Las Legiones romanas (I)

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por Kika Sureda

Se llamó Legión a la unidad principal del ejército romano, y al ver a este recorrer vencedor el mundo, han creído no pocos escritores que el  secreto de la preponderancia de Roma había que buscarlo en la perfecta organización de sus legiones, cuando no era causa, sino efecto del modo de ser de aquel pueblo, que desde su fundación se vio obligado  a combatir para conservar la existencia, y no tuvo más remedio que organizarse militarmente. Desde sus primeros tiempos no fue la milicia en Roma, como una institución independiente, una profesión, una carrera, no: la cosa militar estaba embebida en la cosa pública; la milicia, con todo lo demás, era la Administración, era el Estado, era Roma. La etimología de la palabra que significa elección (a militibus legendi), según Varrón, revela ya, un orden de ideas más elevado y más complicado, al propio tiempo que la creación de la falange, dictado más exclusivamente, a lo que parece, por ideas tácticas y mecánicas. La perfección que alcanzaron las legiones romanas durante los últimos tiempos de la República fue debida, no solo a las cualidades y virtudes de aquel gran pueblo que se reflejaban en todos sus organismos, sino también a la costumbre que tenían los romanos de copiar y asimilarse todo cuanto encontraban en los pueblos conquistados que pudiese contribuir a mejorar sus instituciones. La incertidumbre de la historia romana de los tiempos  de la monarquía permite toda clase de hipótesis acerca de la organización del ejército, y no es posible asentar fundadas afirmaciones hasta las guerras púnicas. La tradición atribuye a Servio Tulio la gloria de haber colocado los primeros cimientos de la organización del ejército, dando una gran preponderancia al elemento militar, pues la reforma o serie de reformas conocidas con el nombre de constitución serviana, tomaron como punto de partida las necesidades militares, extendiendo luego la nueva organización a la división topográfica de la ciudad fortificada y de su territorio. Durante esta época y hasta las reformas de Camilo no había en la legión más que una clase de soldados de línea; los príncipes armados y ordenados como la falange, en masa, sin distinción de líneas ni fracciones en el sentido del frente ni en el de la profundidad; así es que Tito Livio asigna a la legión primitiva la forma de una falange macedónica. Además, había unas tropas ligeras, análogas a las que después se llamaron velites, que peleaban en el frente y en las alas de la legión usando como armas la lanza y dardo y a veces solo la honda, mientras que los príncipes llevaban lanza y espada. La caballería, constituída por los ciudadanos más ricos, estaba agrupada en 18 centurias, dando un total de 1.800 jinetes, mientras la infantería ascendía aproximadamente a unos 20.000 hombres. Después del sitio de Veyos la legión romana adquirió un carácter especial, completamente distinto del que hasta entonces habían tenido y que tanto le asemejaba a la falange griega. Bajo la influencia reformadora del cónsul Camilo, y probablemente ante la presencia del nuevo enemigo céltico, se desenvolvió gradualmente la organización y el armamento de las legiones, que según Herzberg, en su Historia de Grecia y Roma “fueron perfeccionadas y complementadas durante la larga lucha que hubo de sostener Roma con las fuertes tribus sobelias de las montañas. El punto esencial de esta reforma consistió en que los romanos subdividieron sus masas en muchas secciones, dando mayor movilidad a cada una de ellas, y, en vez de la antigua falange, con la lanza como arma de ataque y el empuje del número, introdujeron un sistema por el cual cada una de las distintas partes del ejército, obrando respecto de las demás como una bien dirigida y economizada reserva, hacía valer su fuerza en el momento de la acción, y por otro lado se mejoraban así la instrucción y la aptitud de cada soldado”. De modo que la legión falangista de Servio Tulio y de los primeros tiempos de Roma fue sustituida por la verdadera legión romana, fraccionada en centurias  que agrupándose de dos en dos constituían la unidad táctica que se llamó manípulo, cuyo número, lo mismo que el de centurios, era el mismo en cada legión, o sea 30 de los primeros y 60 de los segundos, cualquiera que fuese el efectivo de aquella; el número de hombres de cada manípulo, dentro de la legión tipo, o sea la compuesta de 4200 hombres, era de 120 a 60 según las diferentes clases de infantería que constituían aquella unidad. Las legiones de normal contaban con 1200 velites o infantería ligera, reclutada entre los ciudadanos más pobres y más jóvenes, armados de dardos, espadas cortas y a veces de hondas, que colocados en los flancos y vanguardia de la legión, iniciaban el combate; estos soldados no estaban agrupados en manípulos distintos, repartiéndose entre las 60 centurias que constituían la legión, a razón de 20 por centuria. El