“Ultraviolencia”, de Miguel Noguera.

Por Roberto Bartual.

¿Qué pinta en la sección de cómic un libro como Ultraviolencia? No estoy seguro, pero tampoco lo estoy de que pinte algo  en la sección de novela, o en la de cuento, o en la de ensayo (por suerte). Igual que ocurría en su anterior obra con Jonathan Millán, Hervir un Oso, Ultraviolencia no tiene ningún tipo de estructura narrativa. Por no tener no tiene ni siquiera estructura de discurso, al menos en lo que respecta al orden de los textos que componen el libro. Igual que el Ultrashow, el espectáculo en vivo que Noguera viene haciendo desde hace bastantes años, Ultraviolencia consiste básicamente en lo siguiente: un señor contando, una detrás de otra, una serie de ideas perfectamente razonadas, pero sin ninguna relación entre ellas. El problema, y el deleite que producen esas ideas, reside precisamente en el razonamiento que Noguera hace de ellas.

Un ejemplo: en una cafetería Noguera observa el comportamiento de una abuela que, con el nieto sentado en su regazo, mira con atención todo aquello que mira el bebé por si vale la pena comentarlo. Noguera está leyendo un libro sentado en otra mesa y, cuando el bebé se fija en él, la abuela le dice al niño: “¿Qué? Todos los señores se estudian la lección, ¿eh?”. Las conclusiones que Noguera saca al escuchar este comentario son bastante más lógicas de lo que parece en un principio: “¿Qué clase de mundo espeluznante propone esta vieja? Un mundo de señores maduros que estudian la lección, todos en paralelo y, si lo hacen, la cosa marcha correctamente. ¿Qué clase de normalidad es esa en que todo el potencial laboral de la nación, los hombres trabajadores de España, hechos y derechos, se encuentran en una cafetería estudiando no se qué lección que todavía no han aprendido”. Lo que al principio se nos antojaba un comentario de cafetería  fácilmente olvidable, Noguera lo ha transformado en el síntoma de una pesadilla perpetua, como si en medio de uno de esos sueños en los que volvemos al instituto para hacer un examen pendiente, nos diésemos cuenta, de repente, de que no estamos soñando, de que es nuestra vida real.

No deberían escribirse críticas ni reseñas sobre los libros de Miguel Noguera. Cada vez que aparezca un libro suyo debería reimprimirse el artículo que escribió David Foster Wallace explicando por qué Kafka le parecía tan gracioso. No importa si las ideas de Noguera te hacen reír o no, lo que importa es que, incluso si te producen una carcajada, consiguen cambiar al instante la percepción que tienes del mundo. En uno de los textos que, al final, no han encontrado cabida en este libro, Noguera plantea la posibilidad de que las columnas recubiertas de espejos que hay en las tiendas Fotoprix estén en realidad huecas y que, dentro de ellas, haya cadáveres que miran a través del espejo (que por el otro lado es solo cristal) a todos esos clientes que compran cámaras de fotos y de video, y que luego en su casa, usarán esas cámaras para mirar el mundo también a través de un cristal. No he podido volver a mirar una de estas columnas sin sentir una cierta inquietud. Pero estoy seguro de que a David Foster Wallace le hubiera hecho gracia. Sí, es la clase de idea de que hace gracia a la típica persona que es capaz de ahorcarse cuando ha alcanzado el punto más alto de éxito en su carrera.

Bien mirado, este Noguera es un tipo peligroso. Seguro que también se parte de risa al leer cómo alguien se despierta una mañana convertido en un escarabajo sin que al resto de la gente parezca darle demasiada importancia al asunto. Esa risa que a uno le entra cuando cae en la  cuenta de que el mundo en el que vivimos es un lugar mucho más loco que las ideas más chifladas que se puedan leer en un libro: un mundo en el que Cristo al llegar al Calvario cargado con la cruz se encuentre con que los romanos ya le han dejado una cruz preparada en la cima del monte para hacerle una “putadita extra”, un mundo en el que al intentar abrir la puerta del wáter de un bar para salir de él nos encontráramos, de repente, dentro de otro wáter anexo al primero, un mundo en el que los cocineros de El Bulli tengan que trabajar al tiempo que intentan no caerse dentro de un agujero en el suelo que llega hasta las mismas profundidades de la tierra… En realidad, si lo pensamos bien, todos los días ocurren cosas peores. Sí, definitivamente Noguera es un tipo peligroso. Si sigue escribiendo corremos el riesgo de entender mejor lo que es el mundo y lo que es la literatura de verdad.


Roberto Bartual (roberto_bartual@hotmail.com)

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