Entrevista a Álvaro Tato: dramaturgo, actor y ronlalero

Por Francisco Collado

Una mixtura de iconoclastia, alborozada osadía y desenfado, y mucho amor al teatro. Ron Lalá se ha configurado como una de las agrupaciones punteras y así nos lo cuenta Álvaro Tato, uno de sus integrantes.

Hay ocasiones en que padece el “Síndrome de Lope de Vega”: varios montajes simultáneos, libros, etc. En Almagro se descolgó con tres montajes. ¿Esta vocación de hombre del Renacimiento, no termina agotando?

Bueno, mientras no agote a mis compañeros, amigo y espectadores… (ríe). Por mi parte, la necesidad de crear y participar en proyectos distintos me viene desde siempre de forma tan natural y con tanta suerte de encontrar gente afín y generosa que nunca he tenido sensación de agotamiento; sí de ilusión, empeño y sano cansancio.

‘Crimen y Telón’, es todo un homenaje al cine y al “noir” donde los géneros se hibridan. En uno de los recitados realizan un repaso al teatro universal…. ¿Han llegado al jardín de los senderos que se bifurcan?

Los estilos y códigos artísticos se bifurcan borgianamente para reencontrarse. Es lo que uno descubre al mezclar lenguajes tan aparentemente dispares como el género negro, la ciencia ficción o el teatro clásico universal. El noir nos ha llevado, en la esencia de su lenguaje, al mismo lugar donde reside el gran teatro clásico, el cine o la música: a las verdades, sorprendentes pero inevitables, del alma humana. Lo hemos llevado a la comedia, claro, y al código que hemos ido elaborando con los años bajo la dirección de Yayo Cáceres, todo un poeta del escenario.

¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice! ¿Son los versos calderonianos que le insuflaron pasión y vocación por el teatro?

Quizá no esos versos en concreto, tan lastimeros, pero sí esa maravillosa obra en su conjunto. La vida es sueño fue una conmoción para el niño que yo era en el instituto. Luego llegaron Lope y Lorca, pero nunca olvidaré la sensación de “yo quiero hacer esto; el teatro es mi vida”. Casi dos décadas después pude subir a ese escenario, versionar a Calderón y a Lope… y aún no he regresado de ese sueño.

¿Qué queda en los ronlaleros actuales de aquellos alumnos, pletóricos de ilusión, que un día decidieron romper los moldes?

Quiero pensar que queda intacta la esencia: esa ilusión que mencionas, pero también el rigor del estudio, la formación y el trabajo, y la disparatada obstinación de dedicarnos al teatro de manera profesional. Todo fue cosa de suerte, pero también de nuestras ganas de seguir, de rodar, de romper moldes y prejuicios y ponernos siempre metas y proyectos que impliquen riesgo, aprendizaje y aventura.

Hay algo meridiano en sus propuestas. Tras el aparente jolgorio y las pegadizas canciones que corean los espectadores, se agazapa un inmenso respeto por el verbo y por los autores, ¿no es así?

La mezcla de lo culto y lo popular y el tratamiento serio del humor son caminos que seguimos con cuidado de no tropezar en la muerte de la risa, que es dejar de reírse de uno mismo o pensar que hay algo de lo que no se pueda hacer humor. Corren tiempos difíciles para la risa, es decir, para la libertad de expresión. En nuestro caso, intentamos convertir el lenguaje en una fiesta, pero sin olvidar que lo que expresemos traslade preguntas importantes a los espectadores.

Su vocación literaria también viene de ese niño de la infancia. ¿Cuánto queda de él en las propuestas lúdicas de Ron Lalá?

Ojalá hoy en mi escritura y en los espectáculos propios y ronlaleros perviva aquel niño. Puedo recordar con nitidez mi fascinación de entonces por los relatos, los personajes, y la necesidad de crearlos y recrearlos. La poderosa llamada de la imaginación. Los libros, los comics, los juegos de rol, fueron mi educación sentimental.

