‘Crac’, de Jean Rolin

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Crac

Jean Rolin

Traducción de Manuel Arranz

Libros del Asteroide

Barcelona, 2019

137 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Jean Rolin (Boulogne-Billancourt, 1943) viaja a oriente medio por un doble motivo: el McGuffin, ese recurso para atrapar al espectador y que se plantea como el tema aparente, es la admiración por Lawrence de Arabia; la segunda razón, la real, es para comprobar que existe humanidad en el paisaje después de la batalla. En realidad, en un paisaje sobre el que no ha cesado la batalla en décadas. Como no ha cesado la admiración pausada, sana y digna que Rolin siente por T.E. Lawrence.

El resultado es un libro que rezuma sinceridad. Una crónica que sigue la ruta de Lawrence por las actuales Siria, Líbano, Jordania e Israel, que por entonces eran el polvorín del imperio otomano. Lo que podría haber sido un viaje de sueño, el sueño de alguien que quiere ser nómada, sentirse nómada, se convierte en una recesión de conflictos. Rolin se detiene en cada lugar para referir conflictos concretos, hechos, para hablar de personas y no de estadísticas, para recordarnos sucesos que pasaron desapercibidos y que no deberíamos olvidar. Mientras tanto, su propio viaje está trufado de malentendidos y contratiempos, nada graves, pues no parece un viajero dispuesto a que nada extermine su buen humor. Ni siquiera el miedo, dado que su aventura transcurre en tiempo de guerra, aunque a la guerra la vemos, de vez en cuando, como telón de fondo, como ruido de fondo. Pero condiciona el pasaje por el territorio, los peajes que debe sortear. Como ha venido condicionando, aunque a diferente volumen, cualquier paso por esta tierra en años.

Rolin menciona los problemas ocasionados por las fronteras y sus creaciones, por la ubicación de Israel y su expansión, por las diferencias casi balcánicas entre diferentes pueblos, aunque no se detiene en análisis políticos, porque nada debe empañar demasiado el hecho de que se centre en los lugares y las visitas que siguió Lawrence de Arabia. Quiere ver, y que veamos, lo que vio el arqueólogo británico. Hay una pequeña intención poética detrás de ese planteamiento. Si bien, el texto homenajea a los supervivientes enunciando sucesos, trágicos, duros, que son el sustrato sobre el que sobreviven los actuales habitantes de la región. Como lo es la colonización francesa, que no se molesta en tratar con paños calientes y que aparece de vez en cuando, con cierto espíritu de autocrítica.

Sobre los rastros que reconoce en un territorio castigado, como si lo hubieran arrasado dragones, Rolin construye un buen libro de viajes que refleja, con su fragmentación, la realidad de un territorio fragmentado.

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