Taller Dellwood

Categoría: Los más jóvenes,Novela |

Por David Casas.

Si alguien de vosotros se acerca a la plaza de las Vistillas y se encuentra enfrente de un local con un cartel de “Se alquila” en la puerta, debería saber que allí hubo hace unos años el Dellwood Barker Café. El Dellwood, que debía su nombre al protagonista de El hombre que se enamoró de la Luna de Tom Spanbauer, era en apariencia el típico bar de ambiente bohemio y cultureta que podemos encontrar tan fácilmente en Lavapiés o Malasaña: un bar de paredes descascarilladas, mesas viejas de mármol, mugrientos sofás de cojines hundidos y, por encima de todo, velas, muchas velas por todos lados. Sin embargo, lo que lo hacía completamente distinto a cualquier otro bar de cuantos haya conocido en Madrid, más allá de  su fascinante clientela, repleta de gente adicta a la noche y unida por su inquebrantable fe a las Vistillas, era su sótano. El lugar donde se celebraba todos las semanas un extraño ritual literario.

La primera vez que pisé ese sótano fue el 9 de marzo de 2005.  Unos días antes, la poeta Daniela Martín Hidalgo me había dicho que Lara Moreno, una compañera suya del Máster de Edición de Santillana, la había invitado a un taller literario que se celebraba allí todos los miércoles. Daniela, si bien se mostraba escéptica ante las posibilidades de esa propuesta, reconocía que podía ser una buena oportunidad para conocer gente con aspiraciones literarias, algo que nos podría sacar de nuestro relativo aislamiento en una ciudad donde apenas conocíamos a nadie, y mucho menos a gente aficionada a la escritura. Por eso no le costó demasiado convencerme para que la acompañara, pese a que también compartía su escepticismo. Alguna experiencia previa me hacía descreer de que en talleres semejantes se pudiera a conocer a escritores de verdadero talento literario como el que yo, en mi fuero interno, creía atesorar; sin embargo, me pareció una excusa fantástica para conocer  a gente nueva, y, también, por qué negarlo, para partir por la mitad mi rutina semanal de ejecutivo de cuentas en una empresa de embalaje industrial de Mejorada del Campo.

¿Y en qué consistía exactamente el taller del Dellwood? Nada más llegar me explicaron su sencilla mecánica: cada participante proponía un tema que se sorteaba, y a la semana siguiente se presentaba un nuevo texto, junto con las correcciones de los textos leídos la semana anterior. Un formato sencillo y práctico que daba mucho juego, ya que, salvo la convención del sorteo, era un espacio de libertad creativa donde cada uno de sus miembros presentaba lo que  le viniera en gana, desde haikus hasta relatos o capítulos de novelas, pasando por microrrelatos o cualquier artefacto poético o narrativo que les apeteciera. También eran recibidas con agrado viñetas, cómics, pequeñas representaciones teatrales, cadáveres exquisitos o cualquier otro juego literario.

Sin embargo, aquella primera noche no supe ver las grandes posibilidades de aquel ritual de letras y copas, y regresé a casa viendo cumplidos mis peores augurios.  Sentía que mi actitud habitualmente huraña hacia todo lo que tuviera que ver con la escritura no casaba con el ambiente lúdico que allí reinaba, en el que destacaba el carisma natural de Lara Moreno y el savoir faire de Roberto Terán, los dos artífices del taller.  Pero cuando llegó el siguiente miércoles, lejos de quedarme en casa esperando que el sueño me dejara tirado en el sofá, regresé al Dellwood. Y así  seguí haciendo durante los intensos meses que duró aquel experimento.

Pero  más allá de las amistades fraguadas al calor del taller o en las interminables conversaciones  posteriores en la barra, lo que aún sigue fascinándome de aquella experiencia, y lo que motiva este artículo, fue el descubrimiento,  a medida que pasaban las semanas, de que la mayoría de aquellos jóvenes que se reunían allí todos los miércoles no eran meros diletantes, sino verdaderos escritores con mundos y voces narrativas perfectamente perfilados, o muy cerca de lograrlo. Esta impresión quedó confirmada con la misma transformación  del  taller, el cual, sin perder su aspecto lúdico, se fue convirtiendo,  gracias a la incorporación de nuevos miembros y la dinámica de sana competencia y espíritu crítico con que se leían los textos, en un verdadero laboratorio literario donde cada uno de ellos, perdido el pudor inicial, hacía aportaciones cada vez más sinceras y personales,  menos fruto de la improvisación y las urgencias del tema propuesto por el taller y muchísimo más cercanas a sus particulares mundos narrativos, la mayoría de una calidad literaria indiscutible, y, en muchos casos, el germen de algunos cuentos o relatos que luego publicarían.

