La memoria de lo que se ha perdido

Por Amir Valle.

Escribir sobre una obra de la que ya otros han escrito es siempre un poco incómodo: te asalta el miedo de repetir lo que alguien ha dicho, de no ser original, de gastar palabras que no resulten aportadoras. Pero es un aliciente saber que estarás escribiendo de algo que vale la pena, pues si así no fuera, prestigiosos intelectuales no perdieran el tiempo en, como bien dijo alguien, “emborronar cuartillas”. Y es que la novela El corazón del Rey, del escritor cubano Félix Luis Viera, ha suscitado ya mucho debate entre críticos y escritores, a pesar de haberse publicado hace sólo unos meses.

Razones muchas tienen mis colegas cuando han elogiado esta novela: es la obra, primero, de un escritor que ha demostrado un poderoso dominio de los tres géneros en los cuales es reconocido, el cuento, la novela y la poesía. Y creo necesario recordar que con sólo dos libros de cuentos (Las llamas en el cielo y En el nombre del hijo) inscribió su nombre entre los clásicos del género en la literatura cubana y, también, con una sola novela (Con tu vestido blanco) marcó un punto de cambio en la narrativa de su generación, en materia de calidad, aportación y novedad, méritos que estoy seguro sobrevivirán a todos los ataques de “ninguneo crítico” al que ha sido sometida su obra desde que decidió abandonar la isla y convertirse en uno de los más certeros críticos del desastre social que es hoy el sistema político cubano.

Félix Luis Viera es uno de los narradores más originales en las letras cubanas de los últimos cuarenta años. No es el centro de este escrito demostrarlo (aunque existen muchas razones que me hacen pensar eso y aunque debo reconocer que es una idea que los críticos de la isla defendieron cuando  Félix Luis vivía en Cuba), pero sí quiero dejarlo aquí por escrito debido a un elemental sentido de justicia literaria.

Quiero empezar hablando de un sueño: deseo leer la novela de este narrador que continúe lo que creo es, sin dudas, la “saga de Santa Clara”. Y es que si en Con tu vestido blanco, Viera propone una mirada única, profunda, humanísima y muy crítica a los resortes sociales que conformaban antes de la Revolución uno de los barrios marginales de la ciudad de Santa Clara, El Condado (ámbito, por cierto, esencial para entender todos los cauces internos, subterráneos que conforman la personalidad de esa ciudad desde los tiempos iniciáticos hasta hoy); en El corazón del Rey asistimos a una mirada más abierta, a una traslación de esa marginalidad a todos los ámbitos de la vida pública santaclareña (y por extensión, cubana) de inicios de la Revolución hasta el año 1970. Y si en estas dos novelas se avanza por un camino donde “los de abajo” ven la gran epopeya de la vida y la historia y van buceando desesperadamente en los caminos que le permitan la supervivencia a esas nuevas condiciones que la misma historia de las novelas van desgranando, imagino que la saga continúe y llegue hasta un “hoy” que sólo es comprensible por ese “ayer” que se narra en ambas obras.

Ese encadenamiento de acciones del pasado que conducen al presente, en mi opinión, es uno de los más importantes sellos narrativos de Viera: no hay presente sin raíces, y las respuestas a la pudrición del presente no podrán encontrarse jamás si no se hurga en ese ayer donde comenzó todo el equívoco. Un equívoco que, curiosamente, es visto como asombro, con reservas, con rebeldías que se saben ya derrotadas ante el peso descomunal de la Historia con mayúsculas o, para seguir el mensaje de los personajes, derrotadas ante el peso de los protagonistas que han asumido el control absoluto de las riendas de la Historia con mayúsculas. Y un equívoco, además, que se observa desde el prismas de la amistad y el amor, casualmente los dos únicos mecanismos que pueden quitar la bruma que empaña el cristal de los espejuelos graduados con los cuales cada personaje, a favor o en contra, mira (y cuestiona o defiende) la realidad en la cual padecen y en la cual no son otra cosa que piezas al antojo de esas manos que aguantan las riendas de (otra vez) la Historia con mayúsculas.

Otra de las claves que esta novela ofrece, y que no dejan de impactarme, es algo que podríamos llamar “la nacionalización de la ciudad”; es decir, la jerarquización de la historia narrada en las calles, barrios, casas, hoteles y sitios periféricos de Santa Clara son asumidos al leer como si esa historia estuviera ocurriendo en cualquier sitio del país. Santa Clara cobra vida así, pero lo hace sin hundirse en el lodo del provincianismo con el cual se ha escrito buena parte de la literatura cubana surgida en las distintas regiones de la isla. Los códigos que Viera trasmite son códigos que pueden considerarse “nacionales” o, en términos más específicos, cubanos en su esencia. La ciudad, Santa Clara, por obra y magia de la narrativa de Viera, se catapulta a un protagonismo mayor: el de la cotidianidad compartida por los cubanos en toda la isla bajo el socialismo ilusionador de esos primeros años: Santa Clara, de ese modo, se invisibiliza como enclave geográfico en su especificidad y, al mismo tiempo, se proyecta, agigantada, como escenario de un momento histórico compartido por toda una nación.

