El gatopardo y la política

CÉSAR ALEN.

En el simple acto de escoger un libro puede existir un maravilloso descubrimiento. En este caso, lectura de verano, relajada, distendida, lejos de la imperiosa necesidad académica de posicionarse en la impostura de la metaliteratura. No, hablo del simple placer de tumbarse, y digo tumbarse en una actitud freudiana para absorber toda posible información subliminal. Asociación de ideas, recuerdos inconscientes. El reconocimiento innato de la mismidad, o la idea de mismidad.

Clásicos de la literatura universal, Giusseppe Tomassi di Lampedusa, El Gatopardo. Editorial Altaya. Aunque no tiene una obra profusa, y se decidió a escribir ya bien entrada la edad (rondaba los sesenta), con esta obra ha dejado una fuerte impresión estilística, ha quedado como una de las grandes obras de la literatura. Sin embargo, fue rechazada por varias editoriales. Consideraron el argumento anacrónico y alejado del interés vigente en aquel entonces. 

En el texto encontramos una prosa elegante y bien construida.  El lenguaje se hace paso con decisión, construye un entramado cognitivo en el que se asienta el argumento de manera cómoda y fluida. Sirve como un perfecto engranaje para que los demás elementos novelescos se interrelacionan con comodidad. Extensas  oraciones explicativas. Característica de la prosa del diecinueve, en donde se gestaron las grandes novelas universales. Los párrafos se extienden sin complejos. Facilitan al lector la comprensión de la historia sin escatimar en detalles. Este tipo de narratividad exigía un buen dominio del lenguaje, así como un buen conocimiento de la sociedad en la que se desenvolvían. Aquellos textos ilustraban sobre múltiples aspectos, tanto sociales como políticos, culturales e incluso emocionales. No se ceñían exclusivamente a narrar una historia, sino que situaban la obra en un adecuado contexto histórico.  

Fue su única novela, a pesar de que tiene algún relato corto, La alegría y la Ley, La sirena y los gatitos ciegos, un ensayo sobre Sthendal y una autobiografía. Lampedusa era miembro de una familia de aristócratas, él mismo heredó el título de príncipe a la muerte de su padre. Su vida transcurrió entre elegantes y decadentes palacios sicilianos. Esos mismos palacios que tan bien reflejó en el texto. Con innumerables habitaciones, que los propietarios, a menudo, no sabrían localizar. Edificios difíciles de mantener, donde el tiempo deja su imborrable huella, y una belleza descarnada. Obras de arte colgadas de las paredes, mobiliario de época, tapices, alfombras, la delicadeza de una vajilla, un mantel adecuado, y todo en perfecta disposición. Según el mismo confesó, fue en esos palacios donde aprendió la soledad, perdiéndose en sus inacabables pasillos, entrando en sus desconocidas habitaciones como un explorador, paseando por los jardines de aspecto romántico. Un elegante abandono, el abigarramiento de las plantas o la contemplación de una estatua griega. Destaca el impresionante palacio de verano de Donnafugata.

Toda esta experiencia personal se puede inferir de la lectura del libro. Trasluce un claro sentido autobiográfico, apuntalado por una capacidad de observación sólo posible desde una actitud lenta, inspirada y meditativa. Pero la trascendencia de Lampedusa se basa en el hecho de con una sola obra fue capaz de generar historiografía, elementos cruciales y deductivos para entender la política. De hecho, se acuñó el concepto de “gatopardismo”, para definir una estrategia de astuta diplomacia que aboga por saber aprovechar las circunstancias desfavorables. Esta teoría se estudia en ciencias políticas y se resumen en la frase que refiere el protagonista del libro; don Fabrizio, príncipe de Salina, ante la revolución de Garibaldi: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Era una manera de colocarse a favor de los vientos de la revolución que soplaban en Italia a finales del siglo XIX, lo que se conoció como el “Resorgimento”. Aprovechar las sinergias, no oponerse a la corriente de renovación. El impulso fresco de la revolución garibaldina era demasiado evidente como para ofrecer resistencia. El príncipe, hombre astuto y perspicaz, supo leer el estado de cosas. De esa manera, fue colocando a familiares o amigos en el ejército garibaldino. Lo demás estaba decidido. En la revolución, como bien relata en otro pasaje del libro, Tancredi, sobrino de don Fabrizio y flamante capitán de la nueva milicia nos da una idea de lo que opinaban de los revolucionarios: “Con aquellos garibalinos no se podía estar, Dios mío, qué gentuza. Hombres para golpes de mano, buenos para andar a tiros y basta. Ahora estamos entre gente digna, somos oficiales en serio”. Esa era la prueba de la ingenuidad de las hordas del ejército liberador, que creían que estaban realizando un acto épico. La realidad, estaba muy alejada de ese sueño inspirador. Los poderosos pronto extendieron sus influencias para hacer suya toda aquella energía utópica. El rey de Cerdeña, estaba esperando el momento para que lo colocaran en el trono del país. Lampedusa desde su aguda y perspicaz capacidad de observación nos da una lección de cómo funciona el mundo, de cómo ha funcionado y de cómo funcionará. Pone de manifiesto el omnímodo poder de las antiguas familias, las estirpes que se perpetúan desde el principio de los tiempos.

