High Flying Bird (2019), de Steven Soderbergh – Crítica

 

Por Jaime Fa de Lucas.

Netflix y Steven Soderbergh se tiran un triple sin oposición y éste acaba convirtiéndose en un “air ball”, una pedrada monumental que no toca ni el aro. Y es que ya desde el primer momento High Flying Bird te abruma con su sobrecarga de información y palabras; o más bien, de palabras que intentan transmitir una información que apenas llega. Un directivo o un representante de la ACB entenderá el 50% de lo que quieren decir esas charlas; un aficionado casual estará más cerca del porcentaje de acierto en triples de Shaquille O’Neal.

Resulta que hay un parón en la NBA por un desacuerdo económico entre jugadores y propietarios, pero hay un agente que hace todo lo posible para que el negocio siga su curso. Y hasta ahí te vas a enterar sin rascarte la cabeza. Insisto: la película se desarrolla casi exclusivamente con diálogos apresurados que rara vez son ingeniosos o tienen un propósito claro e inteligible. Ni la dirección de Soderbergh ni el guion de Tarell Alvin McCraney dejan hueco para la pausa o para algún resquicio luminoso por el que se pueda colar un ápice de atmósfera. Tampoco ayuda que el impulso narrativo de la historia sea escaso y que los personajes, salvo el protagonista, estén sin desarrollar. Y del apartado emocional mejor ni hablamos.

La idea general que plantea High Flying Bird puede ser más o menos aceptable. Sugiere que hay cierta relación entre el baloncesto y la esclavitud. La NBA está dirigida por blancos –los propietarios– y los trabajadores –jugadores que en su mayoría son negros– son explotados por ellos. No obstante, además de que esta idea está expresada con bastante torpeza, para aceptarla habría que pasar por alto muchas cosas, empezando por las desorbitadas cantidades de dinero que ganan los jugadores. También coquetea algo con las redes sociales y muestra cómo al final –spoiler– el protagonista, negro, es capaz de influir en las instituciones, imponiéndose a la ingenuidad e incompetencia de los blancos. La referencia final al libro de Edwards subraya más esa dirección y apunta a una especie de revolución negra frente al dominio de los blancos, que en este contexto parece algo exagerada.

Lo poco que se puede salvar de High Flying Bird es la interpretación de André Holland, el hecho de que está grabada casi en su totalidad con un móvil y los comentarios breves de los tres jugadores reales de la NBA, que posiblemente sean lo más inspirador y más humano que presenta la película.

 

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