Deseo del deseo

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Por Mario Cuenca Sandoval

Roberto Valencia, Sonría a cámara. Lengua de Trapo. 240 pp. 18,60€.

Partamos de la premisa de que la pornografía es simulacro. Como otras muchas experiencias generadas en la web, tiene propiedades autónomas, y por eso imaginamos una disyuntiva saturada entre la realidad virtual y otra que sería, a secas, la realidad, la de fuera de la pantalla. Ahora bien: la paradoja reside en que la realidad virtual genera a su vez sensaciones auténticas. Y, al hacerlo, la hiper-realidad devuelve a eso que llamamos la realidad, a secas, la nuestra, un millar de preguntas sobre la identidad, sobre el placer, sobre el cuerpo, sobre el deseo, sobre la experiencia amorosa, sobre la finitud. El llamado sexo frío genera, así, una experiencia cálida. Interviene, para bien o para mal, sobre los afectos del cibernauta.

No estoy seguro de que este primer y espléndido libro de Roberto Valencia (Pamplona, 1972) trate sobre la pornografía o sobre el erotismo. Valencia escoge la pornografía como hilo, o como signo de los tiempos, un perfecto termómetro del mundo en que nos ha tocado vivir, el de la revolución digital, desde cuyo advenimiento el acto de mirar, los afectos y el propio deseo probablemente no signifiquen ya lo mismo; se trata, pues, de la pornografía como trampolín a otras preguntas, o como instrumental médico para tomarle el pulso a este tiempo de perplejidades. Si hay algo que Roberto Valencia pueda lucir con verdadero orgullo, entre otras muchas virtudes -capítulo aparte merecen su precisión evocativa, su capacidad para manejar y sincronizar tiempos-, es su pericia para disparar interrogantes y generar extrañeza. Sonría a cámara, pues, lanza cuestiones que sacuden nuestras creencias sobre lo que significa estar en el mundo hoy, cuestiones relacionadas con la soledad del que mira y la soledad de quien es mirado, sobre la condición de quienes convierten su cuerpo en un un bien público, se desprenden de él, de esos cuerpos más gimnástico que eróticos de actores, actrices y no profesionales cuyo atributo esencial es la extrañeza hacia sí mismos; porque ¿en qué se convierte un cuerpo a uno y otro lado de la pantalla -“Lea de Mae”-? De eso creo que habla Sonría a cámara: de un extrañamiento radical. Y la mejor noticia es que mi propia extrañeza hacia esta colección de cuentos parece confirmar tal aserto, del mismo modo en que la duda cartesiana confirmaba la existencia del que duda.

Hagamos ahora un poco de sociología. Ese extrañamiento es el signo de una cultura, la cultura contemporánea posthumanista, que ya no quiere las moralinas del mundo moderno, las ilustradas invocaciones de Kant a las vidas de santos, pero tampoco se siente colmada con la salida a lo que Habermas llamaba “el páramo de la postmodernidad”. ¿Qué significa desear en las sociedades contemporáneas? ¿Hasta qué punto están interesados en el sexo los protagonistas de Sonría a cámara, si en ocasiones parecen simples prisioneros de la búsqueda, parecen querer trascender la sexualidad, parecen obcecados buscando en ella una gota del espíritu absoluto en medio del desierto, es decir, de aquella triste consolación con la que Hegel recusaba a los románticos. Pero que nadie se llame a engaño; esto es literatura. Y la pericia más destacable, por debajo de los herramientas teóricas, sociológicas u ontológicas, es el propio tono y aún el estatuto del narrador que nos habla en Sonría a cámara. Parece consecuente que a un libro como el de Roberto Valencia, que se cuestiona en qué consiste mirar, qué clase de vínculo se establece entre el que mira y lo mirado, debamos preguntarle por el estatuto de su narrador, ese mirón que cuenta sobre quien mira y lo mirado. Desde dónde escribe Valencia. Dónde coloca su cámara. El tono discursivo dominante, perifrástico, con momentos para la ironía y la ternura, nos revelan la presencia de un narrador que persigue más que un simple acta notarial, alguien que asoma desde un espacio indeterminado, y que, contra todos los tópicos hedonistas, nos presenta el sexo virtual como una experiencia profundamente melancólica. Los actores porno no son afortunados superhéroes a los que se paga por hacer lo que más les gusta, sino más bien gimnastas de una disciplina melancólica. Incluso los hombres y mujeres de a pie (“Cosas que no hacen demasiada falta”) se ven inmersos en la marea virtual, sin entender del todo, como todos nosotros, qué extraños cambios se han operado en eso que llamamos deseo, y que, tal vez hoy más que nunca, deberíamos calificar como puro deseo del deseo. Algunos de los cibernautas que pululan por estas páginas parecen exigir una experiencia lo más auténtica posible, signifique esto lo que signifique, y tratan los archivos informáticos como documentos, se irritan ante la edición, los cortes o las manipulaciones de otros usuarios, como si le exigieran autenticidad a la pornografía (“El mismo accidente, casi”), olvidando que la propia filmación es, ya, editada o no, un simulacro.

En suma, Sonría a cámara es una excelente noticia para el cuento español, una literatura con los pies en el siglo xxi, que se arriesga a tomarle el pulso a nuestro tiempo y a pensar los cambios operados en las relaciones entre lo privado y lo público, consciente de que la intimidad ya no es lo que era y que se coloca más allá de las moralinas, del tópico análisis de la pornografía como cosificación, en un espacio de perplejidad que es el nuestro, el de todos nosotros, hoy mismo.

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