Tres sombreros de copa: juegos malabares en busca de un perfecto equilibrio

Por Mariano Velasco

Si algo tiene la primera y hoy más conocida comedia de Miguel Mihura, Tres sombreros de copa, que la eleva por encima ya no solo del resto de la obra del madrileño, sino muy probablemente de casi toda la comedia teatral española del siglo XX, es la tan rica como bien disimulada complejidad que este clásico esconde bajo el fino camuflaje de un sentido del humor aparentemente insustancial, entre tierno y simplón, tan característico del estilo de Mihura.

Puede ser ello la causa de que a Mihura le costara tanto estrenarla —escrita en 1932, no fue llevada a los escenarios hasta 20 años más tarde—, y de que una vez logrado el objetivo, no fuera del todo bien entendida por un público tal vez poco preparado para apreciar la mezcla de géneros, sensaciones y sentimientos que supone esta obra maestra de la dramaturgia, y para discernir en ella dónde están los límites del fino humor del autor, cuándo hay crítica feroz y dónde, en cambio, ternura, y cuál es la verdadera esencia del mundo absurdo que Mihura nos propone. Y sobre todo, ante una obra significativamente despojada de toda intención adoctrinadora, elegir con qué opción quedarse de las que se plantean en este batiburrillo de vida y teatro, de sueño y realidad, en el que nada es maravilloso del todo ni absolutamente despreciable.

A semejante problema se han enfrentado los diferentes y numerosos montajes de la obra que en el mundo han sido, unos más acertados que otros a la hora de lograr el ansiado y difícil equilibrio entre contenido, diferentes estilos y registros, variadas propuestas y puntos de vista tan dispares que Mihura dispersa a lo largo de un alocado y surrealista guion, por otra parte excelentemente bien trenzado. De hecho, insiste el autor al referirse a ciertos montajes de la época, en que no le acababa de gustar que algunas compañías representaran la comedia con exageración desmedida, de manera especial en ese alocado y onírico segundo acto en el que el escenario se llena de personajes a cuál más extravagante y surrealista, muy representativos por otro lado de una sociedad y una época a las que Mihura pretendía criticar, aun siendo seguramente muy consciente de que él mismo también formaba parte de ese esperpéntico circo.

“Porque ya me dirán ustedes —escribía el propio Mihura— las cosas que se pueden hacer con una obra en la que salen parejas de enamorados de los armarios, parejas de enamorados también de debajo de la cama, una mujer barbuda, un negro tocando el ukelele, parejas alocadas bailando y arrojándose serpentinas y artículos de cotillón, y un anciano tocando una trompeta y dando saltitos”.

Y añadía, con su característica ironía:

 “… Cuanto de más dinero y más medios se disponía, más se exageraba en el montaje, en el vestuario, en los movimientos escénicos, en las serpentinas, en el confeti y en los conejos”.

Y es que hay que reconocer que tiene, en efecto, cierto peligro el planteamiento escénico que hace el autor, sobre todo en el mencionado segundo acto, pero una vez superada la tentación de no caer en la exageración, el resultado tiende a ser pura y sencillamente delicioso. Y así lo logra Natalia Menéndez en esta versión del CDN —un homenaje al fallecido padre, el admirado Juanjo Menéndez, que estrenó la obra en el papel de Dionisio—, en la que la directora puede presumir de hacer verdaderos juegos malabares con los sombreros para lograr el esperado equilibrio.

Están en Tres sombreros de copa todas y cada una de las características esenciales del teatro de Mihura, empezando por su ya señalado domino de la mezcla de estilos y registros, de manera que el público no siempre sabe a qué atenerse, si se le habla en broma o en serio, si reír o llorar ante lo absurdo del planteamiento. Están sus habituales recursos humorísticos, aquellas surrealistas travesuras lingüísticas que permiten a Dionisio confesarle a Paula que se casa, sí, pero poco, o preguntarle a Buby con toda la naturalidad del mundo si hace mucho tiempo que es negro. Y está también el empleo de elementos situados fuera de contexto, pero precisamente por eso todos ellos cargados de sorprendente expresividad, como la carraca que se descompone, el tiovivo, los conejos que aparecen debajo de la cama, el niño que hizo “pin” o los mismísimos sombreros de copa.

Y está, sobre todo, la creación de una inmensa variedad de personajes, algunos verdaderamente tiernos y entrañables, como lo acaban siendo Dionisio y Paula ambos por igual (con excelentes interpretaciones de Pablo Gómez-Pando y Laia Manzanares); otros más simbólicos, como toda la farándula que desfila por el segundo acto, con el Odioso Señor y la Mujer Barbuda a la cabeza, y otros que pudieran parecer de entrada secundarios, pero que marcan el devenir de los acontecimientos y determinan la propia estructura del texto con asombrosa facilidad, como es el caso de Don Sacramento. Interpretado por un Arturo Querejeta en estado de gracia, el futuro suegro del protagonista encarna la separación entre el sueño y la realidad y, en definitiva, entre lo que Dionisio a estas alturas quisiera ser, un feliz bohemio empedernido, y lo que realmente es, un pobre hombre de provincias sin ilusiones al que siempre se le acaban cayendo al suelo los tres dichosos sombreros de copa.

Tres sombreros de copa

Texto: Miguel Mihura

Dirección: Natalia Menéndez

Reparto: Óscar Alló, Roger Álvarez, María Besant, César Camino, Lucía Estévez, Cayetano Fernández, Pablo Gómez-Pando, Alba Gutiérrez, Tusti de las Heras, Mariano Llorente, Laia Manzanares, Rocío Marín Álvarez, Manuel Moya, Carmen Peña Viciana, Chema Pizarro, Arturo Querejeta, Fernando Sainz de la Maza y Malcolm T. Sitté.

Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero

Hasta el 7 de julio

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