El ayer interrogando el hoy

Por Christian Lange.


Las figuras del crítico y del artista se han ido modificando a lo largo de la historia, aunque en la actualidad convivan nociones y prácticas que nos remiten a diferentes épocas. Hoy, 2011, tenemos artistas y críticos de muy diversos tipos. Entre ellos, algunos bien podrían situarse allí en 1891 en ese espacio-tiempo referido por Rafael Spregelburd en esta obra/espectáculo, en esta ópera hablada, en esta performance, en este ensayo, en este argumento hecho teatro, en esta creación inclasificable, en esta singularidad llamada Apátrida, Doscientos Años y Unos Meses.


En un tiempo las nociones de arte y de artista tenían ciertas características bien específicas. Un tiempo, lejano e irremediablemente perdido, para bien o para mal dependiendo de quién lo observe. Lo cierto es que esos conceptos siempre han sido construcciones. Si en algún momento dichas construcciones duraban la suficiente cantidad de tiempo como para generar la impresión de haber estado allí desde siempre y por lo tanto, naturalizarse, eso no refuta el hecho, -hoy de tan evidente, invisible- que hablamos de construcciones a la vez sociales e individuales, a la vez ideológicas y subjetivas. Esto implica -a su vez- que podrían haber sido otras. La polémica para algunos está cerrada afirmando que “arte es lo que el sistema del arte dice que es arte”. ¿Es así?


El espectáculo escrito y dirigido por Rafael Spregelburd pone en escena una confrontación de roles y prácticas situada en la Buenos Aires de 1891, época de fundaciones y modernidades, pero que tiene resonancias perfectamente contemporáneas como la música elaborada por Zypce. La obra es en algún sentido argumental, pero no porque cuente una trama de cierta complejidad y la vaya presentando por la vía de acciones dramáticas y peripecias varias. Es argumental porque despliega argumentos sin ser una obra de tesis o un pretensioso teatro de ideas sino con ideas.

 

Rafael Spregelburd le da cuerpo a los dos personajes de este conflicto y en este punto está una de los méritos más notables del espectáculo ya que consigue una actuación precisa que con leves matices de tonos y modos le otorga entidad a ambos personajes y sostiene en sus espaldas la hora y media de espectáculo/performance con convicción admirable.

La riqueza temática y retórica del espectáculo es tal que permite muchas posibilidades de asociación. El tema de la representación, una vez más, está en evidencia desde el momento inicial con los aplausos grabados y la explicitación de esta condición, y a lo largo de la obra con otras tantas rupturas estratégicamente ubicadas y con todo el despliegue “tecnológico” del espectáculo. Hay momentos en los cuales ese procedimiento funciona especialmente bien, como cuando frente al pantano, escenario del duelo entre ambos protagonistas, en la Navidad de 1891, escuchamos los latidos del corazón de Auzón y él dice “no sé qué es esto” y el referente de dicha frase se abre en dos, pudiendo ser tanto el pantano, la situación, el espacio, o el dispositivo que nos permite escuchar esos latidos.

 

Es espectáculo de Spregelburd es meritorio por esas preguntas que nos hace, por el modo en que se despliega, por la convicción de su enunciación, por la elaboración de un lenguaje, por la teatralidad de muchos de sus procedimientos, por el nivel de juego que se permite y porque tematiza una importante cantidad de los diversos aspectos de los que se podría hablar en torno al arte y al sistema del arte y al mismo tiempo, no deja de hablar nunca del teatro, de lo que el teatro es o puede ser hoy, 2011, Buenos Aires. Probablemente haya un exceso con el uso de algún recurso que no suma efecto sino que parece diluirlo por saturación. Lo que es notorio es que a partir de cierto punto el espectáculo capta la atención y no la suelta y termina convirtiéndose, hacia el final, en un magnético relato que Spregelburd cuenta desde la voz de Auzón, léase el crítico en cuestión. Ese tramo casi final es un conmovedor y verdadero cuento/monólogo que nos permite empatizar nuevamente con Auzón tanto como pudimos hacerlo en otros momentos del debate con Schiaffino.

En fín, la experiencia Apátrida propuesta por Rafael Spregelburd y Zypce, nos permite acercarnos a estas preguntas, a estas polémicas, a estas tensiones, agradecidos de que éstas se teatralicen para que a ambos lados del escenario, en un tiempo espacio compartido, todos podamos interrogarnos sobre nuestra producción y su sentido.

 

Foto vía:  Ale Star.

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Ficha:
Apátrida, Doscientos Años y Unos Meses.
Dramaturgia & Dirección: Rafael Spregelburd
Música en vivo: Zypce.
Intérpretes: Rafael Spregelburd y Zypce.
Teatro El Extranjero
Buenos Aires, Argentina
Domingos 18:45hrs.

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