High Life (2018), de Claire Denis – Crítica

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Por Jordi Campeny.

Desde los años 60 y salvo excepciones, la ciencia ficción ha dado lugar a películas de gran presupuesto y envergadura, ambientadas en realidades futuristas y distópicas, y siempre saturadas de efectos especiales. A menudo poblado por seres y fenómenos imaginarios, y utilizando la ciencia como coartada de la fantasía, el cine de ciencia ficción ha parido grandes obras de puro entretenimiento y, a veces, se ha servido de sus potencialidades metafóricas para ofrecer visiones críticas acerca de aspectos políticos, sociales y filosóficos. En demasiadas ocasiones, sin embargo, las películas de este género especulativo han resultado en exceso voluminosas, aparatosas, ruidosas y perfectamente huecas. No hace falta nombrar las honrosas y obvias obras maestras del género que rebaten con contundencia tal afirmación, pero un grueso nada desdeñable de títulos que se engloban bajo su etiqueta sí que la secundan perfectamente.

A parte de este carácter eminentemente comercial y excesivamente superficial de una parte importante de la cosecha del género, otro de los elementos que más lo definen es su llamativa ausencia de elementos sensoriales y, muy especialmente, sexuales. Por decirlo de otra manera: en el cine de ciencia ficción no se folla. La vertiente más carnal y humana de los seres –reales o imaginarios– que habitan estas películas suele omitirse, como engullida por una galaxia lejana.

High Life, de la prestigiosa directora Claire Denis, ha llegado para revertir algunos fastidiosos lugares comunes del género. Es cine con un presupuesto modesto, refractario a las convenciones comerciales y repleto de ideas y reflexiones. Podríamos llamarlo ciencia ficción de autor, cuyo máximo exponente lo hallamos en la alienante, visionaria y prácticamente inescrutable Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972). Más allá de esto, lo que hace realmente única y grande a High Life es su profunda humanidad, su fascinante exploración del deseo y su lubricante sensualidad. Es una película que gravita por el espacio exterior dentro de una nave/cárcel, pero en realidad habita íntegramente, de principio a fin, en el cuerpo humano. En el dolor y la desesperación de sus criaturas. También en sus flujos corporales: su sangre, su saliva, su semen.

High Life es una película que te aboca a la más absoluta frustración al intentar definirla o concretarla en las líneas de una reseña cualquiera. Es un film esquinado, misterioso e inefable que nos muestra el día a día de un grupo de condenados a muerte que aceptaron conmutar sus sentencias por participar en una misión con destino al agujero negro más cercano a la Tierra. Frente al universo multidimensional en el que navegan sus almas errantes, la directora utiliza, por coherencia, una narrativa fragmentaria alejada de la simple secuenciación de los hechos, de la confortable narración. Y, a través de ella, asistimos fascinados a este viaje distópico y apocalíptico, que no es otra cosa que un mero contexto o excusa para tratar temas existenciales inherentes al ser humano, como los vínculos paternofiliales, la soledad o los impulsos sexuales.

Robert Pattinson, cada vez más exigente y riguroso en la elección de trabajos, y Juliette Binoche nos arrastran hacia una incómoda, lisérgica y poética exploración del deseo con apariencia de periplo sideral. Un film controvertido e inclasificable, con secuencias de un riesgo kamikaze, que provoca huidas de espectadores en sus proyecciones y, a su vez, pasionales y arrebatadas adhesiones. Una propuesta muy física, de inagotable miga conceptual, ingrávida, con tramos bellos y contemplativos que se ven interrumpidos, de golpe, por destellos de inusitada violencia.

High Life es una película hermosa y apasionante que entiende la ciencia ficción como un vehículo que simula viajar al espacio exterior, cuando en realidad está emprendiendo el trayecto inverso: hacia lo más íntimo y oculto de uno mismo; a los agujeros negros del alma.

 

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