Todo esto en un simple libro de apenas trescientas páginas. Aquí encontramos las líneas maestras de la alta política. Los sutiles trazos de cómo se conforma la sociedad. Los entresijos mejor guardados y las maquinaciones de la nobleza y el clero por no perder privilegios. Aunque también cabe reseñar que Sicilia tenía unas connotaciones muy especiales. En aquel entonces era una sociedad sumamente hermética, atada a unos principios de honor fanáticos. En cierto modo, la sociedad rural no avanzaba porque sus habitantes así lo querían. Se sentían deudores de una forma muy arcaica e irracional de estar en el mundo. En este sentido, resulta muy ilustrativo las descripciones del clima que hace su autor, como una metáfora del carácter irreductible y montaraz de sus gentes. Aspectos que, en cierto modo, mantenían a la isla en un anquilosado pasado. El infernal calor que parecía surgir de las entrañas de la tierra como lava ardiente. Calor que en pleno estío podía rondar los cincuenta grados. El calor personificado como un figurante más. El calor que forja el carácter de un pueblo. El siroco remueve la pálida tierra asfixiada y empuja a sus habitantes a buscar las profundas sombras detrás de los muros más gruesos.  

La realidad literaturizada cobra una fuerza renovada, clarividente y más fácil de digerir. Como si estuviéramos delante de un espejo, el libro refleja el alma humana, abierta en canal, desguazada por la afilada prosa descriptiva, que el autor maneja como un maestro. Un único libro, como muchos otros autores, pero no necesitó más para expresar su grandeza como escritor, para ilustrarnos sin dramatismos, sin recrearse en aspectos belicosos o superfluos. La obra que ameniza, que ilustra, que culturiza. 

El director Luchino Visconti llevó a la gran pantalla esta magnífica novela en 1963. Al igual que Lampedusa, el cineasta italiano conocía muy bien el mundo de la aristocracia, pues era miembro de la nobleza lombarda (ostentaba el título de conde) y lo refleja de manera magistral en su película homónima. Ya nadie se imagina a otro conde de Salina que al regio Burt Lancaster, que según algunos críticos eclipsó   a Alain Delón como Tranquedi. La interpretación del norteamericano fue de tal calibre que llevó todo el peso de la cinta. Claudia Cardinale, interpreta a Angélica. La actriz italiana está fresca y rutilante como siempre. Y sin embargo (según cuenta Gaia Servadio en una biografía, el único que disponía de camerino era el apuesto Delon. Visconti estaba profunda y secretamente enamorado. Por el contrario, el protagonista tenía que pasar el tiempo de espera como podía en la ardiente Palermo). En esa misma biografía se habla de la obsesión de Visconti por las mansiones y el lujo. Allí donde rodaba se compraba o alquilaba una gran mansión en la que convivía con todo el equipo. Él personalmente se encargaba  de la decoración y la intendencia. Cuidaba hasta el más mínimo detalle en las mesas, en la vajilla, los menús o el mobiliario de las habitaciones. Al igual que don Fabrizio, siempre tenía a su lado grandes perros de perezoso aspecto aristocrático, que en más de una ocasión mordieron a sus invitados. Se gastaba millones de liras en decorar sus mansiones. A pesar de que a veces era duro con sus ayudantes más directos, siempre acababa por hacer fastuosos regalos a sus actores y colobaradores. En todo caso, supo reflejar fielmente el ambiente que se respira en la novela. Cuidó cada detalle, la luz, los ornamentos, el vestuario, las localizaciones. Combinó adecuadamente todos estos factores para crear una atmósfera de elegante decadencia como símbolo de una vetusta forma de vida que declina, y que muestra sus últimos vestigios de dolorosa belleza. Algunos críticos quisieron ver en la intención de Visconti, a pesar de su aparente fidelidad a la obra, algunos aires de marxismo que trascendían la narración de unos hechos, más que la declaración de una ideología, o la intención de interferir en la actitud del protagonista. De alguna manera, eso equivaldría a traicionar al mismísimo príncipe don Fabrizio Salina, acto que no parecía estar en los planes de Lampedusa.

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