grueso de la legión estaba formado por tres líneas, de 10 manípulos cada una de ellas, y para constituirlas no se atendía como antes a la riqueza y posición social de los ciudadanos, sino a sus años de servicio. La primera línea se componía de 1200 hastarios en donde formaban los hombres más jóvenes, que no pertenecían a los velites, llevando armadura completa, y como armas, además del temible pilum, lanza arrojadiza de unos 5 kilos de peso, la espada fuerte y corta de dos filos. Los manípulos de los hastarios tenían la forma de un rectángulo con 12 hombres de frente por 10 de fondo. Detrás de los principes, y constituyendo la tercera línea, formaban los triarios, en número de 600, divididos en 10 manípulos con un frente de seis hombres y un fondo de 10, compuestos de los soldados más aguerridos de la legión, armados de corazas y largas lanzas. Cada legión tenía seis tribunos o jefes principales que alternaban en el mando cada dos meses o seis. Los que ejercían el mando entendían en todo lo relativo a justicia, policía, disciplina, servicio, castrametración, etc., y los sobrantes se encargaban de los destacamentos, forrajes, comisiones, etc. Se podía ascender a tribuno sin pasar por los empleos inferiores, pues en Roma, se creía muy útil que un general supiese todos los pormenores del servicio; pero que no era necesario para ello pasar la mayor parte de la vida en los grados subalternos, pues para adquirir la ciencia de mandar ejércitos se necesitaba ocuparse de otros objetos más que del manejo del arma y de la penosa instrucción y educación del soldado. Había dos centuriones por manípulo, colocados a derecha e izquierda de dicha unidad, teniendo superioridad jerárquica el de la derecha sobre el de la izquierda, y el de los triarios sobre el de los principes, etc. De modo que el centurión de la derecha del primer manípulo de triarios era el que substituía al tribuno, y, en rigor, el verdadero jefe de la legión recibiendo el título de principito. Cada centurión nombraba un oficial para la cola de su centuria, que se llamaba aeption. A estos seguían jerárquicamente los decuriones. Los velites sólo tenían decuriones. Las turmas de caballería tenían dos oficiales que se colocaban, respectivamente, a la derecha de la primera fila y a la izquierda de la cuarta. Cuatro legiones constituían un ejército mandado por un cónsul. Dentro de los mismos soldados existía también un orden jerárquico, pues además de la gradación señalada, y que los hastarios ascendía a los principes, y por último, a los triarios, los velites no podían entrar a formar parte verdaderamente de la legión, sino después de varias campañas. La legión se componía exclusivamente de ciudadanos romanos, así es que las tropas organizadas por las ciudades aliadas constituían cohortes aliadas o tropas auxiliares mandadas por un prefecto (praefectus cohortis). A partir del siglo II antes de nuestra era, la legión romana sufre importantes modificaciones, que revelan síntomas de decadencia, y las sufre cuando más propicia era la época para el desarrollo de la potencia militar bajo las manos victoriosas de Mario, Sila y César. Mario introdujo, después de la guerra contra Jugurta, modificaciones esenciales, no sólo en la organización táctica de la legión, sino también en el modo de reclutarlas, y como estas últimas fueron causa de la decadencia del ejército romano. Mario, hijo de unos pobres labradores, había llegado a la suprema magistratura, abriéndose paso con su brillante conducta militar, y una vez en la cúspide quiso democratizar el ejército, aligerando al propio tiempo las cargas que pesaban sobre los labradores, y en especial sobre los romanos de las últimas clases del censo que debían prestar un pesado servicio de guerra. Desde el punto de vista militar, consideró conveniente introducir en sus legiones a todos los romanos fuertes y aptos para llevar las armas y que a ello se prestasen, y admitió en sus filas, contra la costumbre hasta entonces seguida, a los mismos proletarios. No sabía él el porvenir que con esta medida preparaba a la república y posteriormente pudo convencerse por sí mismo de las consecuencias que tal paso traía consigo. Destruida la ley que solo confiaba las armas de las legiones a los individuos de las clases propietarias, era natural que el ejército romano se convirtiera rápidamente en una masa de proletarios armados  y educados tácticamente. El número de labradores y ciudadanos romanos comenzó a disminuir en las legiones, aconteciendo entonces que, de hecho, existió  una clase de soldados, de veteranos, de gente, en fin, que hacían del servicio militar una profesión. Estos ejércitos que sólo en el nombre se diferenciaban de los mercenarios, y que , a excepción de una clase poco numerosa, más podían considerarse como séquito del general que como un conjunto de ciudadanos romanos, fueron primero instrumentos de la guerra civil y luego apoyo del cesarismo.

 

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