El sadismo de los poderosos y la crueldad de los vengadores en un imponente “Tito Andrónico”

Por Horacio Otheguy Riveira

Un espectáculo emocionante de gran interés audiovisual, con interpretaciones de exquisita factura para que la visceral violencia desatada por los personajes no ciegue a los espectadores y por el contrario les permita seguir de cerca cuánto tiene de cercano el vendaval de crímenes de Estado, y la barbarie de quienes luego organizan su “justa” venganza. Estrenada en 1593, esta versión española de Nando López profundiza con muy valiosa síntesis de una obra de juventud de Shakespeare, la más sanguinaria de su amplia producción. Entre diálogos muy ágiles y monólogos medidos en una dimensión de ritmo y colorido magníficos, Nando López nos ofrece un texto que torna fascinante y muy bello teatralmente, un material que puso en escena Antonio Castro Guijosa (Iphigenia en Vallecas, Mármol, Contra la democracia...), quien ha logrado ofrecer una panorámica muy singular: ante el desborde pasional de los personajes, un paisaje sereno, escenografía austera, casi monacal (Juan Sebastián Domínguez) con una sobrecogedora iluminación (Carlos Cremades) que crea ambientes altamente emotivos, y una banda sonora memorable, que aporta épica y lirismo de notable intención cinematográfica, primera creación para el teatro de un joven músico de gran talento, Antoni M. March.

Foto: David J. Casillas.

Termina el 65 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida 2019 con esta producción muy audaz, ya que hacer frente a este texto implica la valentía de afrontar un espectáculo de 3 horas sin actualizaciones posmodernas, es decir: con respeto al material poético-teatral original y enorme respeto por el público. Muchas producciones parten de la base de que los espectadores de hoy no aguantan más de hora y media, contaminados por la velocidad de la televisión. Pues gusto da ver, cómo, noche a noche, más de dos mil personas en asientos no precisamente cómodos, disfrutan de esta extraordinaria aventura de odios consumados por lucha de egos bajo apariencia política; humillados y ofendidos se enfrentan en una orgía de lujuria y sangre a partes iguales en torno al poder absoluto. Allá y entonces la Roma aún imperial, hoy numerosas guerras o enfrentamientos de ilimitada ferocidad. El reino de la sensibilidad, la observación y el pensamiento está en el tejado del público que calla asombrado y ríe con las secuencias de festejo liberador.

Nada falta en una creación especialmente admirable por tratarse del debut en Mérida y en Shakespeare de un novelista y dramaturgo como Nando López y un director hasta ahora muy eficaz en obras intimistas. En una labor de equipo fantástica, todo sorprende gratamente. A tal punto no se ha descuidado nada, que junto a protagonistas magistrales, se presentan secundarios que brillan en escenas con luz propia… a tal punto que Sergio Adillo, el joven que fue protagonista modélico de Tiempo de silencio la pasada temporada, es aquí responsable de tres fugaces apariciones llevadas a cabo con la misma profesionalidad y rigor que si se tratara de papeles destacados.

Una escena de peculiar coreografía: todos simulan montar a caballo en un festejo imperial encantador (muy festejado por el público); divertido comienzo de una sucesión de bárbaros crímenes. (Foto: Jero Morales. Festival de Mérida)

El ascenso y caída de un héroe de guerra colonial, y el arrollador enfrentamiento con su principal prisionera, comienza con mucha fuerza ya en la primera escena:

