“Copenhague”, gran encuentro de Emilio Gutiérrez Caba y Carlos Hipólito

Por Horacio Otheguy Riveira

Foto: Marieta AVI

“Copenhague” es una obra de autor británico, Michael Frayn, de éxito internacional desde los años 90 por trasuntar el encuentro ficticio de dos celebridades próximas a la bomba atómica durante la segunda guerra mundial.

Niels Borg, judío danés recibió en su casa de Copenhague, al judío alemán Heidenberg —años atrás discípulo— en 1941, tiempo de plena ocupación nazi del país.

Werner Heidenberg era por entonces un judío alemán intocable para el gobierno del Führer (sobre todo después de ganar el Premio Nobel en 1932), y por ello fue el elegido para trabajarse la bomba que daría el triunfo mundial al régimen nacionalsocialista. ¿Consiguió despistar a los generales nazis hasta el fin de la guerra? ¿Qué sucedió entre estos dos que se admiraban y competían, separados por un gobierno despótico que procuraba invadir el mundo entero? ¿Qué pasó con Borg al colaborar con Oppenheimer en Estados Unidos?

Los antiguos amigos se reunieron. Se sospecha lo que se habló allí, pero todo lo que sucede en hora y media es una ficción con algunos datos y diálogos reales. No más comenzar, los propios personajes nos dicen que están muertos, pero vuelven a aquel hogar con la esperanza de reencontrar el afecto que se había perdido, entremezclado con respuestas a preguntas fundamentales. Política, ciencia, intimidad doliente, violencia masiva alrededor… en una incertidumbre trágica que continúa después de muertos. Una función de irregular interés que dos grandes actores y una excelente actriz nos la ofrecen con un dominio escénico fascinante.

 

Antes de que podamos saber quién o qué somos, ya nos hemos ido y reposamos en el polvo.

 

Foto: Sergio Parra.

El debate es en principio muy interesante, pero en esta representación lo que de verdad interesa es ver cómo se la juegan dos actores tan importantes, con tanto bagaje, en el farragoso asunto de la cuestión ética en el fragor de una guerra mundial, sumergidos en un teatro de tesis con mucha acción interior y escaso conflicto dramático.

Muchos son los temas tratados superficialmente por el autor, que no aprovecha la enorme libertad de su idea y la trayectoria de sus personajes, sobre todo del alemán, que nueve años antes de este encuentro había ganado el Premio Nobel (lo que reforzó el interés del régimen en protegerlo); baraja demasiadas conjeturas sin atreverse a abordar situaciones resolutivas, ni puntos de vista personales. Texto en mano, el director Claudio Tolcachir, responsable de la adaptación y dirección, ha forjado una ambientación de victimismo que empaña los aspectos ideológica e históricamente más atractivos. Por eso mismo resulta digno de ovación el esfuerzo del trío de intérpretes dando vida a un texto cargado de intenciones en exceso informativas.

Emilio Gutiérrez Caba como el danés dueño de casa y el visitante alemán a cargo de Carlos Hipólito, y entre ambos una moderadora ejemplar en Malena Gutiérrez como la esposa del primero, un personaje bisagra, de afilada ironía con el comportamiento de un árbitro entre dos que se han admirado mucho pero que incluso después de muertos reavivan el fuego de un enfrentamiento vagamente político. La densidad del texto se desarrolla con una liviandad propia de grandes talentos del teatro que podrían estar leyendo la guía telefónica y tenernos embobados. Copenhague no llega al uso práctico de una guía, pero tampoco al campo sociopolítico profundo a que aspira.

Foto: Sergio Parra.

Claudio Tolcachir ha puesto el acento en la emotividad que rodea a los personajes, propia del texto original, pero demasiado subrayada, lágrimas incluidas, y un ambiente escenográfico de melancolía abrumadora. La veracidad que aportan los intérpretes es tan rica en matices de naturalidad que su mortandad nos resulta muy cálida; son amigos que vienen a visitarnos de un más allá cargado de inquietudes y preguntas.

Si bien esta obra se ha representado con gran éxito en medio mundo, la mayor popularidad del autor Michael Frayn no se expandió por esta pieza tan densa, sino por comedias muy divertidas como ¡Qué desastre de función! Pero en el trasunto de Copenhague supo aprovechar la tradición espiritista británica expresada brillantemente en el legendario interés de la Casa Real y organizaciones místico-científicas en torno al mundo de los espíritus que Allan Kardec sacó del animismo africano y asiático para integrarlo en Europa con una conciencia de que “No estamos solos”.

El francés Kardec distribuyó por el mundo su teoría a partir de la publicación de El libro de los espíritus. Una enseñanza trascendental (1857), pero fue en Francia y Reino Unido donde arraigó con mayor fuerza el diálogo riguroso con las posibilidades de comunicación de un misterio hasta entonces intocable. Desde entonces, la relación entre muertos y vivos ha regado la literatura, el teatro y el cine europeos.

