Fin de año: reflexión sobre los valores

Por Carlos Javier González Serrano.

Hesíodo escribe en Los trabajos y los días: «Yo que sé lo que te conviene, gran necio Perses, te lo diré: de la maldad puedes coger fácilmente cuanto quieras; llano es su camino y vive muy cerca. De la virtud, en cambio, el sudor pusieron delante los dioses inmortales; largo y empinado es el sendero hacia ella y áspero al comienzo; pero cuando se llega a la cima, entonces resulta fácil por duro que sea».
En líneas generales, nos topamos con dos tipos de problemas al bregar con los valores: los que tienen que ver con su ser, con su modo de existencia, y por otro, el conocimiento que de ellos poseemos. Así, centraré este artículo en dos cuestiones capitales y que se derivan de ambas dimensiones esenciales: la aparente subjetividad de los valores y el conocimiento que de ellos tenemos.
Recordando a M. Scheler, distinguimos cinco momentos bien diferenciados: en primer lugar, el portador del valor, lo que denominamos el bien; en segundo término, el propio valor; tercero, la percepción sentimental del valor; en cuarto lugar, el estado sentimental en que el valor percibido nos deja; y por último, los estados de sentimiento sensible que acompañan al anterior estado.
Así, por ejemplo, en la percepción de un bello paraje distinguimos por un lado el portador del valor, en este caso el paisaje; el peculiar carácter de belleza que entraña tal visión, donde encontramos el valor; la percepción sentimental de tal valor; el estado de sentimiento en que la belleza nos ha situado, y por último, el estado sensible que nos proporciona el anterior estado sentimental sugerido por la belleza.
Pero… ¿dónde encontramos los valores?, ¿qué tipo de ser tienen? Para Hume, los valores son producto de un tipo muy concreto de creación que corre a nuestro cargo –a partir de la observación de un hecho. Los valores, en definitiva, están puestos en las cosas por nosotros, y en ellas no nos es posible encontrarlos sino por la proyección sentimental que hacia ellos derivamos de nuestras percepciones sensibles: los valores son, de este modo, percepciones sentimentales. El caso de Hume nos basta para caer en la cuenta de la imposibilidad de mantener este subjetivismo, encaminado sin remedio al puro relativismo, a la incapacidad de conocer los valores. El problema es realmente serio, porque si los valores dependen, en efecto, de nuestros posibles estados sentimentales y las proyecciones “de valor” que sobre los hechos –sobre nuestras percepciones- predicamos, nos situamos en un escepticismo axiológico del que, por así decir, todo se sigue. Sin embargo, el mundo material puede fluctuar y cambiar notablemente mientras que el valor que en él percibimos no varía en absoluto.
Ahora bien, en este punto se nos presenta el siguiente eslabón del problema: ¿qué relación existe entre el mundo material y los valores? Por un lado encontramos la cosa percibida, el depositario del valor (por ejemplo, una rosa roja), y por otro, nuestro percibir sentimental del valor (por ejemplo, la belleza de la rosa). Nuestra pregunta es: ¿hay dependencia entre el orden de lo material y los valores?
Para ejemplificar lo anterior podemos poner nuestra atención en un recuerdo, lo que nos sugiere hic et nunc tal o cual momento pasado de nuestra vida: si bien logramos evocar con todo grado de nitidez el valor, y nos inunda paralelamente una sensación de bienestar o malestar anímico, no encontramos en ocasiones la imagen o el recuerdo claro de lo que ocurrió con todo detalle. Esto se nos da claramente sobre todo en el plano hedónico, concretamente con el sentido del olfato: múltiples veces han sido las que captamos una fragancia que nos incita, de manera instantánea –sin dejar tiempo siquiera a la memoria para actuar– a experimentar un estado sentimental de placer o displacer, debido al “recuerdo” grato o desagradable que el olor en cuestión nos proporciona. Sólo en una reflexión posterior logramos en ocasiones asociar aquella fragancia con su depositario. Por ello nuestra conclusión es, en primer lugar, que los valores, o mejor, la percepción sentimental que de los valores poseemos, es independiente de los cambios que se den en el mundo material; después, si bien admitimos tal independencia, no podemos del mismo modo colegir que los valores se den sin que haya depositarios de valor. Así, los valores determinan el sentido del mundo material.
Pero… ¿cómo captamos un valor? Lo cierto es que no encontramos los valores como existentes en el sentido estricto de la palabra, no decimos que aquí está la belleza y allí lo agradable, sino que experimentamos por una suerte de sentimiento sus contenidos. Mas ¿qué nos indica este tipo de captación? Nos muestra, de nuevo, el carácter peculiar en que se nos dan los valores: el valor se caracteriza por la no-indiferencia: tal es la esencia del valor; los valores valen.
Afrontamos entonces un problema igualmente serio: esta no-indiferencia es captada de modo distinto por cada uno de nosotros. En los valores caben muchos “peros”: ¿cómo explicamos que esta pieza musical me parezca bella y a otro no? De modo análogo, ¿cómo un cuadro de un artista eminente es a mis ojos una maravilla y para los de otro un caso de explícita fealdad? Aunque prediquemos de los valores una objetividad de su materia independiente de todo su contacto con el mundo material, hemos de saber cómo hacernos con ella; correlativamente, se encuentra el problema de saber, de modo cierto, cuándo estamos en lo verdadero, es decir, cuándo sabemos sin error que un valor es el que es, cuándo la materia del valor coincide con el valor cuyo nombre ostenta.
Para salir de este embrollo, pensemos en los colores, por ejemplo en el amarillo: no encontramos otra forma de definir este color que no sea expresando su cualidad de ser amarillo; decimos de una cosa que es amarilla, y no tenemos de hecho otra forma de expresar tal cualidad. De la misma manera, un valor no puede constituir una relación –ni siquiera un conglomerado de propiedades determinadas: al expresar qué caracteres comunes constituyen a todas las cosas que son bellas no podemos hacerlo sino explicitando que lo que albergan en común es su ser bellas, la belleza misma.
El subjetivismo se nos antoja como la gran lacra de los valores; si en verdad arribáramos a la conclusión de que los valores son subjetivos, no cabría ciencia posible sobre ellos, y toda nuestra discusión sería en balde. El relativismo axiológico sería lógicamente verdadero, y con ello toda opinión sobre los valores, o mejor, toda captación de valor sería, con independencia de su materia, válida. Mas ya establecida la independencia del mundo de valores con respecto al material, centramos nuestra atención sobre el terreno epistemológico y nos preguntamos: ¿cómo conocemos los valores? ¿Por qué en ocasiones lo que a unos parece bello, otros, sin embargo, lo encuentran despreciable? ¿Cómo conocer los valores?

