Las guerras dentro de la guerra

Por Facundo Duvón.

Quizá sea una consecuencia más de esta aburrida partida de ping pong política a la que nos obligan a mirar prensa, radio y teles del país –y digo aburrida no por el deporte de mesa, trepidante e hipnótico cuando se juega bien, sino por los cansinos políticos–, pero de un tiempo a esta parte el cine español vuelve a revisar nuestra maltratada Guerra Civil, y su fotogénica posguerra, y la España dividida, empobrecida y rota que tantas veces hemos visto atiborrada de maquillaje y actrices demasiado guapas para mostrar el horror que alumbró. Cansados de batallas políticas aún activas, cansados de zafiedades y simplezas, los cineastas miran atrás, quizá con el deseo de contar de otra manera el pasado, haciendo hincapié en otros aspectos menos abordados y dejando el maniqueísmo a los jugadores de ping pong de allí arriba. Balada triste de trompeta, Pan Negro, Caracremada, por ejemplo, son películas que tocan y trastocan, cada una a su modo, la enquistada revisión cinematográfica de nuestra España en guerra, de fondo y de forma, para ir más allá con apenas aludir al dichoso conflicto. En todas ellas, sus protagonistas sufren las consecuencias de aquel episodio bélico, pero sus tramas no se ceban con la madre del cordero.

En el terreno de la no ficción también ocurre lo mismo. Mucho han cambiado las formas desde aquellos trabajos de José Luis López Linares y Javier Rioyo de hace una década (Extranjeros de sí mismos, 2001), o de Jaime Camino (Los Niños de Rusia, 2001). Por suerte, los realizadores de documentales no olvidan las consecuencias de la Guerra Civil, ni su resultado. Por suerte también, el modo de arrimarse al horror ya no requiere imágenes de archivo, contextos ni bandos. El espectador que sigue interesado en este tipo de cine ya conoce el asunto, de sobra. Incluso aporta sus propias reinterpretaciones familiares, fílmicas, literarias cuando se sienta ante un documental con Guerra Civil de fondo. Así, el documentalista se ve libre de corsés, estereotipos y visiones maniqueas, lo cual invita a pensar que quizá el cine español sí está evolucionando, aprendiendo a mirar nuestro pasado de una manera más “europea”. Con ese espíritu libre rememoró Valentí Figueres las guerras de Cipriano Mera en Vivir de pie (2009), y también lo hace el documentalista Luis Argeo en su segunda película Corsino, por Cole Kivlin, un trabajo tan distinto a los que se han visto sobre los Niños de la Guerra como su propio protagonista. El documental podría resumirse así: en 1937, Cole Kivlin abandonaba España durante la Guerra Civil siendo un niño de siete años, siendo Corsino Fernández. Sesenta años después, y según narra el propio protagonista con la ayuda de un libro biográfico, emprendía el viaje de vuelta desde su hogar en Texas (EE.UU.), sin saber qué ni a quién iba a encontrar en su Asturias natal. En la película, y a sus 80 años, este expatriado cuenta la historia de su vida como si de una novela se tratara. Y mientras desmenuza el pavo en la cena de Acción de Gracias, intenta adornar su pesadumbre y sentir más a su semejante, esa otra persona más pegada a quien tuvo que haber sido siempre: Corsino.

Es así, mediante la recreación de una historia ya contada, como Cole evoca su pasado oscurecido por la lejanía y el silencio, evocación que le traslada a los recuerdos del niño que un día fue, de Corsino. Y mientras el espectador conoce a Corsino y sus desventuras por los orfanatos de Francia primero, luego de Estados Unidos, también va conociendo a la figura en la que se fija Luis Argeo, Cole Kivlin, y en esa familia suya texana, hijos y nietos reunidos en torno a una cena y un American way of life que también se han visto en el cine con sobrada atención. La guerra está presente, claro, pero hay en este documental otras guerras mucho más interesantes que derivan de aquella que arrancó en el 36. Como la guerra interior de un hombre que busca su identidad perdida, que la encuentra y que llegado ese momento vive el alivio y la responsabilidad de sentirse de aquí y de allá, sin renunciar a ninguna de sus dos personalidades. O como la confrontación del individuo desamparado, el niño texano de la guerra, frente al colectivo de niños que acabaron sus infancias bajo el patrocinio del aparato soviético. Y esa otra gran batalla, la de la memoria contra el tiempo, que siempre deja desprotegidos los detalles y rincones de la Historia. Corsino, por Cole Kivlin es, en definitiva, otra manera más cálida de revisar el pasado y un ejercicio fílmico para hilvanarlo con nuestro presente, personalizándolo en uno de los protagonistas olvidados de aquella maldita guerra.

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