El escritor y su curiosidad -13-.

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LOS ESCRITORES Y EL HUMOR

El humor siempre ha estado presente en la literatura. No podía ser de otra manera, es parte de la vida. Una de las más interesantes, además. El humor, esa especie de vaselina que lima aristas, suaviza caras y permite llegar a lugares imposibles, pues no hay otro camino o, de haberlo, rebosaría de obstáculos. Al poder no le gusta; los dictadores, lo odian. Saben que prohibir -o censurar- el humor es caer en el ridículo. Tapar el sol con un dedo. Lo intentan, a pesar de todo, la egolatría les puede.

El humor es un revolucionario, un rebelde que no se deja manejar por cualquiera. Exige unas capacidades y un talento a quienes tiren de él, a quien quiera utilizarlo. La crítica iconoclasta lo adora, es su deporte favorito. Amigo íntimo de la ironía y el sarcasmo, viene a ser el punzón que hinca el  hierro donde más duele.

Desde los tiempos más remotos, el humor ha estado presente en todas las culturas: los griegos desarrollaron la comedia, los romanos la sátira, Gargantúa y Pantagruel y la picaresca española brillaron a lo largo del siglo XVI hasta llegar al ingenioso hidalgo, una de las obras más graciosas que he leído (y no es su menor atributo). Hoy en día, seguimos por ese camino. Incluso autores serios, los que habitualmente no van más allá de la ironía para sacar una sonrisa, llenan sus páginas de humor y alguna carcajada. Como Luis Mateo en su última novela. Podríamos anotar miles de nombres y de obras; también de hechos, de anécdotas ocurridas a más de uno de nuestros maestros literarios. Eso es lo que voy a hacer aun a sabiendas de que muchas de estas historias son invenciones del momento que se van transmitiendo de forma oral para retratar al autor, famoso por tal o cual circunstancia. Ficciones, o dicho de otra manera, literatura en su estado más puro.

¿Qué pensar, sino, de la que cuentan de James Joyce, con fama de vago, al parecer, a quien un amigo encontró desesperado, derrumbado sobre la mesa de su escritorio?

-¿Cuántas palabras has escrito hoy?, le preguntó. Ante la respuesta de “ siete”, el amigo trató de animarlo, pues para él debía ser un record.

-Es que no sé en qué orden van, aclaró Joyce.

La anécdota de Knut Hamsun, en París, me la creo más. El noruego no dominaba el francés y al regresar a su país le preguntaron por los problemas que había tenido con el idioma.

-Yo, ninguno. Pero los franceses, sí.

La verdad es que muchas de estas anécdotas suenan a chiste trillado y, como tantas veces, la duda de qué fue primero, el huevo o la gallina, se interpone. Como en esta que cuentan de Balzac, que anunció la muerte de un tío suyo, rebosante de millones, con un escueto desde anoche, mi tío y yo hemos pasado a mejor vida.

Otras muchas hay que ponerlas en solfa con todas las de la ley, pues se necesita mucho valor para improvisar unos versos que a cualquiera, y más a un rey, le parecerían ofensivos. Sabemos que nuestro Quevedo era un lince, rápido como el pistolero, intuitivo y dueño de un ingenio que envidiaba cualquiera, incluido Góngora. Ahora bien, que dedicara a Felipe IV, sabiendo cómo se las traían por entonces los reyes, la cuarteta “En semejante postura / dais a comprender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura” me parece un riesgo excesivo. Aunque hubiera por medio real culpa al pedirle una cuarteta, Quevedo decirle “dadme pie” y el rey, haciéndose el gracioso, alargarle la pierna.

Otra del mismo o parecido pelaje es la que atribuyen a Muñoz Seca, autor de teatro de una interminable lista de obras de humor a principios del siglo XX y del que cuentan que recibió una queja de algún ministro melindroso y meapilas por las palabras malsonantes que poblaban sus obras. En este momento tengo delante su carta, señor,  pero en breves, la tendré detrás –fue la respuesta oportuna.

Doy por hecho que otras se han atribuido a personajes famosos, y en su nombre se cuentan como una suerte de coartada para cantar las cuarenta a la persona que se tiene delante sin que se note demasiado. O, aunque se note, que se vea impotente y calle para no dar a entender que se siente aludido y quede en el mayor de los ridículos.

Al menos, es lo que me hace pensar la atribuida a Alejandro Dumas y “El vacío doloroso”. Es un título sin sentido, el vacío no puede ser doloroso, cuentan que le dijo un caballero, a lo que él contestó con un irónico ¿Que no? ¡Cómo se ve que nunca os ha dolido la cabeza, amigo mío! Un chascarrillo que corre por las redes sin que nadie se haya molestado en buscar la realidad más inocente: en la casi infinita lista de obras de A. Dumas –recuerdo que tenía negros que escribían muchas de sus obras, dato que era conocido en su época- no aparece ninguna con este título. Ni entre las novelas cortas y cuentos (incluidos los infantiles), ni entre sus novelas más conocidas ni entre las de terror, las de viajes, las históricas, las que escribió sobre Italia o Rusia, hechos contemporáneos, biografías, teatro o cuentos. Ni siquiera en su autobiografía.

Antonio Tejedor García

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