TITO
¡Salve, Roma, victoriosa en tus vestidos de luto!
A ti regresa Tito Andrónico, como el barco que, tras descargar su mercancía, vuelve cargado de riquezas al puerto del que levó sus anclas. Y hoy, tras vencer a los valerosos godos, tan adornado de laureles como de pérdidas, Andrónico saluda a su país entre lágrimas, hijas de la felicidad que le provoca su retorno.
Romanos, honrad a mis hijos, a quienes perdieron la vida en la batalla y a quienes, de los veinticinco que llegué a tener, aún sobreviven. Recompensad como merece su valor y honrad a quienes murieron combatiendo, que han sido conducidos hasta aquí por la misma mano de quien ayer les dio la vida y hoy debe darles sepultura.
Coloquémoslos junto a sus hermanos.
(Abren la tumba y depositan en ella los cadáveres.)
Saludaos en silencio como hacen los muertos y dormid en paz.
Sagrada tumba, en ti se encierra mi felicidad junto a la virtud y la nobleza de quienes guardas en tu seno. Ojalá pudieras devolverme a los hijos que no volveré a ver.
LUCIO
Justo es, padre, que nos entregues al prisionero más altivo de los godos para sacrificarlo en honor de nuestros hermanos. Debemos cortar sus miembros y sacrificarlo en la hoguera para calmar los magullados espíritus de los muertos.
TITO
Tienes razón, Lucio.
Tomad al más noble de los supervivientes: el primogénito de su reina Tamora.
TAMORA
¡No! ¡Deteneos, hermanos de Roma!

Tamora, reina de los vencidos godos cae prisionera junto a dos de sus hijos. Lucha en vano por salvar a su primogénito, y pasará de ser humillada a convertirse en emperatriz romana, largo y tortuoso viaje de suplicante a implacable vengadora.

Comienzo electrizante para una obra que oscila entre el drama histórico y el delirio surrealista atemporal, permitiéndose momentazos de humor negro. Luces y sombras de personajes que podemos reconocer a lo largo del tiempo y en el presente en multitud de frentes, llevados por un odio inquebrantable, y la aspiración de los más justos por hallar un camino de paz y capacidad de diálogo entre dirigentes que se creen con la verdad absoluta.

Pero ante todo, y hablando de teatro, este Tito Andrónico avanza resolviendo con pericia enormes dificultades de uno de los textos más difíciles de la historia del teatro por la exuberante violencia que despliega en escena.

A la cabeza de un reparto donde todos se implican de manera admirable, Carmen Mayordomo y José Vicente Moirón son dos protagonistas de gran trascendencia, dueños siempre de los matices que exigen personajes al límite de la más absoluta locura. (Foto, Diego J. Casillas)

Carmen Mayordomo, una Tamora con numerosas escenas sorprendentes. Aquí en un ruego escalofriante: “No os estoy pidiendo piedad, Furias. Tampoco que os compadezcáis de mi sufrimiento. Ni siquiera pretendo que favorezcáis mis planes.
Sólo os pido una noche de silencio. Una noche en que templar mis ánimos para consumar mi venganza”. (Foto: Diego J. Casillas)

Violadores de una joven indefensa. Tras ellos, una trama guiada por su madre para lograr la máxima crueldad. Un trío de intérpretes que eriza la piel: Alberto Lucero, José F. Ramos, Lucía Fuengallego. (Foto Diego J. Casillas)

Aarón, el esclavo amante de Tamora en una escena clave. Una loable creación de Guillermo Serrano al componer  a un personaje malvado que se adora en su infinita capacidad destructiva. Un hombre terrible interpretado con elegancia, sin estridencias: “A tus hijos pedías y aquí los tienes. Sus cabezas te son devueltas con tu mano, pues tan culpables fueron esas cabezas de planear el crimen como tu mano por alentarlo”.

Una serie de venganzas fríamente concebidas, llevadas a cabo con precisión de cirujano.

Fotos: Jero Morales, Festival de Mérida.

Reparto (por orden de intervención): José Vicente Moirón, Alberto Barahona, Carmen Mayordomo, Alberto Lucero, José F. Ramos, Quino Díez, Lucía Fuengallego, Gabriel Moreno, Sergio Adillo, Guillermo Serrano, Juan Vázquez, Cándido Gómez, Carmelo Sayago

Autor: William Shakespeare

Versión: Nando López

Dirección: Antonio Castro Guijosa

Música: Antoni M. March
Iluminación: Carlos Cremades
Escenografía: Juan Sebastián Domínguez
Vestuario: Rafael Garrigós
Caracterización y maquillaje: Pepa Casado
Ayudante de dirección: Pedro Luis López Bellot
Producción ejecutiva: Isabel Montesinos
Una producción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Teatro del Noctámbulo

65 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida 2019. Del 21 al 25 de agosto.

Sábado 7 de septiembre en el Festival de Teatro Grecolatino de Almuñécar

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