“Julianna”, de J.S. de Montfort

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“Julianna”, un relato de José Sabater de Montfort.

Sobre unos caballetes enormes estaba el barco. De espaldas al embarcadero y a los pantalanes. Había que pintar todavía la quilla de negro para que no se adhiriesen los mejillones –eso me había dicho Roberto por teléfono-. El barco tenía unas bandas azul oscuro, así que supuse que no le quedaría mal el negro.

El yate estaba tan nuevo que producía suspicacia. El reflejo humeante que produce el calor cuando se mira de lado, y que surgía de la parte superior de la cabina, ayudaba a componer un cuadro de imponente irrealidad, demasiado perfecto, pensé. Y era cierto que esperaba que me produjese una sensación parecida.

Mi novio Roberto se había comprado el yate para salir de pesca, según decía. Yo no sabía qué pensar porque ya tenía otro. Es cierto que el otro era más pequeño, pero éste me resultaba exagerado.

-Sube. Quítate los zapatos, por favor, y déjalos detrás, ahí sobre la rejilla -me dijo tan pronto me vio acercarme.

Él ya estaba arriba, dominando con su vista el resto de barcos que estaban en reparación. Allí, sobre la madera todavía sin barnizar, aguardaban uno de sus pares de náuticas viejas, marrones y de suela engomada.

No sé si era el sol, la imponencia del yate o el ruido estridente que con una pulidora hacían unos operarios a unos pocos metros, pero el caso es que me dolía la cabeza.

Los hombres se dedicaban a un velero de unos ocho o diez metros. Su mástil se disponía puntiagudo y firme en medio de un egregio y noble diseño de madera antigua, de apariencia aventurera, probablemente el tipo de embarcación que compraría una persona de vida interesante, uno de esos últimos viajeros románticos.

Había más barcos, pero el resto no me impresionaron lo más mínimo.

Había visto el barco de Roberto en fotografías, eran otros modelos que había construido con anterioridad la empresa naviera. Trabajaban bajo demanda. Y es cierto que en la fotografía esos barcos se veían esplendorosos y que, ahora, teniéndolo delante, me impactaba, pero, con todo, no sabría decir porqué, pero no me interesaba demasiado. Me parecía un barco, nada más, un barco, grande y potente, pero nada más.

Roberto parecía charlar con alguien que estaba afuera del club náutico. Un hombre que llevaba una gorra en la que se podía leer Let´s go fishin´. Me detuve antes de abrir la portezuela que daba a lo que Roberto llamaba “la bañera” y que, según había visto yo en su otro barco, cuando volvían de sus jornadas de buceo o pesca, se utilizaba para dejar las cañas y las botellas, las neveritas, la carnaza y todos los otros útiles necesarios para la actividad.

Entonces llegaron su madre, su hermana María Ángeles, y Rafa.

La cabina estaba cerrada con unas puertas de cristal. Dentro hacía un calor sofocante. A la izquierda tenía una mesa con unos mínimos bancos tapizados en azul. Olía del modo que lo hacen los objetos incontaminados. La madera, sobre todo, que parecía de buena calidad, y brillaba, y olía  a madera. No supe del tipo que era. Sólo que me parecía nueva, y cara, aunque no especialmente elegante. Comencé a sentirme un poco mareada.

María Ángeles no quiso subir. Llevaba el pelo suelto, en ondulaciones, se destacaban las formas de los rizos por la espuma moldeadora. Iba veraniega, con su camiseta blanca y las gafas de pasta negra, de sol. Y sus jeans azules, y unas chanclas con pedrería refulgente en la tira que la sujeta al dedo.

Su madre sí que subió. Me saludó conspicua, dejando caer su mano en mi hombro.

-Tienes algo raro en los ojos -me dijo su madre-, ¿estás bien?

-Me siento un poco mareada, nada más.

Y añadió para sí, pero dirigiéndose a su hijo: “Ahora entiendo por qué nunca la llevas en el barco, Ro, la pobre se marea en tierra…”. Y me miró compasiva, e hizo el tipo de muecas que se les suelen dispensar a los niños.

-Eh, hola –se presentó alegremente Rafa, el amigo de Roberto-, y me agarró del codo, mientras me daba dos besos, frotando sus dedos hinchados y venosos sobre mi antebrazo, con una confianza repugnante. No podía apartarme porque estaba contra la esquina, y tuve que soportar sus grotescas y bermellones mejillas, baboseándome la cara.

