RELATO/ ‘Una gota, dos gotas, tres gotas’

LAURA MARTÍNEZ GONZÁLEZ.

Marina se asomó a la soledad del pasillo. Nada interrumpía a la noche en su silencio, salvo aquel ruido de gotas cayendo. Avanzó despacio hacia el baño, la respiración entrecortada. Las gotas continuaban retumbando en su cabeza. El espejo le devolvió la imagen de su padre en la bañera, los ojos abiertos. 

Ojos que aún parecían mirarla con aquel deseo repugnante que durante tantos años había aguantado. Pero eso no le importó; lo que de verdad la estremecía era ese ruido de gotas.

Nerviosa, comprobó el grifo. Estaba bien cerrado. ¿De dónde venía entonces ese maldito goteo? Trató de calmarse. Salió del baño y escuchó con atención. Las gotas volvían a salpicar el agua lentamente. Se giró asustada. El grifo seguía cerrado. 

Corrió a la habitación, el ruido de las gotas la persiguió por el pasillo, se cubrió la cara con el edredón, se tapó los oídos.  

Entonces, un grito la sobresaltó. Era su madre. Se destapó y se quedó inmóvil, la mirada fija en la puerta. ¿Y si se daba cuenta de que había sido ella? Una gota, dos gotas, tres gotas… El corazón de Marina empezó a latir con fuerza. 

Se llevó una mano al pecho, respiró hondo. No había por qué preocuparse. Una gota, dos gotas, tres gotas… Era imposible que descubriera la sobredosis de ibuprofeno. 

Un nuevo grito desgarrado la sacó de su pensamiento. Marina salió corriendo al baño. A medida que se acercaba las gotas caían con más rapidez. Su madre lloraba apoyada en el borde de la bañera. Observó el grifo, seguía cerrado. Se agachó junto a ella, la abrazó con fuerza. 

Los ojos de su padre volvían a mirarla, pero no con lujuria si no castigadores. Marina agachó la cabeza. El sonido de las gotas empezó aumentar su intensidad. Lo escuchaba salpicar en el agua incluso con los sollozos de su madre. ¿Por qué, por qué no podía dejar de oír ese maldito goteo?

De repente, un policía y un médico aparecieron en la puerta. Su rostro se pintó del color de la cera. Ahora sí que estaba perdida. El doctor empezó a examinar el cuerpo mientras el agente les hacía unas cuantas preguntas rutinarias. 

Todo indicaba que la causa de la muerte había sido un paro cardiaco. Así lo dictaminó el médico. Afortunadamente no sospechaban de Marina. Aun así deseaba con toda su alma que se marcharan. 

Tras acompañarlas al salón y tranquilizarlas el policía y el médico volvieron al baño. Un sudor frío empezó a empaparle la frente. Una gota, dos gotas, tres gotas… ¿Qué querían ver más? Su madre le ofreció la mano, ella se la agarró temblando. Las gotas no paraban de caer. Casi las podía sentir mojándole el cuello. Una gota, dos gotas, tres gotas… igual que los besos de su padre por las noches. 

Besos que nadie sabía. Una gota, dos gotas, tres gotas… Besos con sabor a whisky que durante años habían impregnado el olor por todo su cuerpo. Una gota, dos gotas, tres gotas… Apretó la mano de su madre con más fuerza. ¿Qué pensaría ella de lo que hacía su padre? Las gotas caían, caían, caían… ¿Estaría de acuerdo en haberle matado? ¿Habría decidido denunciarle? Las gotas seguían cayendo. Marina sacudió la cabeza; las preguntas se le ahogaban con aquel sonido infernal. 

Las voces de los hombres se acercaban. Su madre se levantó, tiró de ella. Marina intentó escuchar qué decían, pero el goteo continuaba martilleando sus oídos. Al entrar al salón se quedaron en silencio, mirándola. Una gota, dos gotas, tres gotas… Sentía que le empezaba a faltar el aire. Seguro que la habían descubierto. Una gota, dos gotas, tres gotas… Sí, eso era. Sabían que había sido ella y estaban tensando el momento para revelárselo a su madre.

O a lo mejor estaban esperando a que lo confesase ella. Las gotas empezaron a caer más rápido. Pero era injusto, ella solo había acabado con el sufrimiento que aquel monstruo le estaba causando. Las gotas seguían cayendo. Llevaba meses estudiando, con precisión milimétrica, los movimientos de su padre, sus horarios, sus momentos a solas con las botellas y por fin había llegado el día. 

Aquella tarde del miércoles, su padre se tomaría su típico whisky sentado en el sofá viendo la tele. Después de dos copas, se levantaría para ir al baño y ella aprovecharía para vaciarle en la botella una caja entera de ibuprofeno en sobres. 

Había leído que, en grandes dosis, el ibuprofeno podía producir infartos. Por eso, había decidido utilizarlo como su arma. Horas después, su padre se daría un baño. Entonces, los sobres, que llevarían tiempo actuando en su organismo, le provocarían la muerte instantánea. 

Creía que era un plan perfecto, que lo tenía todo calculado. Sin embargo, la llamada de su madre a la policía había abierto una brecha sin solución en su partida. Juego en el que las tornas habían cambiado y ahora le tocaba a ella ser la culpable. Pero, ¿y si nunca habían cambiado los papeles? ¿Y si ella había tenido la culpa desde el principio?

La voz de su conciencia empezó a devorarla a gritos. El sonido de las gotas se volvió más penetrante. Una gota, dos gotas, tres gotas… Marina las escuchaba caer despacio, llenando los recovecos más profundos de su cuerpo. Una gota, dos gotas, tres gotas… Asustada observó a sus acusadores. El policía y el médico seguían mirándola. Una gota, dos gotas, tres gotas… Sus labios se movían, parecía que le decían algo, pero ella solo podía oír las gotas cayendo. 

Era inútil tratar de ignorar aquel chapoteo. Una gota, dos gotas, tres gotas… La única forma de dejar de oírlo era revelando su crimen. Y eso fue lo que hizo. Mientras hablaba, las gotas que hasta ahora caían en su cabeza empezaron a desbordarse por sus ojos. Sin embargo, por mucho que insistió, ni su madre ni los hombres la creyeron.

   Ya han pasado  muchos años desde entonces. Los recuerdos de aquella noche se le pintan incompletos. No obstante, cuando nada interrumpe al silencio en la soledad de su habitación… una gota, dos gotas, tres gotas…

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