A años luz de nuestra mirada: Copérnico y sus obras (II)

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por Kika Sureda

La obra que inmortalizó a Copérnico, fue sin duda De revolutionibus orbium coelestium que consta de seis libros, el más importante de los cuales es el primero, por explicarse en él toda la teoría heliocéntrica. En los tres primeros capítulos se demuestra la esfericidad de la Tierra: los capítulos IV al VIII explican el movimiento diurno con la rotación de la Tierra alrededor de su eje en el espacio de veinticuatro horas y refutan las objeciones presentadas contra dicha rotación. El capítulo IX contiene el principio o germen de la gravitación universal. El capítulo X, uno de los más admirables, explica el ordo orbium coelestium: en el parte Copérnico de la hipótesis de Vitruvio (De architectura, IX, 4) y Capella (De nuptiis Philol., et Merc., VIII) sobre el movimiento de rotación de Mercurio y Venus alrededor del Sol, y del principio de que las esferas aumentan de volumen a medida que sus revoluciones son más largas, para llegar a la exposición de su sistema del mundo. Según esto, la esfera más elevada es la de las estrellas fijas; siguen las de Saturno, que interviene treinta años en su revolución; Júpiter, que la hace en doce años; Marte en dos años, la Tierra en un año, Venus en nueve meses, Mercurio en ochenta días; la Luna gira alrededor de la Tierra y el Sol ocupa el centro del mundo iluminándolo y gobernándolo: In solio regali Sol residens, circum agentem gubernat astrorum familiam. El libro II es un tratado de geometría del espacio y trigonometría. El libro III está dedicado especialmente al movimiento de traslación de la Tierra. El IV trata de la Luna. El V expone los movimientos de los cinco planetas diferentes de la Tierra. El VI trata de las latitudes. Setenta y tres años después de la muerte de Copérnico, se suscitó la famosa cuestión de Galileo, y como quiera que la doctrina de éste se fundaba en la teoría de Copérnico, la Congregación del Índice (institución oficial de la Iglesia Católica dedicada a la revisión y censura de libros u otras publicaciones impresas, entre los siglos XVI y XX. Su nombre se debe a que su principal acto público era la difusión regular y actualizada del Índice de Libros Prohibidos, listado de obras escritas repudiadas por el catolicismo), condenó  el 5 de marzo de 1616, en virtud de las circunstancias, el libro De Revolutionibus: “por contener y dar como verdaderas, ideas sobre la situación y movimiento de la Tierra, enteramente contrarias a la Sagrada Escritura”. Esta sentencia invocó el clero de Varsovia para excusarse de asistir, en 1829, a la inauguración del monumento de Copérnico. Hay que tener en cuenta que Copérnico vino al mundo en la época del resurgimiento del espíritu humano y en la que la Iglesia, celosa de que se mantuviera incorrupto el dogma contra cuya estabilidad todo parecía conjurarse, fulminaba su anatema contra todo lo que de cerca o de lejos atentaba a destruir los eternos principios de la fe. No es, pues, de extrañar que al sentar Copérnico su teoría que parecía pugnar con la tesis católica, la Iglesia se opusiera. En honor a la verdad hay que hacer constar que la primera oposición a las teorías de Copérnico vino de los teólogos protestantes, quienes veían en ello el fracaso de la Biblia. La obra de Copérnico fue borrada del Índice por Benedicto XIV en 1758. Antes de Copérnico hubo ya quién dejó entrever la idea del movimiento de la Tierra alrededor del Sol, y el mismo no lo ignoraba, pues en el prefacio de su obra dice lo siguiente: “He registrado todos los libros de filósofos antiguos que he podido haber a las manos, para ver si hallaba en ellos alguna opinión contraria a lo que se profesa actualmente acerca del movimiento de las esferas del mundo, y vi ya en Cicerón, que Nicetas había dicho que la Tierra se mueve: hallé además