Pessoa, la esquizofrenia controlada

Categoría: Columnistas,El silencio,Más cultura |

Por Samantha Devin.

Fernando Pessoa nació en 1888 en Lisboa. Esta fecha, que señala de forma inequívoca el comienzo de una vida, en Pessoa, significa además el preámbulo para unos nacimientos igual de significativos en su biografía. Porque Pessoa no tiene principio ni fin. No se agota, como le ocurre a la mayoría de los mortales, héroes o no, en un aparecer y desaparecer en el mundo. Pessoa fue y es, una fiebre del sentir, un refugio para almas e impresiones. Su obra, como poeta y ensayista es la expresión de una conciencia que se desborda en contacto con los pormenores de la vida. Nadie ha vislumbrado tanto misterio en los bigotes de un gato. “Todo es misterioso y todo está cargado de significación. Todas las cosas son un símbolo desconocido de lo Desconocido” Aunque vivió parte de su niñez y adolescencia en Durban, África del sur, regresó a Lisboa, para ser y no ser, y allí permaneció multiplicándose, hasta el día de su muerte.

Leer a Pessoa es expandir las terminaciones nerviosas hacia el infinito. Es sentir el peso de una existencia que jamás acaba de fijarse. Es serlo todo y sentirlo todo en un interior que abarca el mundo entero. Y es que Pessoa, a pesar de tener un cuerpo, es el poeta más inmaterial de cuantos han existido. Nadie ha sido nunca tanto, tan en silencio.

La voz de Pessoa recoge el desasosiego que respiran los hombres. Nació con la capacidad de ser receptáculo de la nada en el vivir, del no ser aun siendo todo, de la soledad acumulada, de un exceso de conciencia que paraliza. Pessoa estaba fuera del tiempo y a la vez dentro del eterno sentimiento de vacío que acompaña a los corazones supraconscientes.

Su biografía no es tan insulsa como él mismo pretende. Es cierto que su trabajo de traductor de cartas comerciales era monótono y aburrido, pero su colaboración con distintas revistas literarias de Portugal e Inglaterra y sus tertulias sobre política y literatura, aunque no muy frecuentes, conforman una crónica en la que queda clara constancia de sus intereses y motivaciones. Es en sus escritos donde advertimos la existencia de un abismo entre su persona y el resto del mundo, porque a través de sus ojos todo adquiere dimensiones indescifrables, desde su jefe a los adoquines de la “rua dos Douradores”. Pessoa escribió: “Mis escritos quedaron siempre inacabados; siempre se entrometieron nuevos pensamientos, extraordinarias, inexcusables asociaciones de ideas que sólo tienen por límite el infinito” “…me horroriza que cualquier cosa pueda ser determinada por Dios o por el mundo.”

Incluso su persona es nebulosa, indefinida. Es como si creyera que fijarse demasiado a una u otra opción de vida significara menguar esa capacidad de sentir y serlo todo. La materia inmaterial de la que estaba hecho le impedía transitar lo superficial, lo concreto, prosperar desde dentro del entramado popular. Fue un extranjero en su propia tierra, un visitante dentro de su corporeidad, que examinaba con ojos de científico, qué era eso de estar vivo.

En sus páginas, Pessoa es un fantasma que atraviesa la esencia de los millones de almas que viven, sienten y respiran dentro lo que llamamos humanidad. Desde allí, observa el transcurrir de la existencia, sosteniendo una soledad que podría aplastar el mundo con la única ayuda de su lúcida mirada.

