El escritor y su curiosidad (15)

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EL DISPUTADO VOTO DEL SEÑOR ADJETIVO

Cuando realizo algún taller con los alumnos de la ESO o Bachillerato, aparte de la claridad, de la concisión o de la expresión por medio de escenas y no con desvaríos descriptivos largos como una semana sin pan, uno de mis caballos de batalla a la hora de dar pautas de escritura es el uso de los adjetivos.

-Métanlos todos en una caja y vayan sacándolos con cuidado. Como mucho, de uno en uno, que en grupo pueden explotar.

El adjetivo es uno de los puntos de fricción de la literatura y las batallas en torno al mismo nunca se dan por terminadas, las opiniones son divergentes y cada autor tiene su estilo y su forma de escribir. Algunos sienten cierta debilidad por ellos y los colocan en serie al modo de los románticos en sus excesos de pasión; hay otros que los tienen atravesados, una especie de pelusilla en la punta de la pluma que les impide escribirlos con normalidad. Como Borges. Clamaba contra el exceso de los mismos. Cuando don Jorge escribía, pensaba no en qué adjetivo necesitaba la frase, sino cual sacaba de la misma. En vez de plantarlos, podaba los ya plantados. Eso nos cuenta Cortázar de su paisano.

 

El catalán Josep Pla buscaba adjetivos mientras liaba un cigarrillo, y si no salía, lo perseguía entre las volutas del humo. A Pio Baroja le reprochaba que los ensartase como un burro tiraba pedos. Stendhal se pasaba un cuarto de hora antes de colocarlos delante o detrás del sustantivo. Para el autor de Rojo y negro, escribir consistía en acertar con el adjetivo apropiado. Azorín, el hombre de la frase breve, opinaba que la literatura está en el adjetivo. Hace unos días, hablando con la escritora aragonesa Patricia Esteban, me comentaba que, para ella, lo más difícil a la hora de escribir es la colocación de los adjetivos. El escritor cubano Alejo Carpentier los definió con una metáfora perfecta: “las arrugas del estilo”. Lo decía porque en demasiadas ocasiones se cargan los escritos con ellos, abultan en demasía y se arrugan. Pero para radical, el catedrático de Harvard, Raimon Lira: “Se han hecho para no usarlos”, decía. En todo caso, si han de usarse, “precisos, inteligibles y claros y, a ser posible, graciosos”, en palabras del ya mentado Josep Pla.

El adjetivo llega a la mente del escritor como un caballo desbocado y el ansia de salir a toda prisa. Y no, hay que frenarlo, no podemos llenar el árbol de hojas que dificulten e incluso impidan la visión del sendero. Lee uno algunos textos y suenan a verborrea temblorosa del que se ve incapaz de hacerse entender en su discurso y da vueltas y más vueltas sin hallar jamás el tono y el centro del mismo. Este uso abusivo del adjetivo se suele dar en la adolescencia del escritor, cuando no tiene mucho que contar y llena las páginas de ellos como si fueran piedras en un río sobre las que saltar para escapar del lodazal. Por si esto fuera poco, utiliza los más sonoros y llamativos, como badajo de campana. O, en otro capítulo, miren muchos de los llamados best sellers: aquello es un sembrado, da la impresión que el autor ha sufrido un sarpullido de ellos.

Mejor, tomen el ejemplo de Flaubert. Con veinte años había escrito Noviembre, una novela con más adjetivos que setas crecen en ese mes. Nunca la publicó y pasó mucho tiempo antes de ofrecernos Madame Bovary, donde no abundan, precisamente. El talento de escribir reside en la elección de las palabras, decía.  Y uno de sus amigos, Guy de Maupassant, comentaba que para lo que queramos decir o escribir “existe una sola palabra para expresarlo, un verbo para animarlo y un adjetivo para calificarlo”.  Eso sí, hay que buscarlo, trabajar el texto.

El poeta chileno Vicente Huidobro escribía en su poema Arte poética que el adjetivo cuando no da vida, mata. Un sustantivo siempre tiene más fuerza para adjetivar. Lo cual no quiere decir que haya que prescindir de ellos por completo, pues su ausencia nos impide establecer las disimilitudes, los enfrentamientos. Escritores más moderados abogan por usarlos con discreción y mesura, buscar el más apropiado y olvidarse de ensartarlos como Sancho los refranes. Para llegar a un juicio, previo paso por los terrenos del pensamiento, el uso de adjetivos nos ayuda a minimizar los riesgos. Una cosa es abusar de ellos (como sucede con demasiada frecuencia en los medios de comunicación escritos o hablados) o hacerlo de forma vulgar o demasiado afectada o engordar el texto y presentarlo de forma un tanto pretenciosa y otra, negar su existencia. Pero cuidado, a través de ellos es fácil que se cuelen las emociones y la posibilidad de influir en el lector: esta es una profesión donde la persecución de la objetividad, aunque difícil o casi imposible, es el santo más cercano a Dios. El adjetivo aporta información, pero no siempre es necesaria y ahí estriba una de las dificultades a la hora de escribir.

Borges, ya comentado, es posiblemente uno de los ejemplos más extremos a la hora de la contención en el uso de los adjetivos. Pongo un ejemplo que no deja lugar para la polémica: en uno de sus cuentos, El hombre de la esquina rosada, en vez de atiborrar de adjetivos la descripción de una mujer, la Lujanera; en vez de colorear sus ojos, describir su vestido o halagar sus andares, sintetizó su estampa en cuatro palabras: “Verla, no daba sueño”.

Ahí queda eso.

Antonio Tejedor

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