Horacio: su apacible vida Carpe Diem (II)

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por Kika Sureda

Horacio, empapado en el buen gusto de la lírica y siéndole muy familiares todos los tesoros del clasicismo literario helénico, deseó restaurar la literatura lirica latina y levantarla al grado de esplendor que  consiguió con sus obras. En la madurez de su edad varonil compuso sus odas ( carmina) y sus Sátiras y Epístolas fueron producto de los últimos años de su vida. Horacio era un individuo de baja estatura, y más bien obeso, pero los artistas que modelaron sus retratos, le fingieron alto y delgado, cometiendo la peor de las impropiedades (tal vez inducidos por su nombre de Flaccus). A través de sus obras conocemos sus costumbres y su norma de vida, que estaba aquejado de una afección en los ojos, que se cuidaba aplicándose un colirio; padecía gran debilidad de estómago y también frecuentes excesos de gota y de hipocondría. Solía emplear la jornada empezando por levantarse a hora quarta (las diez de la mañana) y salía al Foro a enterarse del precio de las legumbres y los granos. Daba un breve paseo, esperando la hora de tomar su baño. Después se entregaba a la lectura o escritura por breve tiempo y tomaba un desayuno no demasiado copioso. Salía después al Foro, mezclándose entre las turbas de charlatanes, adivinos, vendedores y negociantes escuchando sus gritos y coloquios. Regresaba a su casa en busca de su predilecto plato de legumbres, de sus garbanzos y pasteles, que le servían sus tres esclavos sobre una blanca mesa de mármol, dónde solo figuraban un par de copas y un  cyatus y un vaso para las libaciones con su pátera, todo de barro de la Campania. Después de otro rato de lectura o escritura, se dirigía a su lecho sin cuidados que le obligasen a madrugar. Durante su residencia en el campo observaba la misma existencia frugal y reposada. Iba a las fuentes (la de Bandusia sobre todo); sacrificaba algún corderillo o macho cabrío a los dioses; cuidaba personalmente del trasiego de los vinos de su bodega, en que sobresalían los dolia (vasija similar a una tinaja) llenos de Falerno, Albano, Calena y Parténope, marcando con una inscripción especial el tonel que contenía el vino coetáneo suyo (O nata mecum, Consule Manlio). Gozaba invitando algunos amigos a su mesa, pocos y bien acogidos, y a  Mecenas entre ellos. Celebraba sus cumpleaños, el de Mecenas y el de Augusto. No murmuraba, ni hacía cabildeos políticos; se deleitaba con la contemplación de las bellezas del campo; conservaba los frutos, mejoraba sus ganados, socorría a los pobres y evitaba los parásitos. En resumen, el epicureísmo mejor entendido y practicado, constituía la esencia de su vida. Todos estos pormenores se hallan consignados en las obras de Horacio, y a ellas hay que acudir para conocer la vida del príncipe de los líricos latinos. También Suetonio suministraba datos muy interesantes acerca de la vida de este autor. En medio de la placidez de su retiro, le sobrevino la muerte con cincuenta y siete años de edad. Murió tres semanas después de Mecenas, siendo cónsules Cayo Mario Censorino y Cayo Asinio Gallo. No tuvo tiempo de dictar testamento, pero antes de morir, y delante de testigos, declaró verbalmente que dejaba todos sus bienes al emperador Octavio Augusto. Fue enterrado al pie del monte Esquilino de Roma, al lado mimo del túmulo funerario de Mecenas. Se puede afirmar que Horacio que poseía un alma verdaderamente ingeniosa y amable, dotada de un gusto exquisito y de un equilibrio de facultades tan manifiesto, que es difícil hallar entre sus obras una falsa consecuencia o una inverosimilitud. Desde los más llanos y triviales asuntos hasta los más altos y encumbrados, la majestad serena, la dignidad en el tono, la naturalidad o la magnificencia en la elocución, según lo exija el asunto, dan valor a sus versos y el aspecto de definitiva perfección que los convierte en monumentos del clasicismo literario.  Algunos dijeron de él que no levantó el vuelo lírico para poder parangonarse con Pindaro y Tirteo, nada menos incierto.  Horacio no conocía límites en punto a la elevación de su lirismo y al intenso vuelo de su fantasía. Así lo podemos comprobar en la oda y en el mismo Carmen saeculare “Justum et tenacem Quale ministrum, Pastor quum traheret, Coelo tonaniem, Ne forte credas”. La composición  de las partes está muy bien  proporcionada y las metáforas con las que satura su lenguaje están traídas con naturalidad y sembradas con largueza. Convierte sus odas en maravillas de elocución poética. Horacio vino al mundo en la época más propicia para su carácter acomodaticio y ecléctico. El Imperio de Augusto trajo la paz octaviana, estando en paz todo el orbe y cerrado el templo de Jano, dios de la guerra, era grato para el poeta vivir tranquilo cantando y bebiendo a la sombra de los árboles seculares de su villa tiburtina. De temperamento suave y apacible, sentía gusto por aquella filosofía que invita a huir del dolor y a buscar el placer de entregarse se lleno a las dulzuras de la soledad y del ocio ameno. Horacio proclamaba como el bien más preciado  la tranquila igualdad de espíritu, que turbarán ni las borrascas internas del corazón, ni los acontecimientos externos, ni las acometidas extrañas. Carpe Diem, Horacio, Carpe Diem.

 

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