Leo Bassi lleva a Mussolini por la calle de la amargura

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Por Horacio Otheguy Riveira

El gran bufón deambula por la historia de un modo diferente. Antes de salir a escena nos muestra imágenes de multitudes adorando al Duce Benito Mussolini en sus gloriosos primeros tiempos. Solo ocho años después no tiene seguidores que le aúpen, todo su tinglado de ambición social (ni capitalismo ni comunismo) se le fue deteriorando a medida que se unió a Hitler y a los sectores poderosos que había combatido, léase gran burguesía e Iglesia Apostólica y Romana. El hombre bautizado con el nombre castellano de Benito por el presidente de México, el revolucionario Benito Juárez, quedó hecho una piltrafa, un pobre tipo apresado por los rebeldes partisanos, ya acabada la segunda guerra, y llevado “de paseo” junto a miembros de su gobierno hasta fusilarlos a todos y colgarlos de los pies para escarnio público.

Tragedia tal vez de un hombre estrafalario que se creyó portador de una estrella y que acabó lamentando sus propias decisiones en confesiones a un periodista poco antes de ser detenido: “Fui adulado hasta el hartazgo y acabaré siendo escupido por la gente”.

De este material se sirve Leo Bassi para erigir un espectáculo de gran fuerza política. “Elegí esta Sala Mirador, porque aquí se ama el teatro político, en un barrio como Lavapiés donde convive gente muy diversa que tanto desprecia la ultraderecha: pakistaníes, hindúes, africanos, chinos…” Y al final aparece elevando el brazo derecho y estirando la mano cual saludo del fascio, para terminar sonriendo, con el torso desnudo, después de una ceremonia sobre cristales rotos, y levantando bien alto el mismo brazo pero con la mano cerrada en un puño, fiel a sus ideales propios de los malditos “progres”.

Aquí junto a la foto de Mussolini en la portada de la revista estadounidense Time como “Hombre del año”, abril 1936.

La amargura en que cayó Mussolini no hace un espectáculo triste, pero sí reflexivo, que divierte con sorprendentes hallazgos cómicos y bastantes aires circenses, bien forjado con documentación histórica. Leo Bassi se pone serio, pero no sin diversión, capaz de coger un gran martillo, de comer y escupir manzanas, de pillar una sierra eléctrica y contar con inesperadas colaboraciones. Muchas cosas pasan entre risas, sonrisas y juegos de todo tipo, aunque en el camino su Yo, Mussolini tenga el claro objetivo de enseñarnos a que no hay nada que temer con estos tigres de papel de la ultra para quienes se avecinan tiempos de mucha alharaca pero ningún poder.

El debate está servido, a partir de una bufonada inquietante y a la vez divertida de un clown insólito que tiene cuerda para mucho rato, que ilustra sus comentarios con imágenes muy bien seleccionadas con material desconocido para la mayoría, como por ejemplo el apoyo incondicional que Mussolini recibió de Estados Unidos, con Rockefeller y Walt Disney a la cabeza. Muchas son las sorpresas con que mima su espectáculo, y ninguna defrauda, permitiéndose un broche de oro insólito.

SALA MIRADOR. Noviembre varias funciones, diciembre y enero los viernes.

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