¿Por qué fue Buffy la primera heroína feminista de la ciencia ficción televisiva?

ÁLEX ANDER.

Hace unos meses, se dio a conocer que Fox 21 TV Studios estaba desarrollando un reboot de la mítica Buffy, cazavampiros —una versión contemporánea, escrita por Monica Owusu-Bree y producida (entre otros) por el creador de la serie original—. Sin embargo, parece que esta nueva versión de uno de los mayores fenómenos de la cultura pop permanece en modo espera. 

Eso sí, muchos fans de la serie original piensan que el dichoso reboot está de más. Buffy, cazavampiros, basada en la película cutre y salchichera del mismo nombre, se estrenó en marzo de 1997 en la cadena The WB y catapultó al estrellato (y al encasillamiento) a su actriz protagonista, Sarah Michelle Gellar. Ella encarnó como nadie a esa joven adolescente predestinada a salvar el mundo, luchando —con ayuda de su nuevo grupo de amigos nerds— contra vampiros, demonios y demás criaturas infernales. Quizás por eso, la neoyorquina dejó claro hace poco que no tiene intención alguna de volver a ponerse el traje de heroína mamporrera.

La gallina de los huevos de oro de Whedon acompañó durante seis años a muchos adolescentes sufrientes en el tránsito a la vida adulta. Porque la adolescencia, esa enfermedad que afortunadamente se cura con el tiempo, también fue dura para Buffy, que las pasó canutas cuando se mudó junto a su madre desde Los Ángeles hasta la localidad de Sunnydale —en cuyo subsuelo habita el vampiro más poderoso y antiguo que existe—. “Es la mejor metáfora: los horrores de la adolescencia manifestándose a través de estos monstruos reales. Es el momento más difícil de la vida”, aseguró la propia Gellar en una entrevista.

Al igual que la cazavampiros, Joss Whedon —creador y guionista de la serie— lo pasó regular cuando se cambió de instituto en su último año de preparatoria. Después, eso sí, se licenció en literatura en la Universidad Wesleyana y se marchó a Los Ángeles, donde empezó a mover algunos guiones originales que tenía escritos. Uno de esos guiones, el primero que le produjeron, fue el de la película Buffy (1992), dirigida por Fran Rubel Kuzui. Pero el tono que acabó dándosele a esa cinta, demasiado superficial y satírico para su gusto, hizo que la personalidad de su protagonista —la típica animadora de instituto obsesionada con la popularidad no tuviese nada que ver con la de su sucesora —encantada en su papel de amiga de los raritos de la escuela—.

La serie, un sensacional melodrama cargado en realidad de bastante crítica social, fue tachada desde el principio de ‘producto basura’ por muchos académicos sesudos —que, con mucha probabilidad, no habrían visto más de un par de episodios—. Sin embargo, la ficción fue un producto valiente —que abordó temas controvertidos, atemporales (y semivírgenes hasta ese momento) como la precariedad laboral, la pérdida de la virginidad, los abusos sexuales, el lesbianismo o el drama de las adicciones—, con personajes complejos llenos de conflictos interiores, y con unos guiones y diálogos repletos de referencias a la cultura popular cinematográfica y televisiva. 

Quizás por eso, no tardó en convertirse en un producto de culto, primero, y en todo un fenómeno cultural, después. “Era una serie mucho más realista que otras, como ‘Sensación de vivir’ (una telenovela que se quedaba en la superficie y no mostraba a gente normal, sino a un grupo de pijos). Combina el drama y la comedia de manera ejemplar, los guionistas eran los mejores y cada episodio era digno de análisis. Cuenta con episodios míticos como ‘Silencio’ (emitido casi en su totalidad sin diálogos y que estuvo nominado al Emmy), o un episodio musical que contaba con canciones muy bien elaboradas y que encajaban muy bien con la historia”, asegura el escritor Andrés Argal Sotés, autor de Buffyverso. El mundo de Buffy y Ángel (Diábolo Ediciones).

El personaje de Buffy Summers —considerado el mejor personaje femenino de los últimos veinte años según la revista Entertainment Weekly— logró relegar a la mujer sufridora de la mayoría de las películas de terror a un papel secundario en favor de la heroína, siendo pionero en eso del feminismo televisivo. Tanto ella como sus amigas de la pandilla —la intelectual y poderosa Willow o la empoderada (y expija) Cordelia, entre ellas— marcaron  a toda una generación de jóvenes —sedientos de personajes femeninos que rompieran con los manidos estereotipos de género—.

Pero ojo, que Buffy era fuerte y poderosa, sí. Pero también era rubia, mona y con poca afición a los estudios. Es decir, reunía todos los ingredientes para que se le estereotipase. Sin embargo, sus creadores supieron dotar al personaje de una compleja personalidad y lo hicieron evolucionar de manera inteligente a lo largo de siete temporadas. Whedon se cubrió de gloria al poner en pie un personaje dispuesto a sacrificar toda su vida para cumplir con la misión que se le encomendó. Y que nunca renunció a su vis tragicómica. Porque, entre combate y combate, Buffy tiene que enfrentarse a la pérdida de su propia madre —narrada, en palabras de Argal, “con la mayor crudeza y con un realismo jamás visto hasta ese momento en televisión”—. Y también tiene que lidiar con su complicada vida amorosa. En la primera temporada, por ejemplo, se enamora de un vampiro llamado Ángel (interpretado por David Boreanaz), con el que pierde su virginidad. Pero el tipo se vuelve un cabronazo después de acostarse con ella, reprochándole su falta de experiencia en las artes amatorias y abandonándola. Y ella, harta de tanto mamoneo, lo acaba mandando al carajo. Porque Whedon también tenía claro, y así lo mostró, que la sociedad hostil que rodea al ciudadano de a pie es mucho más terrorífica que todos los vampiros del mundo juntos.

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