Agatocles, el rey de barro

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por Kika Sureda

Agatocles fue tirano y posteriormente rey de Siracusa. Hijo de Carcino, alfarero de Reggio, en Sicilia, donde nació en 361 a.C. Huérfano desde muy joven tuvo que continuar trabajando de alfarero para vivir, después se alistó como simple soldado, y como estaba dotado de una fuerza prodigiosa, unida a una belleza poco común, el general Damas, a cuyas órdenes servía, le mandó llamar y prendado de el, le hizo dar una educación esmerada, elevándole después al grado de quiliarca (jefe de mil hombres), mandándole a combatir contra los agrigentinos. A la muerte de Damas se casó con su viuda, que poseía una de las primeras fortunas de Siracusa. Esta ciudad, después de la muerte de Timoleón, había caído de nuevo en la anarquía, al usurpar el poder Sosístrates. Agatocles fue uno de sus adversarios más decididos, por lo que tuvo que emigrar, refugiándose en Italia, donde se puso al frente de los enemigos de Sosístrates, refugiados en Tarento y en Crotona, con los cuales regresó a Siracusa, donde fue nombrado general en jefe; defendió hábilmente la ciudad contra el tirano y los cartagineses, venciéndoles en un combate en el que recibió siete heridas. Procuró atraerse al pueblo defendiendo las ideas democráticas. Hábil político, pero de carácter cruel y disimulado, sabía fingir la mayor modestia y desinterés; su afectación llegaba al extremo de mandar servir su mesa con vasos de barro, con el fin, según decía, de recordar su origen. Asistía a las asambleas públicas solo y sin guardias; parodiaba a los oradores célebres, repitiendo sus gestos, y sabía siempre hacer reír al pueblo a expensas de sus contrarios con el fin de adquirir popularidad buscando aclamaciones. Fue desterrado en dos ocasiones por sus intentos de derribar el poder oligárquico. Enemistado con el Senado y los notables de Siracusa, llamaron a Acestórides de Corinto para confiarle el poder antes de que Agatocles se impusiera por la fuerza. Entonces fue cuando el pueblo le nombró general en jefe para marchar contra la ciudad de Erbita que acababa de entregarse a los cartagineses, siéndole confiado el mando del ejército, a pesar de la oposición del Senado. Agatocles resolvió, antes de salir de Siracusa, destruir el Senado o Consejo de los Seiscientos; al efecto reunió su ejercito en Timoleón, donde debían acudir Pisarco, Decles y otros cuarenta senadores encargados de conferenciar con él sobre asuntos de Estado, y a su llegada, les acusó de haber atentado contra su vida. Fingiendo asechanzas, hizo prender a los enviados del Senado, y animó al pueblo a levantarse en armas empujándolo al saqueo. Durante dos días, como dice Diodoro, “Siracusa ofreció el espectáculo de horribles matanzas y excesos los más deplorables”. Cuatro mil ciudadanos fueron asesinados sin piedad y seis mil proscritos. Después de esta matanza es cuando se hizo conferir el poder supremo en el año 317 a.C. Decretó la abolición de las deudas, el repartimiento de las tierras entre los ricos y los pobres, se volvió accesible y hasta equitativo, ordenó la hacienda, mandó forjar armas, construir bajeles, sometiendo a toda Sicilia, excepto las plazas que poseían los cartagineses. Para oponerse al progreso de los siracusanos enviaron los cartagineses a Amílcar al frente de una escuadra que se unió a los proscritos y descontentos, y en los alrededores de Himera se trabó el combate, al principio favorable a los de Siracusa, pero después fueron completamente vencidos en el año 311 a.C, y sitiada la capital. Agatocles, perdida la esperanza de salvar Sicilia por los medios ordinarios, resolvió pasar a África para atacar a Cartago, como lo hizo con 5000 soldados en 60 naves, que incendió después de haber tomado tierra cerca del cabo Hermeón o Bon, para empeñar más a sus tropas en la guerra de exterminio que emprendió contra los cartagineses, a quienes derrotó en estos términos, que en un año les tomó más de 200 poblaciones, poniendo, por fin, sitio a la misma Cartago, que se vio obligado a abandonar para acudir a Sicilia, varias de sus ciudades se habían mancomunado contra él. Al regreso de África, mientras estaba de nuevo en Sicilia, el ejército que no había podido llevar consigo por falta de buques, se rindió a los cartagineses, después de haber dado muerte a sus dos jefes, hijos ambos de Agatocles. La noticia de este desastre acrecentó la influencia de sus adversarios en Sicilia, a cuya cabeza se encontraba Deinocrates. Para recobrar su libertad de acción firmó en el año 305 la paz con los cartagineses, los venció y se atrajo a Deinocrates. Con la ayuda de éste sometió toda Sicilia, se hizo nombrar rey y fue el soberano más rico y poderoso de la mitad occidental del Mediterráneo, sin que por esto renunciara a su vida aventurera. Trabó relaciones marítimas y terrestres por Italia y las costas del Adriático que fueron verdaderos actos de piratería; saqueó las islas de Lipari; incendió la escuadra de Casandro, rey de Esparta, frente a Corcira, regalando la isla a su yerno Pirro, rey de Egipto, casándose con su hija Teoxena. Antes de morir devolvió al pueblo sus libertades, muriendo poco después envenenado por su nieto Arcagetes, que ambicionaba el poder, diciendo sus biógrafos que para abreviar los sufrimientos de una cruel agonía mandó que le colocaran sobre una pira. Al morir en el 289 a.C., contaba con setenta y dos años. Su biografía fue escrita por su hermano Acandros, y por contemporáneos suyos como Kalias, Timeos y Diodoro Sículo.

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