De la política

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Por Miguel Barrero.

No sé si ustedes lo han visto, pero circula por Internet un vídeo impagable en el que una diputada del PSC-PSOE en el Congreso de los Diputados comparece ante los medios, por lo que parece a última hora de la tarde, para informar de las circunstancias en las que se están desenvolviendo las reuniones del Pacto de Toledo. Como pertenezco al gremio y estoy más que curtido en esa clase de cosas, mi primera reacción fue la de alegrarme por no ser yo uno de los periodistas a los que le tocó estar allí sentado atendiendo a las palabras de la susodicha diputada, una tal Isabel López i Chamosa que es también administradora de una bitácora digital donde las faltas de ortografía y las incongruencias gramaticales campan por sus respetos, porque si algo hace ella es precisamente todo lo contrario de aquello para lo que se supone que debe servir una rueda de prensa, es decir, para aclarar, justificar o explicar datos que supongan alguna novedad, bien por sí mismos o bien porque modifican otros preexistentes que pierden su vigencia al ser sustituidos por los nuevos. En realidad, lo que la señora López i Chamosa acomete es una demostración de barullo mental, de indigencia intelectual, de pobreza dialéctica, que, por decirlo en román paladino, sólo sirve para meter miedo. Y, después de ver el vídeo cuatro o cinco veces, no sé qué me avergüenza más: si la torpeza de la que presume esa diputada de la que nunca antes había oído hablar (por suerte) o la falta de sentido del ridículo que se presupone en alguien que, aun consciente de sus limitaciones (porque no creo, o no quiero creer, que no lo sea), no duda en ponerse de cara al público para soltar todas las atrocidades que se le ocurran en ese momento.

No quiero decir con esto que los diputados del PSOE sean unos analfabetos, porque lo peor de todo es que el mal está extendido a lo largo y ancho del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo y de todos los hemiciclos de que disponen las diecisiete autonomías que conviven en esta desgraciada España nuestra. Lo que quiero decir es que llega un punto en que se hace inevitable preguntarse en manos de quién carajo estamos, y ese interrogante, sensatamente meditado, no puede llevar a otro sitio que a la detección de un problema tan evidente como gravísimo que tiene su raíz profunda en el lenguaje. Sabemos, porque nos lo han repetido una y mil veces hasta la saciedad, que la democracia es el gobierno del pueblo o, por decirlo siguiendo a la Real Academia Española de la Lengua (que hace las cosas bien cuando no se dedica a quitar tildes, pero de eso hablaremos otro día), la «doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno» o el «predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado». Ocurre que, en la interesada acepción del concepto de pueblo que suele tener la política, tal definición se traduce en el axioma de que cualquiera (y cualquiera es cualquiera) puede acceder a un cargo de responsabilidad con tal de que se afilie a algún partido, aguante palos y carretas el tiempo conveniente y termine haciéndose con los favores del secretario general de turno. Decía Platón en La República que la forma ideal de Gobierno era aquélla en la que una élite intelectual gestionaba los asuntos de sus conciudadanos, que no estarían lo suficientemente preparados para el ejercicio del poder. Aquí, y en muchas otras partes, se ha llegado precisamente a lo contrario. Conozco a auténticos cabestros que han conseguido hacer carrera en más de un partido político, y a mucha gente inteligente y honesta que, pese a militar en ese partido, se vieron relegados por no comulgar con ruedas de molino ni estar dispuestos a tragar con el primer inepto que entraba por la puerta de la sede. En vez de medir muy mucho quién va en las listas electorales para tener claro que los candidatos a los elecciones serán los mejores (esto es, los más solventes, los más dignos, los más preparados para el ejercicio del poder), las candidaturas se confeccionan siguiendo tejemanejes tan burdos y chabacanos que da vergüenza mencionarlos y que terminan irremediablemente con las López i Chamosa de la vida dando lecciones de estulticia desde la primera tribuna que se les pone a tiro porque los inteligentes, los preparados, los serios, siempre acaban desistiendo y dedicándose a otra cosa ante tanto despropósito. Aristóteles, que también era un tipo listo, aseveró que el dominio de la retórica era una condición indispensable para ser un hombre público. Mirando a las Leirespajines, los ariascañetes, los martinezpujaltes, los carodroviras y demás fauna parlamentaria, lo único que uno puede hacer es apretarse los machos y rezar para salir lo más airoso posible de esta nueva invasión de los bárbaros.

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