‘Instrucciones para un funeral’, de David Means

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Instrucciones para un funeral

David Means

Traducción de Francisco González López

Sexto Piso

Madrid, 2019

192 páginas

Parafraseando a Tolstoi, las circunstancias parecen indicar que todos los triunfadores se parecen entre sí, mientras que los perdedores lo son cada uno a su manera. Entre otras cosas, Instrucciones para un funeral (Instructions for a Funeral, 2019), el último volumen de relatos publicado por David Means, contiene un parcial pero oportuno catálogo de perdedores, no tanto de los grandes losers que crean arquetipos como de ciertos perdedores de baja intensidad que arrastran, a menudo de forma inconsciente, pequeñas derrotas que afectan a su cotidianidad sin influir de forma grave en su predisposición ante la existencia.

Una primera fracción de ese catálogo la componen esos individuos cuya actitud muestra la  ignorancia acerca de su posición de inferioridad —física, económica, emocional, intelectual—, una inconsciencia reforzada por su incapacidad de valorar la posesión en los demás de aquello de lo que ellos carecen. Recluidos en su pequeño mundo, su autosuficiencia les impide poseer ambiciones que abarquen lo que no conocen y sus limitaciones hacen que vean cualquier cosa que no comprenden como una amenaza, lo que no les impide alcanzar un satisfactorio grado de felicidad.

Existe otra raza de perdedores, también, cuya diferencia fundamental con los anteriores es la negación, de forma activa —enfrente del perdedor pasivo—, de su situación: vivirán por encima de sus posibilidades, no solo económicas, con el fin de anular las diferencias con los más afortunados —a los que considerarán, a diferencia de los anteriores, sus iguales—, con los que intentarán mezclarse con vistas a su imagen exterior.

Finalmente, existen los perdedores hiperoptimistas —en la línea de los preceptos de la ideología new age de autoresponsabilidad—, aquellos para los cuales es imprescindible aceptar los desafíos a los que enfrenta la vida si lo que se pretende es librarse del sentimiento de derrota que va parejo al abandono de la confrontación; adjudicar la culpa de los reveses de la fortuna a culpables accidentales conlleva una liberación de la responsabilidad que incumbe solo a uno mismo, así que mejor asumir las cargas y aprender la lección para ocasiones posteriores.

Pocas situaciones son tan patéticas como las que se dan cuando las circunstancias reúnen a un grupo de perdedores de toda índole. En ningún lugar resuenan con más fuerza las excusas por un fracaso: las autoexculpaciones por la irresponsabilidad, las adjudicaciones al azar por la incompetencia personal, la atribución a los demás de los errores propios, la calificación como accidente a los hechos provocados por una negligencia, la descarga de conciencia por unas supuestas circunstancias adversas, y la competencia, de forma simultánea, por alcanzar el liderazgo de las pérdidas en una especie de reñida competición con reglas tan flexibles como volátiles y la disolución de la responsabilidad en el seno del mismo grupo, como si solo fuera lícita la autoinculpación pero jamás la acusación ajena.

La intención de redimir su cobardía no mediante grandes pronunciamientos intencionales —que ni ellos mismos se creerían, la autoconfianza es un sentimiento común en el perdedor— sino por medio de pequeñas acciones, aparentemente neutras, que pudieran interpretarse como signo de su afán por un cambio de fortuna y de un arrojo en realidad inexistentes. O en la expectativa de un inesperado golpe de suerte, de cuya ocurrencia están tan convencidos como incrédulos, y acerca de cuya utilidad llevan años fantaseando.

Instrucciones para un funeral es un volumen de relatos sin apellidos cuya principal virtud es la existencia de unos narradores en primera persona que pasarían con nota un examen de verosimilitud

Joan Flores Constans

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