en Plutarco que otros habían pensado lo mismo”. Además los principales pitagóricos como Arquitas de Tarento, Heráclides de Ponto, Equécrates, etc., enseñaron que la Tierra no estaba fija en el centro del mundo, sino que daba vueltas en círculo y que estaba lejos de ocupar el primer puesto entre los cuerpos celestes, y Timeo de Locres decía aún más expresamente que había que considerar la Tierra no ciertamente fija e inmóvil sino revolucionando alrededor de sí misma y transportándose en el espacio. Tres siglos antes de la era cristiana Aristarco de Samos enseñaba de una manera positiva que “el Sol permanecía inmóvil y que la Tierra se movía alrededor del Sol describiendo una curva circular cuyo centro lo ocupaba el Sol”. Dejando aparte las doctrinas más o menos fundamentadas de la edad antigua, citaremos lo que un príncipe de la Iglesia, muerto unos diez años antes de nacer Copérnico, afirmaba como evidente: Manifestum est (decía el célebre Cardenal de Cusa) istam terram in veritate moveri. Por último, Mr. Pierre Duhem descubrió en 1911, en la Biblioteca Nacional de París, un manuscrito, desconocido hasta la fecha, del sabio Obispo Nicolás Oresme, traductor de la obra de Aristóteles: Del Firmamento y de los cuerpos celestes, manuscrito que data de 1377, y en el cual se halla desarrollado, según Duhem, con toda precisión el sistema de Copérnico, faltando por averiguar si el famoso astrólogo alemán, pudo haber conocido los trabajos de su predecesor. Las doctrinas de los antecesores de Copérnico, que son hoy en su mayor parte, verdades consagradas por la ciencia, eran acogidas en su tiempo con burlona incredulidad y que sus autores, en flagrante oposición a lo que se llamaba entonces la verdad y el buen sentido, se consideraban dichosos de que se les tuviese por descentrados. La gloria, pues, de Copérnico no es precisamente haber inventado el verdadero sistema del mundo, sino la de haber sacado del olvido una idea condenada por el sentido común y haberla fecundado con su genio. Con ello dio un nuevo impulso y señaló diversos derroteros a las ciencias, formando época; su gloria en nada cede a la de Colón, contemporáneo suyo. En la historia de la filosofía se señala puesto de honor por haber roto la tradición muchas veces secular, y por no haberse fiado de las apariencias de los sentidos, proceder digno de cuando la tradición no se funda en hechos, los contradice, y el juicio va más allá de lo que los sentidos dicen. Estableció el principio para él evidente, aunque no es más que postulado, que la naturaleza guiada por Dios obra de la manera más fácil posible, huyendo de complicaciones; y que los movimientos acusados por los sentidos en general, solo son relativos. En filosofía siguió la escuela pitagórica que tuvo en Sicilia, tres siglos antes de Jesucristo, como representantes a los célebres Hiquetas y Arquímedes; como médico pertenecía a la escuela de Avicena, y como humanista simpatizaba con Erasmo. La humanidad ha querido perpetuar su memoria como gran astrónomo en dos monumentos: el de Varsovia, erigido en 1830, y el de Thorn en 1853, gracias respectivamente al cincel de Thorwaldsen y Tieck; pero el verdadero monumento de Copérnico lo forma su obra De revolutionibus orbium coelectium. La primera edición, se hizo en Núremberg, 1543, consta de 196 hojas in folio. La segunda, en Basilea, en el año 1566, in folio y escrita en latín. La tercera y cuarta, intituladas Astronomia instaurata, en Ámsterdam, años 1617 y 1641, seguidas de Thesaurus astronomicarum observationum, conjunto de observaciones hechas por Copérnico hechas en Italia, Cracovia y Frauenburgo. La quinta está en latín y en polaco, formando parte de la Copernici Opera (Varsovia, 1854). Y la sexta y última, editada en Thorn, 1853, se hizo con ocasión del cuarto centenario del autor, por la Sociedad Copérnico.

 

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