Roberto y su hermana tenían la costumbre de saludarse con un beso en la boca. No había nada malo en ello. Eso decía Roberto. Pero no lo hacían así la madre con los hijos. Sólo lo hacían entre ellos dos. Así que, dado que la hermana no hubo subido, fue Roberto quien bajó a saludarla. Juntos contemplaban la embarcación desde abajo. Por supuesto, se habían besado, de un modo habitual, familiar y legítimo, pero lo habían hecho. Me sentía molesta.

Ahora ella, su hermana rubia, estaba dando vueltas al yate, siguiendo a Roberto. Ella parecía temerosa por subir a aquel barco, pues lo miraba recelosamente.

Entré adentro y fijándome en la parte delantera vi el cogote de Rafa,  que estaba agachado. Vi que había abierto un pequeño redondel de cristal y supuse que sería la escotilla.

Sobre la mesa había un periódico nacional. Tenía fecha del día anterior. Me dispuse a hojearlo. Descubrí que en su interior, en la sección de economía, contenía un folio blanco. Tenía anotaciones: cantidades de dinero, fechas de entrega y otras cosas que no entendí. Roberto vendía sanitarios, grifería y azulejos, así que supuse que era algo concerniente a su trabajo, del cual nunca me hablaba, por más que le hiciera preguntas explícitas. “No es de tu incumbencia”, me contestaba siempre Roberto. Hasta que me cansé, y hube de aceptar el hecho tal cual era.

Roberto había vuelto a subir al barco.  Su hermana, por lo visto tenía prisa, así que se marchó. Sólo dijo: “Adiós, mamá”. No dijo nada de Julianna ni de Rafa ni de Roberto. Sólo: “Adiós, mamá”  y, eso sí, le mandó a su hermano un beso con la mano.

Ahora Roberto estaba enseñándole a su madre el manejo de los instrumentos de navegación. Parecía bastante sencillo, así que me apresuré a decir: “Igual que un coche, lo mismo”; lo dije sin afectación, simplemente constatando lo que me parecía sencillísimo, al ver el volante y algo parecido a un cambio de marchas  de esos similares a los semiautomáticos.

-¿Qué? -me respondió su madre, girándose.

Su madre estaba sentada sobre el asiento del piloto. Sostenía el volante entre las manos. Miraba hacia el frente. Pero hacia delante no se veía el mar, sino que la vista estaba dominada por un parking, al lado de un helipuerto, la carretera enfrente y después los edificios de apartamentos que lo copaban todo. Algunas toallas estaban sobre los balcones.

Apenas esbozándome una sonrisa, de lado, su madre siguió con las indicaciones de Roberto.

Abrí el periódico y comencé a hojearlo, por entretenerme. Cuando Roberto me escuchó haciendo ruido, y vio que lo tenía abierto sobre mis manos, en un pronto de educado desdén me lo quitó y sacó con enojo el papel blanco que contenía y que yo había visto antes. No me devolvió el periódico, simplemente lo echó encima de la mesa, doblado, sin mirarme, atento a las manos de su madre que se deslizaban hacia una caja que había sobre el cuadro. “Privado”, dijo. Siempre se comportaba así con las cosas que no quería que supiese. “Privado”, era su respuesta para casi todo lo que le concernía a él y no a mí.

Roberto le cogió la caja a su madre. Preferí no comentar nada más.

-Es el sónar, falta instalarlo todavía –y lo puso rápidamente de nuevo en el interior de la caja-, y, mira, éstos son los altavoces para el reproductor de cd, ¿te gustan? –su madre asentía, pero sin demasiado convencimiento- habrá que ponerlos estratégicamente, para que no rompan la armonía.

-Me parece bien, Ro.

Roberto se giró al ver a  Rafa, que acababa de entrar en la cabina y se frotaba el cogote y abría la boca.

-¡Esas ventanas por favor!  ¡Me estoy achicharrando!-. Su camisa era enorme, holgada, con dibujos de motivos surferos. Llevaba unas horribles bermudas amarillas y unas chanclas de playa, chillonas.

Pasó por mi lado rozándome con intención, y añadiendo “bueno, este pasillo es un poco pequeño, ¿no?”, y luego ya hablándome directamente, me dijo: “¿qué te parece Julianna?”. Pero no esperó a que le comunicase mis dudas sobre la utilidad del barco, o acaso mi deseo de saber su precio, o mi preocupación porque… qué más da.

