‘Tras los pasos de Livingstone’, de Xavier Moret

Tras los pasos de Livingstone

Xavier Moret

Península

Barcelona, 2019

357 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Xavier Moret (Barcelona, 1952) lo reconoce y dicta al principio de su periplo africano: el libro será una paradoja, pues para escribir un relato uno utiliza necesariamente una buena dosis de razón, pero el viaje por África nos mostrará un territorio donde la razón se abandona, dando paso a la pura intuición. Este principio es un prejuicio que intenta dejar de ser tal. Que uno se vea en la tesitura de improvisar constantemente, supone que las trabas se afrontarán con buen humor, pero da por supuesto que saldrán al paso trabas. El espíritu con que Moret afronta el viaje navega entre varias aguas: no reniega de la cara del turismo, pues es complicado, por no decir imposible, que en Uganda, por ejemplo, te reconozcan como uno de ellos. Siempre serás un muzungu, un turista blanco, sin camuflaje y con una cierta atribución de poseer dinero que incomoda hasta al más sereno y espartano de los viajeros. Moret sabe que viaje en una época de turistas, tal vez unas décadas más tarde de lo que le hubiera gustado. De hecho, confiesa, en alguna ocasión, el lamento que produce ver la evolución hacia la farsa de la civilización de ciudades, playas o montes que conoció anteriormente.

Así y todo, no existe un rencor nostálgico en la narración del viaje, que le lleva de Zanzíbar a Uganda, de Kenia al Congo. A lo largo de la aventura va descubriendo lo que se nos escapa con más facilidad desde aquí, lo que afecta al individuo, al africano. Se impone el carácter del viajero que pretende seguir aprendiendo. Ahí está la hora de saldar deudas con el lago Victoria, que destacará por su inmensidad y belleza, sí, pero también como trastienda de la globalización neoliberal, que lo ha convertido en un cubo de basura tal y como refleja el documental La pesadilla de Darwin, que Moret ve con doce años de retraso. Mientras tanto, nos habla, con un estilo semejante al de Javier Reverte en El sueño de África, de la historia de la exploración, de la historia de la colonización, también la religiosa, y de los que vivieron todo tipo de aventuras en tiempos en que la palabra turismo estaba reservada para los aristócratas que visitaban algún balneario. El libro gana en facilidad narrativa cuando se refiere al presente, a sí mismo como protagonista de un viaje que ejecuta siendo un mero peón y no el rey. Historias como la de Burton y Speke ya son muy reconocidas, a pesar de lo cual Moret sabe encontrar algún dato, algún detalle que no habíamos frecuentado. Otras sigue siendo imprescindible divulgarlas, como la matanza y la tortura durante la colonización del Congo.

En buena medida, un libro como este nos devuelve la cuestión de los límites entre lo mitológico y lo legendario. África es el gran continente para los viajeros de lo diferente, desde el punto de vista occidental: una fauna casi prehistórica y un territorio sin carreteras siguen perpetuándola como la gran desconocida. África es un mito. Pero como mito pertenece a los europeos y norteamericanos, por ejemplo. Para el africano, su tierra es una leyenda, como lo son para nosotros los exploradores, muchos de ellos británicos, como Livingstone, que la recorrieron. Mito y leyenda se refieren más a lo desconocido que a la ciencia, son, por tanto, necesarios. Esa África es la que quiere recorrer Moret, un lugar que soporta todas las interpretaciones, erigido entres sueños y la dura realidad, un lugar donde, como le dice un español a punto de abandonar su negocio en una hermosa playa de Zanzíbar, “aunque sea duro admitirlo, los paraísos destiñen”. En resumen, un continente que Moret resume, para el viajero, en una frase de Paul Theroux, que puede ser sospechoso de muchas cosas, pero no de soberbia: “A veces da la impresión de que África es un lugar al que se va a esperar”.

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