También, a estas alturas de nuestras letras, nadie puede dudar que Félix Luis Viera es, además, uno de los más grandes creadores de personajes inolvidables en la literatura cubana. A la fauna (eso son aquellos personajes), humanísima de tan controversial, de Con tu vestido blanco, suma ahora cinco personajes que, enfrentados entre sí por obvias diferencias ideológicas, conforman un prismas totalmente veraz, creíble y esencialmente humanista de la sociedad cubana que se instauró a partir de 1959: Robertón Pérez (el gran Maestro, Sumo Pontífice de la Marginalidad y la Sinceridad), La Samaritana (uno de los homosexuales más divertidos de las actuales letras cubanas con un sentido elevado de la ética y la amistad) y el protagonista, se codearán con Benito de Palermo (el amigo comunista, siempre fiel) y Maritza (la novia, también comunista, del protagonista luego de que cesara su amor marginal con Magalí, una de las tantas “fingidoras sociales” del momento de euforia revolucionaria que se vivía por entonces, pionera junto a sus cuñados en ese acto de doble moral que se impuso como regla de supervivencia desde aquellos primero tiempos).

La Revolución, el impacto del proceso social en los personajes de El corazón del Rey, los profundos cambios (o debería decir, rupturas trágicas) en la conciencia social, no son centro de la trama novelada y, sin embargo, son centro de la atención, mensaje directamente lanzado por Viera a quien lee estas páginas. Y lo hace del modo más natural posible: Robertón vive sus borracheras y sus amoríos; Benito de Palermo se entrega al amor secreto y a la Revolución; Magalí copula con el protagonista (un “escéptico”) mientras finge estar “integrada”, La Samaritana ama en silencio y defiende valores humanos que la sociedad dice que él (o ella) no tiene;  Maritza se debate entre la moralidad del “sueño por el que luchamos” y los viejos prejuicios morales de la sociedad que pretenden borrar, siendo ella misma un eje de contradicción moral, en tanto la Historia con mayúsculas los envuelve, los convierte en piezas, en simples títeres, y aún peor, los cuestiona y los juzga de un modo terriblemente cruel: el de la pérdida.

Casi todos lo pierden todo, es el mensaje. La Historia misma, esa, con mayúsculas, se encarga de aplastar la libertad que, desde el amor, la amistad, la sinceridad y los sueños por cumplir, se plantea cada uno de los personajes: Robertón morirá sin amor y sin las coronas del rey que creía llevar y sólo se llevará a su tumba esa corona, símbolo de amistad, donde el protagonista ha escrito: “Para Robertón Pérez, el as”; Magalí se marchará a mejor vida, es decir, al olvido, traicionando al amor y a la “nueva causa” que fingía defender; Benito de Palermo desandará la engorrosa y triste cuesta de los mártires que se hundirán en el olvido; y Maritza sucumbirá ante el vasallaje impuesto por el lavado de cerebro, aferrada a verdades que ni siquiera ella, en su apego fervoroso al sueño, es capaz de justificar. El protagonista se agarrará a la única tabla de salvación que se ve ante tanto mar revuelto: la marginalidad, una vez que todo el Universo que se había creado, se derrumba a su alrededor. Sólo La Samaritana se salva del aplastamiento: tiene que huir de lo que su homosexualidad representa para la “nueva y más justa sociedad”, pero se marcha detrás de su única verdad: el amor que le ha sido fiel.

La prosa, como siempre, limpia, brillante, cantarina; la configuración de los personajes, también como siempre, perfecta en materia de credibilidad, de traslación de la vida real donde nace la historia a la vida literaria propia de la novela; escenas inolvidables visiblemente cinematográficas; exquisito poder de la descripción en la plasmación de los escenarios narrados; momentos alucinantes de lucidez analítica mediante el humor (especialmente los escritos que La Samaritana desgrana a partir de sus experiencias para crear una genial tipología etnográfica de las colas); y esa combinación de lirismo y sequedad prosaica cuando es necesario utilizar cada una de ellas de acuerdo a los clímax de la trama: excelencia en fin, presente en El corazón del Rey.