Rafa abrió todas las ventanas de izquierda y derecha.

-Ven -le dijo Roberto a Rafa-. Y se metieron por la puerta que daba al interior, allá donde se veían almohadones a juego con los de los asientos de la mesa donde estaba yo sentada.

La madre de Roberto y yo habíamos salido donde “la bañera”.

-¿Qué tal todo?

-Bueno, pues la verdad es que…-estuve unos segundos en silencio- bien.

-Ah, estupendo; bien, bien, me alegro -dijo con una rápida y forzada delicadeza.

En ese momento la madre de Roberto sacó el teléfono que yo no había escuchado que sonara. Era uno de esos de almeja. Lo abrió. Estaba inspeccionando algo.

-He pensado en apuntarme a clases de buceo, porque en fin, Roberto estará ahora siempre con su barco y yo…

Me hizo una indicación con el índice, para que me detuviese en mi parlamento. Parecía escuchar algo en su teléfono, un mensaje quizá.

La madre de Roberto se miró el reloj, y le entró la prisa. Como no se  había descalzado no tuvo que recoger sus zapatos. Y ya estaba bajo, de camino a su berlina gris cuando me dijo:

-Tengo que irme. ¿Serás tan amable de decirle a Ro que su padre no podrá venir?

Y entonces inmediatamente se puso a hablar por el teléfono.

Pero de todos modos, de un ligero gritito llamó a Roberto, que se asomó lo suficiente para que su madre pudiese verlo y despedirse, y con una ligera inclinación del dedo, de izquierda a derecha, le hizo ver a su hijo que su padre, según era su costumbre –decir que sí y luego que fuera no-, tampoco se presentaría hoy.

Su madre ya tenía el coche en marcha, que estaba muy cercano al yate. Se había puesto unas gafas de sol de contundentes cristales.

Rafa y Roberto se habían echado sobre la cama; hacían como si peleasen. Y luego escuché a Rafa gimiendo, imitando a una mujer. “Ah, aaaah, ah”, gritaba. Me lo imaginaba sobre Roberto, fingiendo hacer quizá lo que quisiese hacer.

Y entonces hubo un grito fuertísimo.

Me metí adentro, “¿qué pasa?” . Mira esto, mira, dijo Roberto. Y presionaba con su mano un aplique de los armarios del ínfimo cuarto de baño. Parecía que estaba roto, pues aunque al presionar el botón del aplique éste hacia clic, la puerta no se abría. Pero lo que a mi me dejó perpleja es que no hubiese ducha en el cuarto de baño.

-¿Cómo puede ser? -dije sin pensarlo-.  ¡No hay ducha!

Ambos me miraron como si hubiese dicho un disparate. “Pues claro”, constató Roberto, “¿qué pensabas?”.

-Tendrás que mandar que lo arreglen -le decía Rafa a Roberto.

-Te lo has cargado tú, pedazo de cabrón.

-Vete a la mierda, anda- dijo Rafa en un despecho insustancial. Y le agarró del hombro, y dijo- venga, vamos -y volvieron a ponerse a jugar en la parte de adentro, lo que se correspondía con la cama.

-Ven, ven Julianna, ven -dijo Rafa-. Es supermullido. Ven y verás.

Entonces Roberto le increpó: “Calla, imbécil, no digas tonterías”. Y se irguió, quedándose sentado, mirándome, “¿qué ocurre?”.

No le respondí más que con la cabeza. De algún modo interpreté aquello como un mal presagio. No sabía exactamente por qué seguía negando con la cabeza, incapaz de articular palabra. Lo cierto es que noté cómo se me constreñía cierta parte del estómago, y la indisposición pareció hacerse patente en el rostro, algo me inducía a creer que podían sobrevenirme los vómitos. Entonces Roberto, cogiéndome con una súbita y precaria dulzura, apenas agarrándome por un dedo, dijo:

-Vamos fuera, anda. Ven, coge un poco de aire -y me llevó con él estirándome del índice. Yo le agarré la mano, pero se zafó pronto.

Nos sentamos los tres en la parte de “la bañera”. Pasó un rato.

-¿A qué esperamos?

Notaba que mi indignación iba en aumento.

-A Ricky.

-¿Quién es Ricky? –pregunté del modo que hace aquel a quien no invitan a una fiesta (y yo sabía ya de eso)-.

Roberto me miró censurándome, dando a entender que era coto privado.