Por todo ello no creo que sea descabellado afirmar que en el Dellwood se terminaron de fraguar, bajo estímulo de aquella amistad y camaradería, algunas de las personalidades más sólidas o prometedoras de nuestra narrativa joven, como Recaredo Veredas, Lara Moreno, Rebeca Le Rumeur, Elvira Navarro o Coradino Vega.

La primera de ellos en llamarme la atención fue Lara Moreno.  Y es que era imposible no quedar deslumbrado por la fuerza torrencial de su prosa, una extraña mezcla de realismo intimista y preciosismo lírico que supuraba por todos los lados literatura de muchos quilates.  Sin embargo, lo curioso es que, durante todo el tiempo que duró el Dellwood,  sus cuentos, pese a su fuerza arrebatadora, siempre terminaban por decepcionarme. Sentía que la misma facilidad con la que levantaba edificios narrativos de una belleza indescriptible, llenos de personajes, objetos y situaciones domésticas de una gran plasticidad, jugaba en su contra. Como si estos edificios, pese a su apariencia magnífica, siempre terminaran derrumbándose víctimas del propio talento desbocado de Lara, más centrado en decorar hasta el último rincón de las estancias que en asegurarse la solidez de los cimientos y de las estructuras. Afortunadamente,  ya no pienso lo mismo. La Lara de ahora ha corregido los defectos de entonces, del mismo modo que yo he aprendido con los años a valorar más una literatura que en aquella época me resultaba, pese a su indudable calidad, algo lejana a mis gustos. Lo que sí ya pensaba entonces y sigo pensando ahora  es que en la medida que Lara sea capaz de seguir domando ese inmenso pura sangre que es su talento, va a llegar más lejos que nadie. En realidad ya está llegando. Basta con echar una ojeada a su última recopilación de cuentos, Cuatro veces fuego (Tropo) para darse cuenta de ello. Incluso el punto débil del libro, su irregularidad, sólo es achacable a un motivo: las altas cotas que consigue con La menuda o Futuro imperfecto, dos cuentos magistrales merecedores de figurar en cualquier antología del cuento español de ahora (precisamente La menuda está incluido en la antología de Gemma Pellicer y Fernando Valls Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, Menoscuarto ).

Pero si Lara representaba ya entonces una incipiente realidad, el gran descubrimiento del taller fue Rebeca Le Rumeur. Nadie personificó mejor que ella la completa transformación del Dellwood en un verdadero laboratorio literario. Y es que después de unos principios algo titubeantes,  quizás lastrados por su timidez y su excesivo respeto hacia el carácter más lúdico del Dellwood, empezó a destaparse  con una serie de cuentos que, aparentemente naïfs, desvelaban una complejidad y un mundo interior realmente tenebrosos. Además, dio muestras de una versatilidad envidiable. Y es que era capaz de abordar con la misma excelencia cualquier cosa que se propusiera, desde cuentos de tramas policiacas hasta otros de tintes alegóricos dignos del mejor Manganelli. Sin embargo, sus ambientes y su prosa contenida y concentrada no resultaban siempre fáciles de apreciar en una primera lectura, y no era hasta que  hacíamos una segunda o tercera en casa que nos dábamos cuenta de la gran riqueza de matices que escondía su mundo aparentemente sencillo.  Yo no lo hice siempre, por lo que no ha sido hasta la relectura de algunos de estos cuentos en su primer libro, Lola Dinamita (El Desvelo), cuando he podido redescubrirlos, y, de paso, darme cuenta  de lo fantàstica escritora que ya era entonces, mucho mejor de lo que creía. Estoy plenamente seguro de que si fuera una autora extranjera publicada en Acantilado o Anagrama, ahora mismo estaríamos hablando de ella como de una autora de culto. En realidad para mí ya lo es.