En el caso de esta obra, no más empezar los personajes se presentan como espectros que regresan en busca de respuestas, retornando a las preguntas más angustiosas de su existencia. Y no es para menos: su pasado está hundido en la cruel mortandad de millones de personas en la primera y segunda guerra mundial, aunque la acción transcurre en 1941, cuando aún Hitler intentaba la creación de una bomba atómica, y los salvadores del mundo, los Estados Unidos de América, todavía no la habían lanzado en Japón. Crímenes de estado con la justificación paradójica de un cínico “Estamos en guerra”.

Muerte más muerte más muerte, y dos amigos, dos judíos geniales salvados de los campos de concentración porque sus talentos podían servir a la causa del nazismo, mientras millones sucumbían en los campos de concentración o en los campos de batalla.

HEISENBERG. Ya estamos todos muertos es cierto, y el mundo se acuerda de mí solo por dos cosas. Una es el principio de incertidumbre y la otra es la misteriosa visita que hice a Niels Bohr en Copenhague en 1941. Todo el mundo entiende el concepto de la incertidumbre. O cree entenderlo. Pero nadie comprende mi viaje a Copenhague. Una y otra vez lo he explicado. Al propio Bohr y a Margrethe. A interrogadores y oficiales de inteligencia, a periodistas e historiadores. Cuanto más lo explicaba, más profunda se volvía la incertidumbre. Bueno, me encantaría hacer un nuevo intento. Ahora que ya estamos todos muertos. Y ya no podemos hacer daño a nadie. Ni traicionar a nadie. 

En definitiva, un espectáculo complejo por los asuntos que trata, y no precisamente físico-químicos, sino los meramente humanos en manos de dos hombres ante la disyuntiva ética de creer o desconfiar en que cierta criminalidad masiva podría ser mejor que otra, y su participación activa en el devenir de un mundo donde matar o sobrevivir se había puesto a la orden del día. Sucedió en 1941. Sucede ahora con mayor virulencia, tiempos de drons y nueva guerra fría, tiempos de recrudecimiento de los ingenios militares y los fanatismos de distinto tipo.

Werner Heisenberg (1901-1976)

Niels Bohr (1885-1962)

HEISENBERG Antes de que podamos saber quién o qué somos, ya nos hemos ido y reposamos en el polvo.
BOHR En medio de todo el polvo que nosotros mismos levantamos.
MARGRETHE Y tarde o temprano llegará un día en el que todos nuestros hijos reposarán en el polvo, y los hijos de nuestros hijos.
BOHR Cuando ya no se tomen decisiones, grandes o pequeñas. Cuando ya no haya incertidumbre porque ya no habrá conocimiento.
MARGRETHE Y cuando todos hayamos cerrado los ojos, cuando hasta los fantasmas hayan desaparecido, ¿qué quedará de nuestro amado mundo? ¿De nuestro arruinado, deshonrado y amado mundo?
HEISENBERG Pero mientras tanto, en este muy preciado “mientras tanto”, ahí están los árboles del parque, los lugares amados. Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Preservados, posiblemente, por ese breve instante en Copenhague. Por un evento que nunca podrá localizarse o definirse exactamente. Por ese núcleo final de incertidumbre que habita en el corazón de las cosas.

El genio de los personajes reales entrecruza su vitalidad a lo largo de hora y media con algunas elucubraciones valiosas y demasiadas preguntas sin respuesta. El talento de los intérpretes nos conduce al dramático reencuentro con quienes ya no están entre nosotros, y sin embargo siempre nos acompañan: juntos tratamos de desvelar la oscura tentación humana de replegar la solidaridad para dar paso a la codicia, la ambición demencial de dominar a los demás.

COPENHAGUE

Autor: Michael Frayn
Dirección y adaptación: Claudio Tolcachir

©Foto Marieta AVI

Diseño de Iluminación: Juan Gómez Cornejo (A.A.I.) y Ion Aníbal López (A.A.I.)
Escenografía y Vestuario: Elisa Sanz
Ayte. Escenografía y vestuario: Lua Quiroga
Aytes. Dirección: Maite Pérez Astorga y Nacho Redondo
Traducción: Alicia Macías
Prensa: María Díaz
Diseño gráfico: Alberto Valle – Hawork Studio

Producción Ejecutiva: Olvido Orovio
Dirección de producción: Ana Jelin
Gerente y regidor: Carlos Montalvo
Maquinista: David Vizcaino
Técnico iluminación: Ion Aníbal López
Construcción de escenografía: Mambo Decorados y Sfumato
Realización de vestuario: Sastrería Cornejo
Transporte: Taicher
Producción y distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas

Agradecimientos: Junta Municipal del Distrito de Retiro del Ayuntamiento de Madrid, Centro Cultural Las Californias, Centro Cultural Casa de Vacas y Andreina Salazar

TEATRO DE LA ABADÍA. PRORROGADO HASTA EL 14 DE JULIO 2019

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También en CULTURAMAS, otros montajes de Claudio Tolcachir:

La omisión de la familia Coleman

Tierra del fuego

Emilia

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