Ramón Paso enaltece a Wilde con su versión de La importancia de llamarse Ernesto

Por Ana Riera

Si hay algo mejor que un talento es que aparezca otro dispuesto a hacer suyo parte de su ingenio e imaginación. El resultado tiene que ser sobresaliente. Así lo demuestra, al menos, la versión que nos ofrece Ramón Paso de la obra más exitosa de Oscar Wilde, La importancia de llamarse Ernesto, una sátira ácida y mordaz sobre las convenciones y la hipocresía social.

La obra original es una brillante comedia con clara influencia del vodevil francés en la que el autor, usando un tono aparentemente frívolo, aborda numerosos temas serios, lo cual justifica el subtítulo que le dio en su momento, “comedia trivial para la gente seria”, y confirma su afirmación de que “nunca hablo en serio de lo que me importa”.

La obra se estrenó en 1895, hace unos 125 años, y sin embargo sigue estando plenamente vigente. Lo único que ha cambiado es que en aquel entonces eran las convenciones sociales estrictas de la sociedad victoriana lo que encorsetaba a los hombres y mujeres, y ahora, sin embargo, es lo políticamente correcto. Pero tanto entonces como en la actualidad, sus diálogos afilados y lúcidos constituyen un bálsamo delicioso ya que nos permiten escapar, aunque solo sea durante el tiempo que dura la representación, de tanta hipocresía y mediocridad.

El texto original es todo un desafío, ya que está repleto de juegos de palabras y dobles sentidos, siempre difíciles de traducir. El propio título supone un primer reto, ya que en inglés la palabra earnest, que significa honesto, se pronuncia igual que el nombre Ernesto. La traducción más acertada habría sido, probablemente, “La importancia de ser Honesto”, pero en su momento se tradujo como “La importancia de llamarse Ernesto” y a estas alturas no tendría sentido cambiarlo. El trabajo de la traductora Sandra Pedraz Decker, y la adaptación del propio Ramón Paso, no obstante, están a la altura, ya que consiguen conservar toda la riqueza del lenguaje y todos los juegos de palabras. Y no solo eso. Respetando la esencia del autor irlandés, Paso consigue actualizar el texto incorporando algunos elementos modernos sin renunciar a que sea una obra de época. Como cuando Cecily usa el móvil como si fuera su diario. O como el hecho de que las chicas, vestidas de época, lleven en los pies unas zapatillas AllStar.

Además, ha enriquecido notablemente los personajes femeninos, que se convierten en esta versión en las verdaderas protagonistas. Es el caso de Cecily, interpretada por una espléndida Ana Azorín que nos embelesa con sus caras de asombro y su aire inocente tras el que se adivina un intenso trabajo. O de Gwendolen, a la que Inés Kerzan convierte en una criatura desenfadada y adorable, también perfectamente estudiada. O de la fabulosa Lady Bracknell, que representa la hipocresía de la burguesía en estado puro y a la que da vida Paloma Paso Jardiel, cuyo dominio de las pausas, los suspiros y las muecas hacen bueno el dicho de que una imagen vale más que mil palabras. Además, Paso ha introducido un personaje femenino nuevo, el de la sensual criada, Miss Prism, que sustituye la figura del criado y al que da vida una admirable Ángela Peirat.

Los personajes masculinos, por su parte, están perfectamente a la altura. Jordi Millán y David DeGea como “falsos Ernestos” y Guillermo López-Acosta como el bonachón reverendo.

Otro acierto es la elección del teatro para el estreno, ya que el Lara, con el que Ramón Paso y la compañía PasoAzorín tiene desde hace tiempo una relación muy estrecha, conserva una atmósfera decimonónica que le va al pelo a la obra. No en vano es coetáneo de la pieza, ya que se inauguró en 1880.

Que la obra funciona lo demuestra el hecho de que el teatro se haya llenado noche tras noche a pesar de ser agosto, motivo por el que se ha decidido prorrogarla un mes. Finalmente estará en el Teatro Lara hasta el 29 de septiembre, de modo que no hay excusa para no verla.

 

 

TEATRO LARA. SALA CÁNDIDO LARA.

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