“La isla soñada”, de Olga Leal

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“La isla soñada”, un relato de Olga Leal.

Mientras sobrevolaba el océano atlántico, recordaba cuando le dijeron que había una isla a la que la gente acudía para refugiarse de lejanos temporales. En aquellos tiempos le pareció la mejor opción y, ciertamente, aquella isla fue, poco a poco, cubriendo cálidamente los desgatados lugares de su persona. Sin embargo, viajaba ahora hacia ella con la incertidumbre de si realmente la había habitado, o simplemente la había soñado.

Ya descendía el avión sobre la isla y ella se acercó a la ventanilla. Solo se veía agua y más agua, el gélido mar por todas partes. Como siempre sucedía, hasta el último minuto, cuando el avión aterrizó bruscamente, no pudo admirar el color ocre de esas tierras baldías. Esta visión desazonadora incrementó su desánimo, si bien se irguió cual junco en cuanto sintió el fuerte y enérgico viento que parecía proceder de la isla de Eolia.

Una vez en tierra, contempló a lo lejos la enhiesta torre que despuntaba sobre las encaladas casas terreras, y comenzó a recorrer las playas quemadas por el sol y el ardiente fuego. Se deslumbró nuevamente con sus inmaculados pueblos, y volvió a asustarse en sus apagadas noches. Se alojó en lugares hospitalarios en donde todo era amabilidad y dulces aprecios, risas y chanzas para animar su espíritu, pero no estaba en casa…

Regresó a El Golfo y al Charco de Los Clicos, pero ni siquiera éste pudo reverdecer su esperanza. Decidió entonces seguir los caminos del norte, atravesando paisajes lunares y montañas mordidas por la lava. Se asombró de nuevo ante la ausencia de cantos de pájaros en esa tierra desnuda de árboles, y se escondió como si fuera vid, ocultándose del viento en círculos de piedra, mientras los chinijos chapoteaban a su alrededor, mirando desde allí las veloces nubes de un cielo siempre cambiante.

Cuando, por fin, se dirigió en tambaleante embarcación hacia “La Graciosa”, la pesadumbre aún no la había abandonado. Tras caminar largo rato por senderos plagados de aulagas, llegó a la mágica “Montaña Amarilla”, pero no pudo ver la luces iridiscentes que irradiaban sus majestuosas vetas doradas, percatándose con angustia premonitoria de que el sueño se había ido. Entonces se desplomó, y entre temblores soñó que estaba en el jardín sombrío al que los solía llevar el abuelo, quien los encaminaba con gesto adusto y porte distinguido hacia el templete de los miedos. El anciano señor engañaba a los niños con sus manos de mago y sus juegos de antaño, pero a ella no la veía; creo que la ignoraba porque le disgustaba su mirada enjuiciadora de niña silenciosa y, ante tal osadía, él empuñaba su mirada de roble cercano a la muerte. Desconocía ella entonces que las personas asustadas son crueles, pero, en cualquier caso, escapó aterrada, entre pinares y dunas, hasta atisbar la desembocadura del río Segura y, una vez allí, intentó vanamente arroparse entre sus juncos salvajes. Todo estaba oscuro cuando despertó, pues el sol que tantas veces había abrigado su piel, quemaba ahora sus ojos y ahogaba su garganta; intentó ponerse en pie pero ya no pudo, pues el descontrol desgarraba sus sentidos y le impedía respirar. Allí se quedó entre los juncos, soportando los iracundos embates del viento, y ya no la reconozco.

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