Aventuras del príncipe Pericles en los muy teatrales mares de Mérida

Por Horacio Otheguy Riveira

Un extravagante narrador con larga peluca rubia da comienzo a la función: “Imaginen una tormenta…”, y mágicamente los miles de espectadores que habitan el Teatro Romano de Mérida se sienten golpeados por inmensas olas y escuchan la voz de un hombre desolado que clama piedad a los dioses. Tal el comienzo de Pericles, príncipe de Tiro, firmada por William Shakespeare, considerada una de las cuatro obras del grupo de los llamados “Romances tardíos”, junto a Cimbelino (1610), Cuento de invierno (1610-1611), y La tempestad (1612), aquí en una versión sui generis que nos permite asistir a un ensayo por una Compañía con un protagonista-sustituto de último momento. Comedia, drama y mucho juego de teatro en el teatro por estupendos intérpretes.

Joaquín Hinojosa escribió una versión española de un fantástico melodrama que viaja de naufragio en naufragio hasta zambullirse en un cuento de gran amor filial. El director Hernán Gené se introduce como narrador y juega en el doble papel de director que interpreta a un director e inventa un ensayo accidentado de la misma obra. El resultado es una montaña rusa con sus mismos altos y bajos, momentos muy logrados y otros que aún han de encontrar su tono más auténtico. Sin embargo, se consigue articular una gran aventura en un escenario casi desnudo con siete intérpretes que realizan numerosos personajes. El espectáculo fluye con un drama que se burla de sí mismo, se mofa pero también se enternece en un raro equilibrio con algunos momentos espléndidos, como las dos tormentas coreografiadas o el periplo de una preciada joven por los días y las noches de un burdel donde se empeñan en que se abra de piernas de una buena vez y empiece a ganar dinero, mas ella opone una resistencia ciertamente “divina”… o aquella otra donde unos pases mágicos logran nada menos que una resurrección en toda regla, o…

Marta Larralde, la virgen rebelde, Ana Fernández, la dueña del burdel: un dúo brillante en algunas de las escenas más notables de la representación.

Minada de sorpresas, algunas con exceso de farsa, la función cuenta con una sorprendente Ana Fernández, divertida como en el mejor vodevil: infantil, ingenua, dulce, sexy… y la revelación de Marta Larralde —a quien veo por primera vez en un escenario— a cargo de varias composiciones muy interesantes, y sobre todo una Marinea, hija de Pericles, francamente encantadora. El talento de María Isasi, Óscar de la Fuente y José Troncoso ha de vérselas también con personajes muy variados en zonas de sugestiva creatividad, dúctiles y felizmente histriónicos.

Todos conforman un eficaz equipo para apoyar el esfuerzo de un actor que ensaya una sustitución de emergencia, personaje a cargo de Ernesto Arias, necesario para salvar de la quema a una Compañía que le necesita y le teme (“No se te ocurra inventarte frases para hacerte el gracioso”; “Si me pisas mi letra, te mato”); un hombre inseguro que pregunta, angustiado, si no estará viejo y gordo para el personaje, pero contra viento y marea no se abandona, resiste los caprichos del director y acepta sus acertadas indicaciones (“¡Esa es la actitud!”). Este juego de teatro en el teatro marea lo suyo con mucho divertimento extra, pero Ernesto Arias puede con todo, divierte y emociona con gran solvencia. Y conquista la cima más alta cuando entre tanta algarabía logra profundizar en el personaje principal, entonces Pericles se instala con fuerza, adquiere trascendencia el devenir del hombre noble desamparado, convertido “por capricho de los dioses” en un desgraciado golpeado por las mayores desdichas. Además aporta buenos recursos técnicos y sensibilidad ante el desafío de exhibir el trabajo de la profesión de actor: una mezcla apasionante de preocupación, de inseguridad y de vigilancia sobre el alcance de su arte.

Por su parte, Hernán Gené acompaña a sus intérpretes con un sentido de hermandad, asumiendo riesgos grandes, siempre con un espíritu de equipo encomiable; dramaturgo, narrador, actor y director, en todo momento a la vista del público con singular sentido del humor.

Este Pericles, príncipe de Tiro, es una búsqueda de luces y sombras humanistas a través de no pocos entresijos del teatro. Pero no hay confusión; sin duda, lo que más importa es su permanente mirada de piedad ante lo moral y lo amoral, la belleza de la honestidad y el deterioro, históricamente pre-romántico, de la perversión y la maldad. Una exploración escénica muy original que se irá enriqueciendo función a función, celebrando —como plantea Hernán Gené— “una vez más este rito absurdo del teatro que por eso mismo nos es hoy más que nunca, tan necesario”.

La segunda gran tormenta que cambia el rumbo de Pericles. Todos rodean al príncipe, Ernesto Arias.

José Troncoso, en uno de sus variados personajes, negocia el futuro de su hija casadera, Ana Fernández.

Ana Fernández y María Isasi, profesionales de toda la vida en un burdel de capa caída; en el centro, Óscar de la Fuente, un alcahuete sumamente histriónico.

Ernesto Arias y Marta Larralde: un amor filial como no hay otro igual.

 

Versión: Joaquín Hinojosa
Dramaturgia y dirección: Hernán Gené
Ayudante de dirección José María Sánchez Rey 
Escenografía y vestuario: Pepe Uría
Diseño de iluminación: Claudia Sánchez
Diseño sonoro y dirección musical: Javier Almela
Asesoría de movimiento y entrenamiento físico: Esther Acevedo 
Maestro de acrobacia: Rafa Martín 
Asistencia técnica: Juan Miguel Alcarria 

Fotos: Jero Morales / Festival de Mérida

65 FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA 2019, hasta el domingo 14 de julio.

 

 

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