Hagamos un alto en el camino para analizar brevemente un caso concreto: mientras paseamos, observamos que cerca de nosotros se está produciendo un asesinato; de forma casi inmediata se da en nosotros un acto valorativo, y el asesinato pasa a ser, a su vez, un acto cargado de valor. Afirmamos que tal hecho nos parece malo, abyecto, despreciable… La duda que surge inmediatamente en este contexto es: ¿dónde se encuentran los valores?, ¿dónde los reconocemos: en el hecho que supone el asesinato o en una suerte de abstracción que realizamos a posteriori?, ¿son los valores producto de una creación? Hume nos explica, como ya dijimos, que nuestros valores son el producto de una impresión de sensación; reconoce que el valor es un recorrido biunívoco: percibimos un hecho, el hecho nos sugiere una suerte de impresión, e interiorizamos esta misma como valor; el valor es entonces el ropaje con el que disfrazamos lo que percibimos, es una creación nuestra. El valor surge de nosotros, y el depositario de valor no lo es sino en virtud de nuestra apreciación.
Ahora bien, y he aquí el gran problema de la tesis subjetivista: mientras que presenciábamos el asesinato y sentíamos un alto desprecio por nuestra visión, un hombre que pasaba cerca de nosotros, en vista del mismo espectáculo, comienza a reír; casi enloquecidos por lo grotesco de la situación, preguntamos a esa persona el motivo de su risa, a lo que nos responde que lo que ve le parece ciertamente cómico. Más confuso con respecto a nuestro problema del conocimiento de los valores es la posición que algunas personas mantienen cuando, en vista de un robo –por ejemplo- se les pregunta sobre la opinión que les mereció tal acción, a lo que ellos contestan: “me es indiferente”. ¿Es que las acciones que están aparentemente cargadas de valor pueden ser indiferentes?, ¿nos mienten tales personas al declarar su indiferencia frente a un acto claramente denigrante?, ¿o, por el contrario, el problema no se encuentra en las personas -y son los valores los que fluctúan con respecto al estado de cosas que se da en el mundo? Esta última tesis ya la dejamos anclada más atrás en nuestro análisis de que por un lado se encuentra el hecho, y por otro el valor. Sin embargo, también dejamos claro que los valores no podían ser relaciones, sacando a la luz el ejemplo del color amarillo. Nuestro problema es ahora distinto: ¿dónde encontramos el valor? También hemos afirmado que hay un depositario del valor; de acuerdo a esta tesis el valor ha de encontrarse en su depositario, en la cosa que lo porta; en este caso, ¿cómo percibimos los valores y qué nos faculta para predicar la pretendida objetividad?
Ortega nos explica al respecto que algo es deseado o querido porque merece ser deseado o querido, lo que nos acerca a denotar una de las características fundamentales de los valores: existe una jerarquía en la esfera de los valores, y en ella, una polaridad de la que somos conscientes: lo bueno tiene su contrario en lo malo, como lo bello en lo horrible. Y aquel merecer es una cuestión de derecho, es una exigencia.
En nuestras inclinaciones hacia las cosas ya está impregnado un valor; el mismo acto de preferir –el recorrido que supone- conlleva ya un valor. Gracias a una suerte de disposición de ánimo captamos los valores. A partir de este acto no captamos el amor y el odio hacia las cosas, sino que el proceso es inverso, es decir, son el amor y el odio los que nos facultan a valorar las cosas; es una suerte de posición de nuestra capacidad de sentimiento la que nos socorre en la tarea de aprehender los valores. Por ello, ya nuestro acto de preferir no es neutro, sino que conlleva cierto valor; la actitud de tender hacia un valor en detrimento de otro es ya depositaria de valor.
El valor otorga sentido a la existencia; mas este sentido es captado por nosotros a través de una suerte de orden interno, lo que nos sume –a quien en todo esto crea- en un existencialismo.

«La doctrina que yo les presento es justamente lo opuesto al quietismo, porque declara: “Sólo hay realidad en la acción”; y va más lejos todavía, porque agrega: “El hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza, no es por lo tanto más que el conjunto de sus actos, nada más que su vida”» (Sartre, El existencialismo es un humanismo. Ediciones Folio. Barcelona: 2007, p. 27).

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