Las Legiones romanas (II)

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por Kika Sureda

César, en el orden táctico, suprimió las distinciones entre hastarios, príncipes y triarios, y agrupó los 30 manípulos que componían la legión en 10 cohortes, a las cuales quedaron agregados administrativamente los velites, de igual modo que antes lo estaban a los manípulos. Las cinco primeras cohortes constituían la primera línea, y las otras cinco que formaban la segunda se colocaban detrás de los intervalos de las cohortes de la primera. La tercera línea quedó suprimida, con el inconveniente de privar a la unidad táctica de una reserva que en un momento de peligro decidiese la suerte de las armas, y olvidándose del papel que en el ejército romano desempeñaron los triarios. La profundidad de cada línea fue de 10 hombres, y parece que al organizarse las cohortes, las cuatro primeras filas se compusieron de hastarios, las cuatro segundas de príncipes y las dos últimas de triarios. Desde el punto de vista táctico la sustitución del manípulo por la cohorte fue ventajosa, pues cumplía mejor su cometido una unidad como la cohorte compuesta de 400 o 500 hombres que el manípulo, que solo contaba con 120 o 150 soldados, y tenía los inconvenientes de dificultar el mando, dado su gran número, y de que su pequeño efectivo los reducía en extremo, después de una larga campaña o sangrientos combates. La cohorte suprimía el número de intervalos, y, por lo tanto, los flancos, que constituyen siempre puntos débiles, y sin los inconvenientes de una unidad demasiado grande, tiene mayor consistencia que el manípulo. Según José Almirante “si la disposición en cohortes tenía solidez. Mirando el éxito, ambas hicieron grandes cosas: si la una, con Escipión, arrasó a Cartago, la otra con César, subyugó la Galia y abatió a Pompeyo”. César remedió uno de los principales defectos de la legión de Mario, dotándole de una tercera línea. Cuatro cohortes constituían la primera línea, y tres cada una de las demás. Los intervalos eran iguales al frente de una cohorte, cubriéndose los claros de la primera con las  cohortes de la segunda. La independencia de esta nueva unidad, que no tenía necesidad de juntarse con otros elementos semejantes para combatir fue disminuyendo el carácter esencial de la legión, que antes era el lazo indispensable de los manípulos. Quedó tan bien definida la cohorte como unidad táctica fundamental, que al hablar César de los preparativos de la batalla de Munda emplea siempre la palabra cohorte, al referirse a las fuerzas con que contaba, sin que ni una sola vez se le escape la palabra legión. En ciertas ocasiones, César hizo combatir la cohortes en orden cerrado, suprimiendo todo intervalo entre ellas, dando un paso hacia el orden falangista; esta disposición fue eventual, y para oponer una fuerte masa a la fogosidad impetuosa de los galos. En esta época el mando de la legión recayó en los legados, que en su origen no habían tenido más carácter que el de representantes del Senado o del pueblo cerca de los cónsules, para fiscalizar su gestión y ayudarles a administrar el país conquistado. Augusto se dedicó a reorganizar las legiones, reduciendo a 23 las 50 que constituían el ejército romano después de derrotar a su rival Antonio. La legión de Augusto, solo tenía dos líneas. Cinco  cohortes en la primera y cinco en la segunda, cada una de ocho hombres de profundidad, en lugar de 10 que tenían las anteriores. Hasta la época de Adriano la legión mandada por un legado, asistido por seis tribunos, tenía un efectivo de unos 6.000 hombres de infantería, y estaba dividida en 10 cohortes, con seis centurias cada cohorte, teniendo la primera cohorte, llamada pretoriana, doble efectivo que las demás. En tiempo de Constantino el número de las legiones subió a 175. La formación siguió siendo en dos líneas; el armamento de las cinco primeras cohortes era el pilum (un tipo de lanza o jabalina de unos dos metros), llevando dos cada soldado; uno mayor llamado spiculum (un venablo usado como arma arrojadiza) y otro más pequeño que recibía el nombre de vericulum (jabalina corta). Las cinco últimas cohortes llevaban una lanza arrojadiza con su correspondiente correa; además cada legionario tenía una espada larga. A partir de la legión romana se crearon otros ejércitos a los que denominaron con el mismo nombre, como las legiones creadas por Francisco I, que solo el nombre tenían en común con las legiones del ejército romano,  la Legión de Honor, fundada por Napoleón Bonaparte o la Legión Extranjera.

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