El nacimiento de Japón (Primera parte)

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Por Jorge Mur

Fue un estadounidense, Edward Sylvester Morse (1838-1925), quien en 1877/79 realizó la primera excavación arqueológica en territorio nipón, un acontecimiento que lo situaría como el impulsor de los estudios arqueológicos en Japón.

Posteriormente, durante el periodo Taishō (1912/26), la arqueología disfrutó de un importante auge hasta que poco después, en la década de los años 30, los estudios y las excavaciones fueran rechazados por parte del gobierno. ¿El motivo? Se consideraba que las iniciativas de carácter científico podían poner en duda los orígenes divinos del emperador.

Sin embargo, una vez superada la conmoción y la destrucción que trajo consigo la derrota de Japón en la II Guerra Mundial, se produjo en el país un gran desarrollo gracias a la industrialización, lo que supuso la expansión de las ciudades, al mismo tiempo que se ponían en marcha distintas iniciativas cuyo objetivo era estudiar a fondo la historia del archipiélago.

Actualmente, sabemos que las islas japonesas llevan habitadas desde hace unos 50.000 años, si bien es cierto que se desconoce la verdadera composición de los pobladores de Japón, ya que se produjeron diversas oleadas desde distintos territorios. El pueblo Ainu, por ejemplo, ubicado en la zona norte de la isla de Hokkaido, no obedece a la misma raza que la mayoritaria población japonesa, ya que su tono de piel es más oscuro y sus ojos más grandes, y poseen una cultura independiente, con sus propias costumbres, religión, vestimenta, etc.

De esta manera, la prehistoria japonesa se divide en los siguientes períodos:

  • Paleolítico (desde el 50.000 a.C. al 11.000/10.500 a.C.)
  • Periodo Jomon (desde el 11.000/10.500 a.C. al 300 a.C.)
  • Periodo Yayoi (desde el 300 a.C. al 300 d.C.)
  • Periodo Kofun (desde el 300 d.C. al 552 d.C. Si bien algunos investigadores utilizan otra cronología que llega hasta el 650 d.C. e incluso hasta el 710 d.C.)

La cultura Jomon

De carácter mesolítico, el término que la denomina significa “marcado con cuerda” en japonés, y nos remite a su peculiar producción cerámica caracterizada por una decoración a base de marcas e incisiones de cuerdas y otros materiales, además de relieves creados mediante protuberancias en la arcilla. Es importante remarcar que la producción de vasijas de cerámica fue un hito muy relevante para la vida diaria, pues permitía, entre otras funciones, cocinar o almacenar el agua.

Reconstrucción de cabañas del periodo Jomon, Hira-ide Historic Site Park

La mayor parte de la información que poseemos procede de las excavaciones realizadas en fosas de desperdicios (montículos de conchas), y en lugares próximos a los asentamientos en los que se almacenaban objetos. Sabemos que era una sociedad divida en grupos de cazadores, recolectores y pescadores, y eran nómadas o pseudonómadas. Usaban objetos realizados en madera y hueso, y llevaron a cabo un cierto cultivo de la tierra, fundamentalmente del mijo. Estas comunidades formaban asentamientos compuestos por cabañas de planta cuadrada o circular, con bases semienterradas, estructura de madera y grandes tejados cubiertos por elementos vegetales que apoyaban en el suelo. El interior, así como el suelo en las más pudientes, solía estar recubierto con lajas de piedra.

En cuanto a la religión, realizaban ritos para la caza, la pesca, la fertilidad, para curar enfermedades, y hacían también ofrendas. Se desconoce, en cambio, si creían o no en el más allá; pero se enterraban en la tierra, aunque no había una individualidad, sino que eran tumbas colectivas.

Una cerámica con mucha historia

Las primeras piezas cerámicas se encontraron en 1877 en los montículos de conchas de Oomori. Estas obras nos han permitido conocer la existencia de una gran variedad de fórmulas de producción dentro del periodo, que varían en función de la región y de la cronología. En cualquier caso, todas ellas responden a la tipología de piezas marcadas con cuerda. Son relativamente pequeñas, de unos 25 cm de altura, pudiendo alcanzar los 40-60 cm; y están realizadas con una pasta cerámica de una tonalidad marrón u ocre, que dista de la tonalidad de la cerámica del periodo posterior (Yayoi). Este rasgo resulta lógico dado que las tierras que componen la pasta son las que se encontraban en el entorno donde se realizaban. Aun así, a esta pasta se añadía arena, fibras vegetales y fragmentos de concha y mica.

En cuanto a las funciones, estamos ante vasijas de carácter cotidiano o doméstico, aunque algunas también servían para contener ofrendas y, en este caso, se aprecia la búsqueda de una estética más refinada (eran piezas más hermosas).

Aunque encontramos diversos formatos, prevalecen las piezas troncocónicas con base estrecha y boca amplia, de manera que permitían ser clavadas en la tierra. También llama la atención su irregularidad y asimetría debido a que eran piezas que se ejecutaban a mano. En este sentido, eran piezas cocidas al aire libre, sin horno, lo que hacía que fueran porosas, característica por la cual solían ser pulidas (para eliminar esos poros). La decoración solía limitarse a líneas trazadas en cualquier dirección, aunque algunas piezas presentan motivos zoomórficos o elementos vinculados con la naturaleza. Además, solían pintarse (el color favorito era el rojo) o recibir laca.

Hay que destacar, además, que estas piezas del periodo Jomon son las más antiguas de la historia de la humanidad, y son piezas propias japonesas, es decir, no han recibido influencia exterior.

Vasija del periodo Jomon, Tokyo National Museum y Estatuilla antropomórfica del periodo Jomon, Tokyo National Museum

Junto a las vasijas, durante el periodo Jomon también se desarrollaron estatuillas antropomórficas, generalmente femeninas (aunque también las hay de animales), denominadas Dogu, término que significa “tierra” en japonés. Realizadas con arcilla, ejecutadas a mano y huecas por dentro, estas piezas son consideras como las primeras manifestaciones de la escultura japonesa. Empezaron a realizarse en la zona noreste de la isla de Honshu y, posteriormente, su producción se extendió a otras zonas.

Lucen una ornamentación similar a la de las vasijas cerámicas. Las técnicas de ejecución también son similares, de nuevo con esa cocción al aire libre, el posterior bruñido para, finalmente, pintarse e, incluso, recibir laca.

Son piezas de factura simple, con un aspecto grotesco y cierta desproporcionalidad. Destaca la gran variedad de cabezas y, sobre todo, la forma de realizar los ojos: vemos ojos de insecto, de botón, en forma de granos de café, etc.

En cuanto a su significado, por un lado se intuye que podían representar ídolos, dado que presentan unos orificios en la base de la cabeza que permitirían pasar una cuerda y llevarlos colgados del cuello; y por otro lado, serían objetos de carácter propiciatorio, como efigies mágicas para evitar o proteger de las enfermedades, o para favorecer la fertilidad.

Para saber más:
HANE, M. Breve historia de Japón, Alianza Editorial, 2000
KONDO, A. Japón: evolución histórica de un pueblo (hasta 1650), Editorial Nerea, 1999.
BRETT L. WALKER. Historia de Japón, Editorial Akal, 2016.

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