Desde la gris monotonía de la vida de oficinista comprendió que aquello que el mundo llamaba mundo no tenía nada que ver con él. La gente que le frecuentó jamás percibió la inmensidad que abarcaba su nimia figura. En una Lisboa apacible, triste y hermosa denunció el sinsentido de la vida que las generaciones pasadas habían dejado: Una sociedad que no podía ofrecer ni tranquilidad espiritual, ni protección política, ni seguridad moral. Pessoa desistió entonces de mirar hacia fuera, hacia ese mundo que no le proporcionaba el alimento que necesitaba y se expandió hacia dentro. El universo creado por él es rico, sensible y variado. Su necesidad de compartir la inmensidad que le azotaba quedó reflejada en una decisión sin precedentes. Ante la falta de iguales decidió inventar, o tal vez expulsar de sí, un grupo de amigos con los que sobrellevar la existencia. Un día descubrió que dentro de él habitaban otros, que no estaba solo. Esa sensación de ser atravesado por pensamientos que no eran del todo suyos, de ser el vehículo de todo tipo de sensaciones tomó forma en sus heterónimos, Alberto Caeiro, Bernardo Soares, Ricardo Reis, Álvaro de Campos…

El primer amigo que descubrió dentro de sí cuando tenía seis años se llamaba Chevalier de Pas. Con él se escribía cartas y compartía momentos de soledad e incomprensión. A partir de ahí, surgieron toda una serie de figuras con personalidades distintas, opiniones religiosas distintas, formas de expresión distintas y por supuesto, biografías y rasgos físicos distintos. El propio Pessoa cuenta que debía estar atento cuando un pensamiento llegaba a su mente, para saber a quién pertenecía, porque cada voz tenía un tono definido. Él se encargaba, como mero amanuense, de dejar constancia de ese pensamiento y firmarlo con el nombre de su correspondiente autor. Durante más de cuarenta años fue el consignatario de toda una generación de poetas, tan rica y variada como pueda serlo la generación del 27, o cualquier otra. Así surgieron poemas, aforismos, pensamientos, sentencias y prosa. Y todo ese trasiego de personalidades, rivalidades y discusiones tuvo lugar dentro de su ser sin que su lucidez se viera afectada en ningún momento.

Lo que en cualquier otro caso podría haber significado una vida de internamiento y medicación, en Pessoa, consciente de su “histeria-neurasténica” se transformó en un legado cultural único. Esa esquizofrenia controlada, esa aceptación de lo ilimitado dentro del reducido espacio corporal y la persistente idea de que tenía una misión que realizar, impulsaron el Arte de uno de los mayores poetas de la historia.

Todo su tiempo libre lo dedicó a escribir. El Arte de la palabra se convirtió en una religión y sin abandonar nunca la meta fijada, cumplió su cometido con devoción monástica. “Tener una acción sobre la humanidad, contribuir con todo el poder de mi esfuerzo a la civilización”, “Y así hacer arte me parece algo cada vez más importante, misión cada vez más terrible, deber que ha de ser cumplido arduamente monásticamente, sin desviar los ojos del fin creador-de-civilización de toda obra artística” Para él la palabra hablada era un fenómeno democrático, social. La palabra escrita en cambio, era aristocrática.

La única obra que publicó en vida fue el libro de poemas titulado, Mensagem. El tema de los poemas es un verdadero mensaje a las generaciones portuguesas, presentes y futuras, para urgirlas a recuperar su mito más antiguo y profundo, el del sebastianismo. Como todo auténtico héroe alimentó la imaginación y el espíritu heroico de sus semejantes proporcionándoles una idea elevada y atrevida que inspirara sus vidas. Pessoa deseaba dar a Portugal un lugar destacado en la historia de la humanidad. El resurgimiento de su país llegaría por medio del Quinto Imperio, que no sería económico ni político sino cultural. A través de la lengua y el arte, Portugal influiría intelectual y espiritualmente en el mundo. Pero Pessoa no lanzó su profecía y depositó la responsabilidad de su cumplimiento en los otros. No esperó a que esa generación de poetas soñados naciera. Él mismo parió, dio voz y vida, a esa descendencia que de su mano enriqueció la expresión de la saudade portuguesa. Una forma triste, trágica, y a la vez pausada y hermosa de sentir la existencia.

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