Imagen y amor en ‘Jefe de la estación Fallmerayer’, de Joseph Roth

RICARDO MARTÍNEZ.

La historia nace por un cuento. O bien la historia nace a través del cuento. O bien la historia es, en sí, un cuento. De cierto la historia, es, al fin, el cuento, lo narrado.

“Toda una guerra mundial los separaba, pero él hablaba con ella”, dice, en un momento dado de esta intensa y hermosa narración, Joseph Roth, a sabiendas de que él mismo es una crónica de la derrota pero a la vez una invocación al amor. Él, su vida, fue un canto de cisne, la meditación de una derrota cual fue la de la cultura fundada en los viejos valores establecidos, vencidos éstos por una atroz y absurda Guerra. 

Quizás por ello en él, en su obra, se guarden cantos al amor y a la libertad como en pocos escritores contemporáneos suyos; tal vez Sándor Márai pudiera ser un ejemplo parejo al suyo, y, si bien éste le sobrevivió en muchos años, ello no redujo la decepción por lo observado, por la mediocre posteridad real derivada de la larga confrontación europea que a los dos afectó.

En este libro, como no podía ser menos, la imaginación ‘redime’ al protagonista (y al autor) a través de una capacidad de observación poco común: “… a pesar de la oscuridad, los raíles y los minúsculos guijarros en el espacio que había entre cada dos raíles brillaban en el húmedo embrujo de la lluvia” Aquí, en esta apasionada historia que es un canto (¿tal vez melancólico?) al amor, el jefe de estación Fallmerayer se enamora un día de una accidentada cuyo rostro armonioso le seduce, “un rostro húmedo de plata (¡un adjetivo demasiado reiterado por el traductor!) resplandecía en la mágica mudanza de las llamas y las sombras…” Por ello el héroe-protagonista cambia, entonces, la mujer del deber (y madre de sus hijas gemelas) por la mujer de la ilusión, de la belleza equilibrada y seductora, por la libertad… Por ella se arriesga en la guerra y aprende su lengua, el ruso, para amarla mejor. Todo en favor de una consumación que ha de ser, si bien postergada, plena y feliz.

Salvo ese final lleno de vida… Salvo ese final que cierra el bucle del amor de un modo original, casi extraño. Pero ese es ya terreno para el lector atento y discerniente; para el lector que ama la historia, la narración, el cuento… Y el amor.

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