Un cadáver exquisito: ingeniosa aventura de humor negro

Por Ana Riera

Con los datos reales del secuestro del ataúd donde yacía Charles Chaplin en Suiza, Manuel Benito debuta como dramaturgo con una comedia donde el humor negro se codea con la denuncia social de actualidad. Triunfó en reciente breve temporada en Espacio Guindalera, y se apresta a reponerse en otra sala madrileña, aún sin fecha.

 

Estamos en Suiza. Es uno de los peores inviernos que se recuerdan. Las heladas son diarias y no deja de nevar y llover. Llevados por la desesperación, dos hombres humildes, emigrantes ambos, deciden profanar la tumba de un personaje célebre, llevarse el féretro con el cadáver y pedir un rescate a su viuda. Ésta, sin embargo, no se muestra dispuesta a colaborar. Ni con los profanadores ni con el comisario encargado de resolver el caso.

La historia parece un tanto forzada y estrambótica, y sin embargo está basada en un hecho real. El 1 de marzo de 1978, dos mecánicos en apuros entraron en el cementerio de Corsier-sur-Vevey, en Suiza, desenterraron el ataúd de Charles Chaplin, lo cargaron en su furgoneta y se lo llevaron con la intención de pedir un rescate a su viuda de 52 años, Oona Chaplin. Eran Roman Wardos, un polaco de 24 años, cuyo único deseo era reunir algo de dinero para poder por fin casarse con su novia de toda la vida, que seguía en Polonia, y Gantscho Ganev, un búlgaro de 38 años que con ese dinero pensaba pagar los estudios de sus hijos, para que pudieran tener un futuro mejor que el suyo.

A partir de este sugerente material, y dentro del marco del V Laboratorio de Escritura Teatral de la Fundación SGAE, Manuel Benito escribió la obra que aquí nos ocupa, Un cadáver exquisito. Para el montaje ha contado con la acertada dirección de Juan Pastor, quien además se ha encargado de la escenografía. El espacio escénico que propone es sencillo pero efectivo: cuatro espacios perfectamente definidos y diferenciados que hacen que la obra fluya con ritmo en todo momento, con un muy cuidado vestuario de Teresa Valentín-Gamazo. Acertado me parece también el guiño al cine mudo mediante los rótulos que se proyectan sobre la pared del fondo al inicio de cada secuencia.

 

Los dos ladrones (Jacobo Muñoz y Guillermo G. López) no son más que dos seres inocentes que, ante un sistema que les da la espalda, entre otras cosas, o sobre todo, por ser de fuera, deciden hacer algo que va contra su naturaleza. Nos caen bien porque en seguida vemos que sus intenciones son buenas. Y porque su simpatía y su mala pata les confieren un toque entrañable que nos hace pensar precisamente en Charles Chaplin y algunos de sus personajes más emblemáticos.

El tema de la inmigración cobra especial fuerza a través de los otros dos personajes. La viuda de Chaplin, Oona O’Neill —nacida en Estados Unidos—, interpretada por una convincente Cristina Palomo, y el comisario de policía, al que da vida Felipe Andrés. La primera es ella misma una inmigrante, pero de primera categoría gracias a su estatus económico y social. El segundo se considera un hombre justo y ecuánime, pero cada vez se enreda más en su discurso xenófobo. Esa confrontación permite a Benito analizar distintas posturas y mostrar las contradicciones que el tema a menudo genera. Quizás la única pega sea que en algún momento el texto resulta innecesariamente repetitivo. No obstante, los toques de humor y la esperanzadora resolución hacen que al final salgamos de la sala con un buen sabor de boca. Confío en que encuentren una sala para poder reponerla en un futuro próximo.

El secuestro de Chaplin, 4 meses después de muerto. 

 

 

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