“Parque Lezama”: dos ancianos agobiados descubren el poder de la imaginación

Por Horacio Otheguy Riveira

“¡Yo no soy Rappaport!” es una comedia neoyorquina de Herb Gardner, un autor desconocido en España, fallecido en 2003. Se estrenó en Broadway en 1985, donde ganó varios premios; tuvo versión cinematográfica en 1996 (en España titulada: “Dos viejos chiflados”), y se representa desde entonces en muchos países con versiones bastante libres, como esta que nos ocupa. En la pieza original dos hombres mayores se encuentran a diario en Central Park, pero en cada país se ha escogido un parque propio para desarrollar la misma historia, así como características físicas propias.

Un frondoso, muy atractivo, Parque Lezama de la ciudad de Buenos Aires es donde transcurre la acción. En la gran capital del teatro argentino estuvo mucho tiempo en cartel. Ahora llega a Madrid con sus dos protagonistas en una adaptación escrita y dirigida por un hombre de cine que quedó flechado con esta obra en su juventud, Juan José Campanella (El secreto de sus ojos, El hijo de la novia, Vientos de agua…).

Nat Moyer —blanco— y Midge Carter —negro— [en esta versión, León Schwartz y Antonio Cardoso] tienen unos ochenta años; comparten sus días sentados en un banco del parque, sorteando juntos varias amenazas: drogadictos un tanto trastornados a causa de un violento camello, vagabundos, el retiro forzado  e un caso y el final en una residencia planificado por una de sus hijas, la única que le sigue dirigiendo la palabra…

León es el gran inventor de historias, apoyado en una especie de manía de grandeza (“Toda la vida siendo el mismo personaje, ya es hora de ser muchos otros, ¿no le parece?”), Antonio, mucho peor físicamente, es un portero de edificio donde se le quiere echar definitivamente. León presume de revolucionario, heredero de la gloriosa Unión Soviética y hará todo lo posible por resolverle el problema con una organización sindical presuntamente fuerte… Se suceden dimes y diretes, divertidos encontronazos verbales: León que suma personajes y revelaciones estrambóticas, Antonio que protesta porque es un embustero “insoportable”. Pero las diferencias les acercan cada vez más a lo largo de dos horas. Se necesitan y cuando están juntos la soledad desaparece por arte de magia, gracias al infinito poder de la imaginación del viejo pícaro y el interés creciente que consigue despertar en quien al comienzo le rechaza.

El título original hace referencia a un chiste que a León le encanta contar a su amigo y a su hija.

—¡Hola, Rappaport! No te he visto en años. ¿Cómo has estado?

—Yo no soy Rappaport

—¡Rappaport, cuánto has cambiado! Antes te dejabas la barba y ahora usas bigote.

—No soy Rappaport.

—Solías ser un tipo gordo y bajito, pero ahora estás alto y en forma.

—¡Qué no me llamo Rappaport!.

—¡Y además te has cambiado el nombre!

Una chica con bellas piernas pinta en lo alto del parque. Los ancianos la miran fascinados. El que menos ve, la distingue “por el brillo que desprende”.

 

Los personajes que deambulan por el parque y la hija que no sabe qué hacer con el mitómano de su padre tienen moderado interés, ya que toda la puesta en escena está al servicio de dos grandes comediantes argentinos cuyo lenguaje porteño se entiende bien y desde luego el abundante público se divierte a lo grande con ellos, pero el montaje general resulta muy deficiente. Campanella ha reposado toda la función en los generosos recursos actorales de sus estrellas, al mejor estilo naturalista porteño, con su carga de humor irónico y su juego de teatro dentro del teatro, y les ha dejado en manos de dos arquetipos de la ciudad: el judío de izquierdas, luchador sindical que en realidad es un prototipo del cantamañanas para quien ningún éxito revolucionario le es ajeno, pero en realidad no ha salido nunca de las charlas de Café. Y el otro, el opuesto, representante del hombrecillo gris, aislado, temeroso, que prefiere permanecer al margen de todo conflicto y sobrevivir.

Es muy recomendable acercarse al teatro, sólo por ver a estos intérpretes, especialmente a Luis Brandoni, quien le saca un gran partido al mejor personaje de la obra. Y más aún en la media hora final que vale por toda la función. A su lado, Eduardo Blanco es el acompañante perfecto. también un excelente actor que nos sorprendió gratamente al encarnar a otro anciano en El precio, la temporada pasada. Curiosamente, primero había hecho este octogenario en Argentina y la traslación al genial Solomon, el nonagenario clave de la obra de Arthur Miller, lo llevó a cabo con otros matices, sin duda una creación, aunque sobre la base de un deterioro físico similar, muy conseguido.

 

TEATRO FÍGARO-ADOLFO MARSILLACH. DESDE EL 28 DE AGOSTO 2019.

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