‘El espíritu de Roma’, de Vernon Lee

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El espíritu de Roma

Vernon Lee

Traducción de Amparo Serrano de Haro

La línea del horizonte

Madrid, 2019

165 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Todo va cambiando. Algunas cosas ya están muertas. Otras quisimos verlas como vivas en su momento, pero nunca lo estuvieron. Releer las anotaciones, como mirar las fotografías, supone una intención de querer regresar, una intención de estar de vuelta, un anhelo de vivir en el pasado. Seguramente, un consuelo, pues invitamos a los benditos sentimientos a retornar. Y, sin embargo, vemos sombras y las sombras pertenecen a un mundo artístico gótico, romántico y, en el caso de Vernon Lee (Boulogne Sur Mer, Francia, 1856 – San Gervasio Bresciano, Italia, 1935), prerrafaelita: “Nuestro ideal sería preservar en el futuro las cosas hermosas, ciertas flores de la tradición y el privilegio del pasado. Es un engaño. Sería como esperar mantener las hojas viejas en los árboles hasta el próximo verano. Pero después de que las hojas marchitas hayan caído y los árboles hayan quedado al descubierto, vendrán otras nuevas, no iguales, pero similares”.

Lee entiende Roma como una ciudad orgánica, un ser vivo, en movimiento, en transformación, con tantas estaciones como visitas hace a los parajes. Y nos los describe con un espíritu impresionista: asistimos a cómo le afectan las acuarelas, las pinceladas, los colores. No nos sumergimos con ella, pues la sensación que da es la de ir revelando con frescura, la de no intentar ser un intruso. Y para ello parece que no cabe otra opción que la de ser un voyeur: observar, ver, mirar. Así, la suma de cuadros se transforma en una enumeración, en una descripción por enumeración de un mundo perdido e inacabable. Tantas veces como Lee fuera a Roma, encontraría un nuevo dato que transformaría el espíritu de la ciudad. Como ella afirma, con poesía, los poetas construyen ciudades. Y lo hacen desde la escala humana en la que habitan: no hay planos a vista de pájaro, no hay otras dimensiones temporales que no sean las del presente: “Es una retórica espléndida de boca ancha; con significado, ciertamente, pero sin restricción a un mero significado”.

El volumen da una impresión de fragmentación, pero nos encontramos frente a una ciudad fragmentada, una ciudad sin consistencia de cuerpo único. Y Lee elige las emociones que tienen que ver con la soledad y la belleza, elige la reflexión y cierta tristeza sin depresión ni lugares comunes, “eligiendo finalmente situarse en una equidistante tierra de nadie que es, quizás, el único lugar en el que las personas extraordinarias pueden ser realmente fieles a sí mismas”, nos indica Amparo Serrano de Haro en el prólogo. También acierta a señalar cuál es la argamasa que da consistencia a estos apuntes: “El tema del eterno retorno, el triste e incierto fantasma de la inmortalidad, es, por cierto, uno de los motivos recurrentes”. Y para nosotros el de descubrir Roma y el de redescubrir el retorno. Todo un ejercicio de y contra la nostalgia.

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