Textos clásicos, metateatro, canciones satíricas, personajes esperpénticos… Visto así parece un batiburrillo por el que ningún productor, a priori, apostaría…

Por eso nos hicimos productores de nosotros mismos. Apostamos, creamos una empresa, nos lanzamos. Un consejo que damos con frecuencia a los creadores jóvenes es convertir el proyecto artístico en algo tangible, aunque no sea fácil ni inmediato. Nosotros nos encontramos con Emilia Yagüe que ha distribuido todos nuestros espectáculos y se ha convertido en una más de esta gran familia porque en su día apostó por un grupo teatral underground de un extraño humor musical y poético.

Hay mucha lucidez detrás de ese juego de espejos, mucha crítica ácida enmascarada en sus ritmos pegadizo. ¿Han hallado la fórmula para, detrás de ese humor blanco, denunciar la opacidad de esta sociedad?

Creo que no hay solo blancura en nuestro humor, pero que tampoco hay (espero) denuncia explícita. Creemos en el teatro como plaza de preguntas y cuestionamiento, no de doctrina; esperamos que sea el espectador quien piense al salir del teatro, que pueda sentirse modificado en su juicio o sentimiento por el hecho teatral. En cuanto al humor, procuramos que el punto de partida sea reírnos de nosotros mismos, y aplicar a la risa los diversos colores que le dieron, precisamente, los maestros del género clásico: desde la sátira hasta la ironía para que el espectador no se acomode en una sola perspectiva y el público de diversa edad, cultura o procedencia pueda disfrutar de todo un discurso articulado.

Muchas horas de trabajo y después todo pasa tan rápido en escaso tiempo de la representación. ¿A veces el actor tiene sensación de fugacidad?

Sí, pero a la vez todas tus lecturas y consideraciones, trabajo de despacho y ensayos se subliman y se conviertan en pura comunicación. Ahí está el público, escuchando y viendo en presente; y aquí estás tú, dispuesto a jugar en un “ahora” que resulta a veces duro, a veces cansado, pero siempre liberador.

Algo está claro, este es un trabajo de cómplices y, sin embargo, amigos. Sin esa complicidad, ¿Ron Lalá sería otra cosa distinta?

Claro, nuestra compañía responde a un modelo que ya apenas existe y que fue muy eficaz en la amada tradición de los cómicos itinerantes: la estructura de grupo de amigos, casi de familia, lo que Miguel Magdalena, el director musical, llama, entre bromas “comando checheno”; un equipo dispuesto a compartir lo bueno y lo malo de esta profesión apasionante.

No son muchos los actores que saben “decir el verso” con el ritmo, la intensidad y la naturalidad adecuada ¿Más bien es una asignatura pendiente?

Hablar en verso requiere disciplina, precisión, sensibilidad, conocimiento; equivale a una partitura compleja que, para sonar sencilla, clara y expresiva, requiere un músico bien formado poniendo en acción todo su talento. Creo, quizá con demasiado optimismo, que las nuevas generaciones están superando todos los prejuicios que pesan sobre el verso en el gremio de la interpretación en España. Muchos de los artistas jóvenes que salen, por ejemplo, de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, o de las escuelas de interpretación, están excelentemente formados, son políglotas, viajan, conocen a los maestros, y serán protagonistas de un enorme florecimiento teatral en los próximos años. Querría que este fenómeno fuese mucho más amplio, pero se requiere tiempo y concienciación desde la enseñanza media y los medios de comunicación sobre la importancia de la lectura, la dicción, la elocuencia, la oratoria y la música no solo en la educación artística, sino en la educación en general.

Ojalá no tengamos que oír respecto a su próxima obra un quijotesco: “Cuan largo me lo fías, amigo Sancho”

Uno siempre quisiera poder multiplicarse para acudir más a menudo a los escenarios nacionales e internacionales donde nos esperan tantos cómplices con ganas del reencuentro. Pero nuestro juego colectivo requiere el presente tridimensional, es único e inmediato, no puede copiarse ni multiplicarse, sucede aquí y ahora, tiene veinticinco siglos. Se llama teatro.

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