Tokio

Por Fernando García Malmierca

El pasado trece de Enero se inauguró Tokyo, del artista César Ordóñez. La exposición puede verse en la galería Rita Castellote de Madrid, que viene mostrando un plantel de fotógrafos internacionales de primer orden como Silke Lauffs o Antonio D’Agata.

La muestra permanecerá abierta hasta el 26 de Febrero y en ella podemos ver una recreación personal, vivencial y detallista de la Nueva York oriental, la urbe que Cesar tan bien conoce y que a la vez nadie puede llegar a conocer bien. En las dimensiones inhumanas de la misma y su mutabilidad, encuentra Cesar Ordóñez un paisaje humano y existencial donde la amistad y la sugerencia erótica nos lleva a una profundidad que sólo encuentra el viajero que se queda, que fermenta sus sensaciones pasando a ser sentimientos, sentimientos eternos de nostalgia, deseo, misterios varios, que se desgranan en sus fotos, en la invitación al placer y al peligro. Las fotos de Cesar son sintéticas sin renunciar a un comedido ornato y una densidad media que no apabulla al espectador, para traernos con frescura y pasión,  unos trocitos, revelados, del país del sol naciente.

Desde la atalaya occidental se observó el mundo y sobre todo el Oriente, en una mezcla de admiración y deseo de dominio,las distintas guerras pusieron el lado más amargo de la tensión colonial. Pero ahora es tiempo de la hibridación cultural, ante el empuje de los gigantes asiáticos, que de forma silenciosa han tomado un auge inusitado, dándole la vuelta en el siglo XXI a la percepción de privilegio económico y cultural que venia de la época de los imperialismos decimonónicos. Desde que la seda cautivó a la burguesía europea, la curiosidad por la “Isla cerrada” y sus refinadas costumbres no ha dejado de producir literatura, el misterio asiático empieza a ser ilustrado con la fotografía que acude a lugares comunes y tópicos occidentalizados que tocan sólo la superficie de Japón, nada mas lejos de la fotografía de Cesar, que indaga en sus profundidades humanas, en una ciudad donde lo cercano se aprehende a través del deseo, su fotografía está esperando a que entres en el misterio. En una de sus  imágenes una chica te invita al silencio, al placer; al lado, a través de los peces puedes ver la ciudad del cielo, las torres movidas de dos edificios te llevan a una primera mirada de ensueño, todo se une en un espacio de reportaje onírico, sincopado, fragmentado en detalles de fantasía y realidad en pequeñas dosis, como la comida nipona, bocados pausados de una y otra cosa. Una puerta abierta te invita a entrar, a subir las escaleras del deleite y el riesgo, así la ciudad multiforme se pone con nosotros y ante nosotros a mostrar sus entresijos cotidianos y privados.

Ordóñez nos lleva a una fiesta en la playa, donde los cuerpos rebosan sexualidad y premonición de tragedia, cuerpos de amantes que recuerdan guerreros del imaginario colectivo de oriente que todos tenemos, exóticos y admirados por su rotundidad artística y humana, ellos aquí, en este confín de Occidente como exóticos y admirados somos nosotros en el confín de Oriente.

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