-.Je, je,je –reía Rafa-.  Ricky es… ¡Ricky!, -su sonrisa sardónica vino junto a la forzada inclinación de sus cejas. Daba la impresión que miraba a un público imaginario.

Roberto se rió, con una de esas pícaras muecas que comparten los hombres, y que conforman una suerte de código sexual, bastante previsible para las mujeres. Pronto dijo: “Puedes irte si quieres,  no tienes porqué quedarte”.

Y como sabía que me estaba echando, decidí quedarme.

-Ese velero es de Ricky, este de aquí al lado, el que están puliendo -dijo Rafa señalando al velero que me había llamado la atención al principio, el de madera.

-Voy un momento al baño -dije cogiéndome la frente, exacerbando un mareo que ya había menguado.

-¿Seguro que estás bien? -preguntó de nuevo Roberto, pero su voz denotaba la obligación de la pregunta.

Y me puse la mano en el estómago, fingiendo. “Tengo náuseas”.

-Mierda, a ver si vas a estar embarazada -dijo Rafa como quien cuenta un chiste malo.

Desde adentro escuché como Roberto, con una seguridad terrible en la voz, hablando muy bajito replicaba: “Te aseguro que es imposible, Rafa, imposible del todo”.

Entre que el baño era un lugar exangüe, el dolor de cabeza y la rabia impotente, a punto estuve de escupir sobre el cristal, de romper otro de los apliques. En ese momento me hubiera encantado vomitar sobre la cama impoluta y de tapizado azul, por ver si reaccionaba Roberto de una vez.

-Eh, mira, ahí está Ricky -gritó Rafa-, Rickyyy..! -y continuó con sonoras carcajadas.

Abrí con discreción la puerta del baño y, curiosa, me asomé por ver al tal Ricky. Era un hombre mayor, de unos sesenta, probablemente. Llevaba una camisa blanca, de manga larga, de lino. Su elegancia era natural y distendida, y venía con el adorno de una de esas sonrisas confortables que tienen los que parecen estar de vuelta de todo, de los que parecen saber sacarle provecho a la vida, un placentero provecho.

-¡Eh, chicos! -dijo mientras venía caminando hacia el barco. Había levantado los brazos como señal de saludo.

Rafa y Roberto estaban de espaldas, así que no sabían que yo estaba en la cabina, pero estoy segura de que el señor Ricky me había visto, pues me había lanzado una sonrisa.

Ricky se acercó donde los operarios se ocupaban en su barco, “¿qué tal va eso?”, y ellos le saludaron, dando a entender con un gesto del pulgar que todo iba según los planes. Uno de los dos operarios detuvo la maquina y se quitó las gafas. El otro se quedó a la espera. Ricky les dijo enseguida: “Tranquilos, tranquilos, seguid con lo vuestro, que no quiero molestar”. Y el ruido recomenzó de nuevo.

Entonces salí.

Roberto y Rafa se abrazaron a Ricky. Estaban a unos dos metros del yate.  Aparecí en la bañera.

-¿Y esta señorita tan atractiva…? -dijo Ricky refiriéndose a mí.

-Es Julianna -contestó rápidamente Roberto. Y se acercó al barco-. Ven, baja, que te voy a presentar a Ricky.

-Cómo está tu padre -le preguntó Ricky a Rafa entretanto.

-Bien, ya sabes, con sus negocios -y sonrió del modo en el que lo había hecho con anterioridad. Imagínate…

-Claro, claro, ya sé… Salúdalo de mi parte.

No sé si fue la torpeza, o si realmente mi fingido mareo se convirtió en real, pero me enganché tontamente con la chancla en las escalerilla y estuve a punto de darme de bruces contra el hormigón. Suerte que estaba allí Ricky.

Tenía la cabeza agachada, el pelo me cubría la frente. Estaba sentada en el suelo. Ahora sí sentía náuseas de verdad. Ricky, que se había puesto en cuclillas a mi lado, me apartaba cariñosamente el cabello de la frente. Y yo me sentía mortalmente ridícula y avergonzada. Me llamaba la atención muchísimo su delgadez, pues al rozar su camisa y empujarla contra el torso noté su piel aún firme y hasta incluso la parte inferior de las costillas. Por su camisa blanca podría haber disimulado una indelicada tripita. Pero no.

-Tranquila Julianna, habrá sido un leve mareo. No debes preocuparte. Tranquila, decía, mientras me rozaba el hombro con sus dedos suaves. Y por alguna razón comencé a sentirme cómoda, y deseaba que siguiese acariciándome el hombro.

