Instinto maternal (2018), de Olivier Masset-Depasse – Crítica

 

Por José Luis Muñoz.

Ejemplo de la buena salud del cine belga este Instinto maternal, y especialmente del thriller, una cinematografía que no siempre se valora adecuadamente, ni se conoce, y de la que hay obras tan redondas como Las Ardenas, por ejemplo, que no llegó a estrenarse por misterios de la distribución. Instinto maternal tiene mejor suerte y su director Olivier Masset-Depasse construye una película sólida, un thriller psicológico, que va creciendo a medida que avanza en un itinerario que va desde la comedia de costumbres, en los primeros minutos, a un drama familiar cuando tiene lugar un fatal accidente, y termina con puro cine negro cuando una de las protagonistas enseña todas sus cartas y vemos cuáles son sus intenciones. Una variación sobre las apariencias engañosas.

Instinto maternal, y homicida, podríamos decir, habla de la amistad entre dos mujeres y vecinas en la Bélgica de los años sesenta, amas de casa (ese rol está muy acentuado en ambas) con maridos acomodados, Alice Brunelle (Veerle Baetens), mujer hiperactiva, y Céline Geniot (Anne Coesens), reservada, enigmática y un tanto melancólica, que comparten una misma casa pareada e hijos de edades similares, relación que se trunca cuando un fatal accidente afectará a Céline y ésta culpa de negligencia a su amiga Alice. La amistad se cuartea por ese hecho dramático y doloroso, y el drama da paso a una historia negra que hiela la sangre del espectador cuando se empiece a dar cuenta de que la aparente paranoia de Alice hacia Céline no es gratuita.

Hay en el film reminiscencias literarias de Patricia Highsmith (Céline Geniot podría ser perfectamente un personaje nacido de la mente de la escritora norteamericana), también del cine de Alfred Hitchcock (el efecto dramático y tensional de las escaleras), y, en el tratamiento de la relación de esos dos matrimonios, incluso en las características físicas de ellos, de los dramas de Douglas Sirk. Olivier Masset-Depasse, que también es autor del guion sobre la novela de Bárbara Abel Derriere la Haine, construye su film claustrofóbico (todo sucede prácticamente en esas dos casas geminadas e idénticas por fuera y por dentro, los maridos son simétricos, y hasta los niños, que son amigos, poco diferenciables) con un escalado perfecto de la tensión (atentos a la escena en la que Céline enfunda sus manos en unos guantes, estremecedora por su frialdad) hasta su sorpresivo desenlace (el temblor de la mano de Alice alimenta falsas esperanzas) en las antípodas de lo que sería en un film americano: el mal se sale con la suya y la malvada consigue la felicidad y colmar su instinto maternal. Olivier Masset-Depasse huye de maniqueísmos y el resultado es más que aceptable.

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