Apple o cuando Eva venció a Adán

Por Javier Franco.

En el principio fueron Adán y Eva. Más tarde fue la televisión. Y la publicidad. Con ella llegaron el descaro de Bill Bernbach y su campaña para Volkswagen. Con ella llegaron Apple y la mayoría de edad de la publicidad televisiva. La tentación de la manzana volvía a atacar.

Pocas veces una fecha ha sido señalada tan en rojo por el gremio publicitario. Era un 22 de enero de 1984. En las televisiones americanas el acontecimiento planetario se llamaba Super Bowl. Para esa fecha la marca de ordenadores más conocida del planeta -con el permiso de Microsoft, evidentemente- había decidido hacer su entrada en el olimpo de la publicidad. Por la puerta grande, elaborando una obra maestra del género, un spot que, como pocos, ha conseguido permanecer en nuestras retinas hasta nuestros días. Y eso es mucho decir en un mundo como el de la publicidad, en el que las cosas están hechas para usar y tirar.

Los ‘chicos de la manzana’ se tomaron esto a último a rajatabla, pues hicieron su apuesta a una única carta, como aquel que cree tenerlo todo perdido y echa una última mano en busca de la diosa fortuna. En esta ocasión, la marca de ordenadores jugaba en una mesa en la que las apuestas eran a todo o nada. La Super Bowl, el terreno de los grandes anunciantes, el acontecimiento televisivo por excelencia, aquel en el que apenas 30 segundos pueden llegar a costar varios millones. A cambio, las marcas pueden conseguir la no despreciable suma de 111 millones de espectadores (audiencia a la que se ha llegado en la última edición, celebrada hace apenas unos días). En su momento, el anuncio de Apple no llegó a esa cifra de espectadores. Sin embargo, la promesa de una audiencia millonaria hizo que los chicos de Apple se gastaran todo el presupuesto publicitario en el día y la fecha señaladas.

La jugada debió salir bien pues, a pesar de que el anuncio sólo fue emitido una vez en TV -excluyendo, claro está, futuras reposiciones en programas especiales-, sigue siendo hoy en día uno de los comerciales más conocidos del planeta. Y, para muchos, el mejor de la historia de la televisión.

Quizás sea su capacidad para cautivar desde el primer momento. Apenas hacen falta dos segundos para reconocer al instante el universo antiutópico de la novela de George Orwell, 1984. Un mundo postapocalíptico en el que el Gran Hermano y el pensamiento único campan a sus anchas. A la altura de otros mundos futuribles del estilo del mundo feliz de Aldous Huxley o de la novela Farenheit 451, 1984 nos pone ante un espejo al que no podemos dejar de mirar. Y esto es algo que la gente de Apple supo aprovechar a la perfección.

De todos es sabido la eterna confrontación entre la marca de la manzana y el emporio informático de Bill Gates y compañía. Microsoft fue hasta hace unos años la única y principal voz en el mundo de los ordenadores. Apple se limitaba a mirar desde la barrera. Si había (y sigue habiendo) un ring en el que la marca de Steve Jobs llevaba la delantera a su colega Bill, ese era la arena publicitaria. La eterna segundona siempre se caracterizó por realizar una publicidad impecable, desde su genial eslogan “Think Different” -reminiscencia a la campaña de Bill Bernbach incluida- hasta este 1984.

Lo cierto es que pocas campañas publicitarias se han atrevido a ir tan lejos en el terreno de la ficción. En apenas 60 segundos el anuncio de Apple conseguía construir toda una historia con su protagonista, su malvado de película y su final feliz. Esa atleta, que con su maza despertaba a los esclavizados hombres de 1984 de su sueño dogmático, se convertía en toda una heroína que nada tenía que envidiar a las actrices de Hollywood.

Y, a pesar de este arrebato literario, no había que ser muy inteligente para poner cada etiqueta en el lugar indicado. Por si ni fuera suficiente, la gente de Apple nos lo recordaba -acaso hubiera algún despistado- al final del anuncio: “El 24 de enero Apple Computer presentará Macintosh. Y tú verás por qué 1984 no será como 1984”. Sencillamente, genial.

Apple volvía a ganar la batalla publicitaria, haciendo de su desafío al pensamiento único -a saber, el monopolio de Microsoft- su seña de identidad. La manzana prohibida, el suculento símbolo de la marca, se volvía a convertir en la gran tentación (publicitaria). Claro que, en esta ocasión, Eva iba a ser más lista que Adán.

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