Yo no hablaba, porque pensaba que no tenía nada que decir. Estaba curioseando la dichosa sensación de la ternura de Ricky. Sus dedos eran fuertes, pero el movimiento de subida y bajada de las yemas, viniendo a confluir en la parte más alta del hueso, era armonioso y rítmico. Me producía una grácil autonomía que me llevó a fijarme en sus ojos, chispeantes de un modo infantil. Entonces supe que llevaba lentillas.

-Qué susto, verdad -dijo Roberto desde arriba, mientras cerraba las puertas de la cabina y se calzaba de nuevo las náuticas.

-Anda, levanta, ven, vamos -y Ricky me dio su hombro para que me apoyase.

Yo seguí fingiendo el mareo, pero esta vez no necesitaba hacer mucho esfuerzo, ya que la inoportuna presencia del placer, en determinados casos, se resuelve en una apariencia muy similar a la que suelen producir las dolencias leves: los ojos medidamente entornados, el mechón caído sobre la parte derecha, y cierta curvatura en la espalda. Y una mueca disconforme pero vivaz.

Ricky me llevó hasta el bar del club náutico mientras yo seguía manifestando una fingida indiferencia, como si el mareo consumiera todas mis fuerzas.

De modo muy atento me alcanzó una silla, me trajo un refresco y cacahuetes, y unas papas, y todo sin dejar de mirarme con sus ojos chispeantes.

Le di un sorbo muy grande a mi refresco de cola. Sonreí.

-¿Mejor? -me preguntó Ricky.

Le hice un gesto afirmativo con la cabeza.

-Muchas gracias, es Vd. Muy amable.

-No no no, por favor, trátame de tú, el Vd. Me hace sentirme padre.

-Gracias, Ricky. Gracias.

-No hay de qué, querida.

Rafa y Roberto estaban hablando de una salida de barcos que tendría lugar en las próximas semanas. Me pareció entender que sería a las Columbretes. Yo nunca había estado en las Columbretes.

-Vienes tú, Ricky -le preguntó Roberto.

-Sí, claro –y sorbió levemente la espuma de su cerveza-. Siempre que no surja ningún imprevisto. Ya sabéis…

Y yo en ese momento pensé que era el típico hombre con asuntos de faldas, y de una manera bien estúpida sentí interés, curiosidad, o tal vez celos, pero qué idiotez, pensé, qué idiotez. Pensé, de todos modos, si sus manos rozarían del mismo modo otros hombros.

-Eso significa que tendrás pronto el velero arreglado, ¿no? Para cuándo te han dicho -preguntó Rafa.

Y Ricky alzó un mano como quien despacha una mosca, como si fuera un detalle irrelevante, dando a entender que no era algo que le preocupase en demasía. “Pronto, supongo.”

-En todo caso puede venir con nosotros, ¿no? -me atreví a decir, escrutando a Roberto, tratando de mostrarme agradecida por el trato que hasta ahora me había dado Ricky.

Roberto se exaltó entonces. Disimuló con un carraspeo y un sorbo a su cerveza, pero sus ojos pálidos, de modo tácito, anunciaban que mi presencia en el barco era inconcebible. Ese gesto me dolió, por mucho que luego lo disculpase frotando mi rodilla desnuda con su mano, y advirtiendo que era probable que “papá y unos amigos vengan, además Ricky seguro que ya tenía planeado hacerse acompañar de alguna mujer, ¿no es cierto?”.

Y Ricky no contestó, y entonces aquellas palabras quedaron sobre la mesa, como queda el cerco de un vaso frío de cerveza, de un modo verdadero, físico e incuestionable.

-A ti Julianna, ¿te gusta el barco de Roberto? -me preguntó Ricky, dirigiéndose inmediatamente a Roberto- tiene que gustarle, ¿verdad? Es grande, y podéis hacer viajes laaargos, vosotros solos -y cabeceó levemente, dando a entender lo que todos, menos Roberto, entendieron.

-Sí, claro -dijo, y se notó que lo dijo forzado, y enseguida llamó al camarero y con la excusa de una ronda de cervezas lo introdujo en la conversación. El camarero, que parecía llamarse Daniel, saludó a Ricky con una pequeña y alegre alabanza. Pronto recomenzaron con las referencias a los barcos, hablaban del “Nuria”, el “Cristina”, el “Atenea” o el  “Poseidón” como si lo estuviesen haciendo de seres humanos.