Y si Rebeca fue el gran descubrimiento del Dellwood, Elvira Navarro siempre fue la gran tapada.  Y es que las posibilidades de Elvira Navarro como escritora siempre me resultaron difíciles de calibrar en el Dellwood.   Aunque es cierto que nos leyó algunos de sus mejores relatos, como Expiación o Paris Périphérique, a Elvira Navarro siempre le gustaba pasar desapercibida.  En la mayoría de noches se limitaba a escuchar los textos de los demás o a leer pequeños textos breves que ahora mismo, pasados los años, se me antojan como fantásticos ejercicios de escapismo. No sería hasta meses más tarde de la disolución del Dellwood cuando algunos de sus antiguos compañeros descubrimos, con la lectura de Cabeza de Huevo, lo cerca que ya estaba de publicar su primer libro. La publicación de éste, La ciudad en invierno (Caballo de Troya), la convertiría inmediatamente en lo que es ahora mismo, uno de los valores más sólidos de nuestra joven narrativa. Su segundo libro, La ciudad feliz (Mondadori, Prermio Jaén de Novela 2009) y su reciente inclusión en la selecta lista de 22 jóvenes narradores en español de la revista Granta – en la que presenta Las cartas de Gerardo, el fragmento de una novela en curso –  son los siguientes pasos de una escritora destinada a perdurar.

Por su lado, el caso de Coradino Vega escapa de toda sorpresa. Desde el principio supe que era un narrador fantástico, capaz de abordar con solvencia cualquier historia que se propusiera.  No obstante, si de algo adolecían sus cuentos era de lo que, por ejemplo los textos de Lara, Elvira y Rebeca iban completamente sobrados: de una personalidad arrolladora. Como si aún no terminara de creerse sus magníficas dotes de narrador,  Coradino se escudaba en muchas ocasiones detrás de homenajes más o menos velados a sus grandes maestros (Marsé, Moravia, Coetzee, Philip Roth) para evitar afrontar a pecho descubierto su propia imagen en el espejo, la descripción de un mundo que sólo él puede narrar mejor que nadie: el suyo propio. Su notable debut novelístico, El hijo del futbolista (Caballo de Troya), no es más que el primer capítulo de un fantástico desenmascaramiento.  Por el camino ha conseguido algo de lo que pocos, muy pocos de los escritores de hoy en día pueden alardear, y con lo que yo ya me conformaría: la primera novela de aprendizaje de la generación del baby boom y, de paso, un pequeño clásico que se seguirà leyendo en su pueblo, Riotinto,  de aquí a cien años.

Por último, cómo olvidar la maestría incomparable de Recaredo Veredas en las distancias cortas. Un relato breve sobre las tentaciones homicidas de John McEnroe durante un partido de tenis me descubrió una forma de narrar  completamente ajena  a la oscuridad e intimismo que reinaban en el Dellwood: una mirada que mostraba una capacidad extraordinaria para diseccionar con precisión quirúrgica las pequeñas miserias de la existencia, y que me recordaba muchísimo a la Patricia Highsmith de Pequeños cuentos misóginos. Aunque también se maneja a la perfección en distancias más largas –su primer libro, Pendiente, publicado en Dilema, es un ejemplo de ello-, nunca dejaré de idolatrar sus microrrelatos, entre los mejores que se escriben hoy en día en España.

Y aquí me detengo. Aunque sea injusto con otros compañeros como Roberto Terán, Fernándo González-Ariza, Daniela Martín Hidalgo, Carlos Valdés, Celia Recarey, Carlos Suárez, Natalia Sanz, Cristina Moreno Valseca o Libertad Luengo, espero que me perdonen. Me despido de todos ellos entonando una canción algo cursi que, de tanto escucharla en garitos de medio pelo,  ha terminado por gustarme. Me refiero a la de Amaral, Son mis amigos (“aunque de algunos no sé más nada”).

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Una respuesta a Taller Dellwood

  1. umm, interesante, conocéis algunos lugares donde se realicen este tipo de encuentros en Madrid? si que me gustaría participar en ellos…

    un saludo!

    Akaki
    5 abril 2011 at 14:55 pm

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