La lucha contra la piratería del Imperio Romano

Categoría: Historia,top3 | y tagged con |

por Kika Sureda

En el siglo I a.C. uno de los mayores enemigos de los marineros y barcos no solo era el mar sino los piratas que infestaban el mar Mediterráneo, desde Fenicia a las columnas de Hércules, numerosos piratas causaban inmensos perjuicios al Estado y a los particulares. Italia no podía exportar sus productos ni importar los de sus provincias y los mercaderes romanos y los barcos de guerra de la República elegían la estación de las tormentas para pasar el mar, por ser aquéllas menos temibles que los piratas. Pero éstos no se contentaban con el bloqueo marítimo, sino que desembarcaban en las islas y costas de Grecia y Asia Menor, internándose a veces hasta a dos jornadas de la playa. La organización de la piratería se había ido modificando. Ya no eran simples bandidos organizados se daban el nombre de cilicianos, porque sus barcos, en donde se reunían aventureros y desesperados de todos los países, mercenarios licenciados, ciudadanos desterrados de las ciudades destruidas de Italia, España y Asia, soldados y oficiales de los ejércitos de Fimbria y de Sertorio, tránsfugas y proscritos de todos los pueblos, tenían en Cilicia su principal lugar de refugio, cuyos bosques les proporcionaba maderas excelentes para la construcción de sus navíos. Esta piratería organizada, se había convertido en una potencia política; se daba y era tenida por tal, sobre todo desde el día en que el rey de Siria, Trifón, le había pedido ayuda y había apoyado en ella su propio Imperio. Encontramos a los piratas aliados con Mitríades, rey del Ponto, y los demócratas emigrados de Roma; les encontramos batiéndose en aguas orientales y occidentales. Encontramos, por fin, príncipes corsarios a quienes obedecen gran número de fortalezas escalonadas en las costas. No se puede decir a qué extremo de desarrollo político pudo llegar en el interior aquel extraño sistema; pero es, sin embargo, imposible no ver en él, en germen, un imperio marítimo, buscando, asegurando ya su puesto, y llamado a duraderos destinos si las circunstancias se le presentasen favorables algún día. Roma, ante la audacia de los piratas, consideró necesario atacarles en sus guaridas, en el año 79 a.C. envió contra ellos al bravo y activo cónsul Publio Servilio, quien, después de un encarnizado combate con la flota de los piratas y apoderarse de varios puntos de sus costas, marchó contra los isaurios, pueblo situado en el Noroeste de la Cilicia-Traqua, en las pendientes septentrionales del Tauro, apoderándose en una ruda campaña de tres años de los refugios que en aquella región tenían los piratas, conquistando para sí y sus sucesores el sobrenombre de Isáurico. No por esto desapareció la piratería, pues no hizo más que cambiar de domicilio, situándose en la isla de Creta, el antiguo refugio de los corsarios del Mediterráneo. Para que el triunfo hubiese sido completo, habría sido preciso mayores medidas represivas, con amplitud y unidad de propósitos o, por mejor decir, creando una gran policía de los mares. En el año 74, el Senado, deseando limpiar todos los mares de la plaga de los piratas, confió el mando único de todas sus flotas al pretor Marco Antonio, hijo del que treinta años antes había castigado por primera vez a los corsarios de Cilicia, pero, falto de medios, fue derrotado por los piratas; más tarde, tomó el mando el cónsul Cecilio Metelo, quien tardó tres años en someter a la isla de Creta, por cuyo triunfo fue apellidado el Crético. A pesar del Isáurico y del Crético jamás se había visto más humillada la potencia romana ni fue mayor el poder de los piratas en el Mediterráneo. En el año 69, casi a la vista de Luculo y su flota, el pirata Atenodoro sorprende la ciudad de Delos, arrasa sus santuarios y sus famosos templos y se lleva prisioneros a todos sus habitantes; tres años más tarde, Heracleo destruye una escuadra armada en Sicilia y dirigida contra él; a los dos años su camarada de rapiñas Pirganión se presenta en las mismas aguas, desembarca, se fortifica y hace víctima de sus correrías toda la isla. Los audaces bandidos, que no respetaban el suelo sagrado de Italia y llegaron hasta desembarcar en el puerto de Ostia, disponían de más de mil barcos y de fuerzas poderosas, y pretendían no dejar en paz a Roma vengándose de las vejaciones que ejercían los romanos en los países sometidos a su dominio. Ante el peligro, Gabinio, que ejercía el cargo de tribuno, propuso una ley, según la cual el Senado debía designar a un general único, elegido entre los consulares, a quién se le diera el mando supremo de los mares mediterráneos, desde las columnas de Hércules a Siria y el Ponto, y de las tierras hasta 20 leguas de las costas. El mando debía ser por tres años. Tendría un estado mayor como jamás se había visto otro; veinticinco lugartenientes, todos senatoriales, todos con las insignias y atribuciones de pretor, y dos cajeros de ejército con los derechos de los cuestores, elegidos todos por lo general en jefe. Se le autorizaba para alistar 120.000 infantes, 7.000 jinetes y preparar 500 barcos; para usar sin intervención de nadie de todos los recursos de las provincias y de los países sometidos, confiándole, además, toda la flota ya preparada y numerosas tropas. Con tan ilimitados poderes emprendió Pompeyo el año 67 a.C. la guerra contra los piratas. Empezó por dividir su inmensa provincia en trece circunscripciones, colocada cada una bajo el mando de uno de sus lugartenientes, que reclutaba en ella hombres y barcos, recorría las costas, batiendo los barcos corsarios que encontraba o llevándolos hacia las redes de su vecino. En cuanto a él, se puso al frente de la mayor parte de barcos disponibles entre los cuales se distinguían la flota de Rodas, y se hizo a la mar limpiando de enemigos las aguas de Sicilia, África y Cerdeña para restablecer en seguida las importaciones de trigo a Italia, mientras sus lugartenientes realizaban igual cometido en las costas de Galia y España, dejando, a los cuarenta días, completamente libre la navegación en el Mediterráneo occidental. Inmediatamente hizo rumbo, con sus sesenta mejores navíos, hacia las costas de Licia y Cilicia, antiguo y seguro refugio de los piratas, y éstos, ante el simple anuncio de la llegada de la flota romana, desaparecieron del mar, y se rindieron sin gran resistencia dos de las fortalezas licias, contribuyendo no poco a esto último la clemencia que tenía Pompeyo para los vencidos. Sólo se atrevieron a oponerle resistencia los audaces piratas cilicios, que, después de encerrar sus mujeres, sus hijos y sus tesoros en los castillos del Tauro, esperaron la armada de Roma en la costa Oeste de Cilicia. La derrota que sufrieron fue completa, y desembarcando el general romano sus tropas corrió a apoderarse de los castillos enemigos, ofreciendo la vida y la libertad a los que se sometieran. Cuarenta y nueve días después de haber llegado al Mediterráneo oriental, Pompeyo había dominado Cilicia y puesto fin a la guerra de los piratas. Había acudido sin contemplaciones a los grandes recursos de la República, pero era tal el daño que causaban los piratas al pueblo romano, que ante su rápida destrucción nadie se atrevió a quejarse. En tan corto espacio de tiempo se apoderó de cuatrocientos barcos enemigos, siendo noventa de ellos verdaderos navíos de guerra; echó a pique mil trescientos, pasó a cuchillo diez mil piratas, apresando unos veinte mil, y se hizo dueño de sus arsenales y ciudades. Cicerón, en su notable discurso Pro lege Manilia, hace mención de esta victoria de Pompeyo sobre los piratas.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.