‘El viejo barco’, de Zhang Wei

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El viejo barco

Zhang Wei

Traducción de Elisabet Pallarés Cardona

Kailas

Madrid, 2019

493 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

La novela histórica se define porque los actos reales, los que figuran en los libros de texto, afectan a la acción. Los personajes son y se manifiestan con vínculos estrechísimos a esos actos, a la revolución, a la guerra fría, a las tiranías, a las bombas. Todo pasa por un tamiz que condiciona la ficción: el carácter de los personajes y su evolución, sus cambios, el conflicto que se relaciona con las almas individuales y, como consecuencia, la relaciones que se establecen entre los personajes y que dan lugar a eso que se llama trama. En este caso, una trama que convive con la ya divulgada, la que nos enseñan en las academias y la que, en teoría, ha formado en parte el mundo contemporáneo. En ese sentido, La reina Margot tal vez sea el ejemplo más patente de las cualidades que tiene que tener una novela histórica. Notre Dame de París, por su parte, es una novela con ambientación histórica, pero pertenece a un género diferente.

La confusión surge de las referencias a que sometemos al tiempo. Una novela histórica puede suceder en un pasado inmediato, en tanto que una novela de aventuras es atemporal, pero requiere, eso sí, un decorado. Y no conviene confundir el decorado con el género.

La reflexión viene a cuento a la hora de catalogar este El viejo barco, una obra que apunta al género histórico, pero que lo maneja de una forma extraña, como aislándolo y manteniendo con él una conversación en paralelo. El resultado es una obra que se extiende a lo largo de décadas, en la que vemos, como a través de las cortinas, los paisajes que la historia reciente de China a entintado a fuego en la piel de ese enorme país. Sí, pero se trata de una obra coral, muy coral, tanto que uno echa de menos un glosario de personajes al final, un apéndice que haría la lectura, que es sencilla, más engorrosa, pero nos ayudaría a no perdernos entre tantos nombres que nos son complejos.

Zhang Wei (China, 1955) idea una ciudad con los retazos más significativos de las que nos explican China. Idea una serie de familias que representan distintos estratos sociales. Pues, aunque estemos en la China de Mao, en la de la Revolución Cultural, nos sumergimos en una sociedad que conserva un sistema de castas, una sociedad en la que está presente la lucha de clases, por mucho que se trate de esconder, de negar, de camuflar. Mientras al otro lado de los ejidos de la ciudad suceden los hechos históricos, entre las calles y dentro de las casas, los ciudadanos son casi impermeables, se ven afectados porque no les queda más remedio, pero sus centros de interés tienen mucho más que ver con la condición humana que con las balas y los gobiernos. La historia que Wei describe, en un libro necesariamente enunciativo, explicativo, es la historia de la humanidad, no la historia de la historia. En ese sentido, y a pesar de las casi quinientas páginas, acierta al relacionar su narración más con el teatro que con la novela pura. Esa experiencia ya la habíamos conocido a través de obras como La montaña mágica. El viejo barco, eso sí, nos resulta más extraño por estar colmado de referencias a la cultura popular china. Y por la misma razón, los personajes nos resultan más atractivos que los que pueblan la obra de Thomas Mann.

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