Es esta, además de sus constatables valores literarios, una novela esencial para, desde el alma de los protagonistas de la historia (con minúsculas, es decir, los sufrientes testigos, las impotentes víctimas de la otra Historia, la que se escribe con mayúsculas), entender los verdaderos desastres causados por la llamada Revolución Cubana en el espíritu moral, en la idiosincrasia, en el cuerpo de los valores éticos y humanos de nuestra nación. Desastres que son cambios traumáticos, rupturas desgarradoras, transformaciones que son ahora mismo preocupación de millones de cubanos. Y ahí: en el ancestral desempeño que toda gran literatura tiene en cuestionar su entorno, su sociedad, la vida misma de la especie humana en cualquiera de sus escenarios geográficos, sociales o históricos en este mundo, El corazón del Rey tiene mucho que decir. Y ya lo ha hecho.

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3 respuestas a La memoria de lo que se ha perdido

  1. El corazón del rey es una novela magistral…he aprendido mucho leyéndola, y sobre todo, he disfrutado del estilo del autor y de su maestría literaria.

    Teresa Dovalpage
    19 marzo 2011 at 18:38 pm

  2. Coincido con Amir Valle cuando considera que las novelas de Félix Luis Viera componen un ciclo sobre la Cuba que le ha tocado vivir: desde los años 50 hasta nuestros dias (la etapa contemporánea, o por lo menos la de los primeros años 90, del eufemísticamente llamado « Período Especial », está recogida en la noveleta Inglaterra Hernández (primera versión: Universidad Veracruzana, 1997). Así, no se trata solo de Con tu vestido blanco (Ediciones Unión, 1989), que recrea la segunda mitad de los años 50 y El corazón del rey (Innovación Editorial Lagares, 2010), que revive la tensa atmósfera de mediados de los 60, sino también, por supuesto, de Un ciervo herido (Plaza Mayor, 2003), novela que narra las dramáticas situaciones vividas por el autor-personaje cuando le cae encima el colosal castigo por sus andanzas al margen del proyecto revolucionario que tan bien describe El corazón del rey.
    Toda la obra de Viera es de intensa coherencia pese a la variedad de estilos y géneros: novela, por supuesto, pero también cuento, noveleta e incluso poesía (un recorrido por sus numerosos poemarios permite participar, desde dentro, por el recorrido que hace el alma de nuestro escritor por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de la Cuba contemporánea). Los dos formidables libros de cuentos (gemelos diferentes) que son Las llamas en el cielo (Ediciones Unión, 1983) y En el nombre del hijo (Letras Cubanas, 1983) constituyen una suerte de prólogo al ciclo narrativo… del cual no habría que excluir una pieza menor como Serás comunista pero te quiero, novela que pese a transcurrir fuera de Santa Clara, e incluso de Cuba, aporta una faceta singular pero indispensable a la comprensión del narrador-personaje que, asimilado como « escritor revolucionario » vive el clásico viaje al exterior que puso a prueba a tanto escritor cubano en la « belle époque » de los 80 en que el Sistema Socialista parecía triunfante. Esta novela « suena falso » en muchos de sus momentos, pero precisamente esto pone en evidencia que el narrador-personaje (nunca más próximo del autor mismo) no está conforme con el papel que asume en esa época; previa, no lo olvidemos, al gran derrumbe de 1989-90.

    Otra cosa que me parece importante destacar en las piezas mayores de la narrativa de Félix Luis Viera que son El corazón del rey, Con tu vestido blanco o Las llamas en el cielo es la « fisión nuclear » de épocas distintas que se opera en sus ficciones (que no lo son realmente): Viera ha comprendido muy bien que la historia de Cuba se muerde la cola, y que la realidad que viven muchos cubanos hoy no se diferencia en nada de la que vivían antes de la entrada triunfal en La Habana, el 8 de enero de 1959, de Fidel Castro y su tropa. Múltiples pasajes de los tres libros que acabo de mencionar resultan intercambiables, sus protagonistas -pese a estar situados en años distantes- cohabitan. Es una de las razones por las que no comprendo que joyas como Las llamas en el cielo o Con tu vestido blanco no conciten el interés de tanto editor que se empeña en ver el retrato de la Cuba actual solo en obras como las de Zoé Valdés, Pedro Juan Gutiérrez o Leonardo Padura.

    joel franz rosell
    26 marzo 2011 at 17:10 pm

  3. La novela Un ciervo herido, de este autor, es sencillamente brillante, descarnada, y portador de un discurso narrativo que no deja margen de dud en cuanto a la calidad de Félix Luis. Yo espero que es novela circule en Cuba algun día. No he leído El corazón del rey, pero esta reseña me impulsa a buscarla. Gracias

    Ernesto
    29 marzo 2011 at 7:36 am

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