Me entraron ganas de marcharme pues me sentía como la chica que no ha sido invitada a una fiesta y luego escucha comentarios hechos por sus amigas, que sí estuvieron en la fiesta y que hablan sobre otras personas que también estuvieron en la fiesta.

El camarero, entretanto la conversación se fue desviando, urgido por Roberto, se marchó a por más cervezas.

-No, yo prefiero un gin-tonic, por favor. -Hizo una pausa y se giró hacia mí- ¿Tú también Julianna?, ¿Sí?, te sentará estupendamente… -y con su mano en mi hombro no esperó a que le contestase-, dos gin-tonics.

Constantemente se acercaban señores a saludar a Ricky, se notaba que era un hombre querido y respetado, quizá tímidamente envidiado también. Entonces volvió el camarero y comenzó a poner los vasos en la mesa.

-Me ha alegrado volver a verle, señor Ricky, me alegro de veras -dijo cuando se iba.

Le di un sorbo a la ginebra y me resultó tan refrescante que me sentí animada, quizá por ello Ricky, constatándolo, le sugirió a Roberto:

-Supongo que tu barco se llamará Julianna, ¿no? -y lo dijo mirándome de reojo, como quien busca con nosotros secreta alianza.

-Ya veremos…

Los ojos de Ricky se volvieron de una radiante malignidad, muy cercana a la censura. Y yo le di varios sorbos más a la ginebra, y cuando notaba que comenzaba a tener un súbito calor, pensé en marcharme.

Todavía estuve un rato mientras ellos hablaban ahora de aparejos para la pesca del atún. Uno de los hombres que habían venido a saludar se había sentado con nosotros, y hablaba de antes, “de los buenos tiempos”. Por varias referencias que hizo me pareció que se refería a la década de los ochenta.

-En esa época pescábamos atunes enormes: no menos de doscientos kilos –y hacía una pausa necesaria para que quedase imponente el peso enorme de los atunes-, y el mejor: 319 kilos, aquello sí que fue un hito. Nadie ha pescado uno más grande –dejó la mesa en silencio a la espera de que todos valorásemos la proeza, mientras él cabeceaba tranquilo-. Y claro, como éramos unos pocos, nos los pagaban a un buen dinero. Entonces sí que se hacían billetes…

Al hombre se le notaba la piel de la cara quemada por el sol, las arrugas bajo los ojos, la piel dura y resistente. Y ese pelo de mata salvaje que tienen los expuestos largamente a las inclemencias del tiempo. Ese pelo enredado y resistente que tienen los hombres de mar. Roberto le escuchaba como quien reverencia las historias de un pariente mayor, un tío, un abuelo, alguien con experiencia de la vida.

-Ahora ya no quedan apenas atunes. Te tiras todo el día, y ¡bah! Para nada… Demasiado esfuerzo para nada. Por eso ahora preferimos hacer paseos a las islas, diez o quince barcos, y así, al menos, nos divertimos…

Ricky se despidió de mí besándome la mano. Le di las gracias y pasé un buen rato dando vueltas inútiles por la costa, sin más interés que sentir el plácido sosiego de no albergar destino ni propósito en el propio acto de conducir. No me sentía feliz, me sentía despierta.

Roberto había prometido llamarme a la noche, pero no lo hizo. Y a mí no es que no me importase, es que simplemente lo olvidé.

Pasaron los días, y me aburría mortalmente en casa. Mis amigas estaban disfrutando el verano fuera de la ciudad, y Roberto gastaba el día con el trabajo, o de viaje, o de cena de negocios, o dios sabe haciendo qué cosas. Cosas pertenecientes a la categoría de “Privado”.

Una tarde cualquiera estaba en la terraza del chalet, tomando el sol. Me debatía entre darme un baño, seguir leyendo la revista que tenía al lado de la tumbona, o no hacer ninguna de las dos cosas. Y entonces suena el teléfono.

-¿Sí?

Enseguida reconocí su voz melosa e implacable.

Pensé en las manos dichosas y suaves de Ricky sobre mis hombros desnudos, y en una fiesta a la que iba a acudir yo sola, a la que no pensaba invitar a nadie. Una fiesta perfecta: secreta.

Determiné que fuese una fiesta inolvidable, como esas de las que se siguen hablando durante el resto del año, con envidia y nostalgia, sabiendo que no pueden ser repetidas.

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