parra.

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[Extracto de una entrevista de Carlos Rod a Lucía Carballal, publicada en el programa de mano]

Dice David con respecto al proceso de escritura de su novela: «Me preocupó… mucho,
me quitó el sueño, la radical falta de conflicto que hay en ese libro». ¿Cómo concibes
el conflicto en tu texto y en tu obra en general? ¿Te preocupa tanto como a David?

Quizá incluso más que a él. Su novela es probablemente un puro ejercicio de estilo
que yo no me permitiría. Sí, cuido mucho el conflicto. Si sé qué está pasando en el
fondo del texto, cuál es la verdadera guerra, digamos, y esta me interesa honestamente,
entonces siento que podré dejarme llevar más después, es como una inversión en
libertad. Se suele identificar a los autores con sus diálogos, pero yo siento que cuando
me expongo realmente es planteando el conflicto y el cómo voy a contarlo. Ahí es donde
más te muestras, aunque no lo parezca. A mí siempre me ha interesado la técnica, no la
disocio de lo creativo, al revés. Cualquier obra es principalmente el diseño genuino de
su esqueleto. Los diálogos emergen desde ahí y son el tiroteo de ese conflicto. Para mí
una celebración, porque es lo que más disfruto.

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También en CULTURAMAS

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Sótano, de Benet i Jornet, dirección Israel Elejalde

Una vida americana, de Lucía Carballal

Los temporales, de Lucía Carballal

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Texto: Lucía Carballal, escrito con la ayuda de la I Beca El Pavón Teatro Kamikaze, publicada por la Editorial Acto Primero del propio teatro.

Dirección: Israel Elejalde

Intérpretes: Mar Sodupe, Francesc Garrido

Escenografía: Mónica Boromello
Iluminación: Paloma Parra
Vestuario: Sandra Espinosa
Vídeo: Natalia Moreno
Producción Ejecutiva: Pablo Ramos
Ayudante de dirección: Pilar Valenciano
Ayudante de producción: Lucía Díaz-Tejeiro

TEATROS DEL CANAL. HASTA EL 17 DE FEBRERO

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